El Rey Juan Carlos I podría encontrarse en República Dominicana, forzado al exilio por Pedro Sánchez 

Los españoles viven ya como periodistas, al filo de la noticia. La actualidad no da tregua de un tiempo a esta parte, van de una en otra. Seguramente jamás hayan vivido en su más reciente historia  -y desde luego en democracia-  una cascada de acontecimientos tan vertiginosa. Parece como si a diario los embarcaran en una de esas piraguas de parques temáticos, que transita primero por aguas tranquilas, pero presagiando con temor un desnivel cuyo descenso empicado fuerza a cerrar los ojos. Ahora, ya como en una catarata, resulta que el Rey se ha ido. 

Nunca unas mismas generaciones habían visto tanto de golpe: llegar a la Luna, inventarse armas químicas, acabar una dictadura, empezar una democracia, morirse cuatro papas, renunciar uno, derrumbarse las torres gemelas, comunicarnos por internet, conocer una pandemia o, como ahora mismo, saber que el Rey que abdicó también se ha largado de España. En una sola vida se han podido conocer cosas que a lo largo de la historia necesitaban de varias, de siglos diferentes. 

Pero eso abruma, miles de seres humanos no pueden mentalmente con todo. Les superan los acontecimientos. Quizás por eso los psicólogos están en boga y en todas partes, en busca y captura del último shock.

La ciudadanía en España está saturada, no quiere aguantar más, siente que ya es bastante. Los últimos meses de un español medio han sido densos, apretados como un embutido con la tripa llena al máximo, a punto de reventar: la aparición de un virus, la declaración del estado de alarma que ha durado casi tres meses, la orden de vivir confinado en su domicilio, la amenaza del comunismo instalado en el Gobierno, los discursos totalitarios de un ambicioso sin límites, el caballo de Troya de la Pandemia introducido en el Estado, el peligroso afán de protagonismo de una mocosa que ya no era nadie, cientos de muertos diarios, residencias de ancianos condenados a no salir de ellas, un sistema sanitario abandonado a su suerte y a sus ocurrentes soluciones (como cubrirse de bolsas de basura) para salvar la vida en medio de la agonía de los contagiados, gente que se iba sin un último adiós de sus familiares, negocios hundidos, juristas poniendo en duda la constitucionalidad del decreto del estado de alarma, prórrogas apoyadas por cómplices miserables nadando en dos aguas, ERTES sin cobrarse, fallecidos sin contarse y excluidos de un homenaje a su memoria, autónomos pagando sin ingresos, fomento y animación del odio entre españoles, resurrección de la Guerra Civil, destitución de jefes con carácter militar, decisiones trascendentales tomadas por expertos que no existían, pretensión de acabar con la monarquía, intención de derogar la Constitución… agotador habiendo aún más, mucho más. Y ahora el Rey. ¿Es mucho, no? Demasiado para un solo país. 

Los españoles han perdido la capacidad de interpretar los signos de su tiempo. Los españoles no saben qué está pasando realmente, hacia dónde van siguiendo el curso su historia. De momento sobreviven. Y aguantan, aguantan aquí dentro, en el mínimo pedazo de tierra que les ha tocado para poner los pies y aferrarse lo mejor que saben y pueden a un suelo cada vez menos firme y más de arenas movedizas. Los españoles no tienen más que a España, su “querida España, esta España mía, esta España nuestra”. Aquí habrán de pelearlo todo. Los españoles no se pueden ir a Estoril o a la República Dominicana, como ha hecho el Rey. Por cierto, que tiene gracia  -por no llorar-  que un Rey acabe refugiándose en una República. Pero ni así habrá terminado el largo rastro de los escándalos: porque voces cualificadas aseguran que el Rey emérito no se ha ido, lo ha exiliado Pedro Sánchez. Aguanta, España, hasta que revientes.




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