El mundo necesita otro Doctor Fleming

Si se atiende a lo que estos días declara la comunidad científica sobre el coronavirus, por más esperanzador que nos resulte atravesar excepcionalmente por un estado de alarma y su confinamiento en nuestras casas, lo más seguro es que sea el plazo por desgracia meramente anecdótico dentro de otro mucho más largo.

Y a tenor del realismo de las palabras de los expertos e investigadores, se podría deducir que el mundo ha entrado en una nueva dimensión, y que vivir  -de momento-  va a ser algo muy distinto a lo que fue hasta ahora.

Según ellos, esto no ha hecho más que empezar. El virus está contado en sus comportamientos como imprevisible y, por lo tanto, condena al planeta a combatirlo con incertidumbre, sin término fijo. Advierten además que el brote avanza a gran velocidad, que nos empujará a niveles épicos.

Hacen falta una vacuna y tratamientos nuevos. El Covid-19 no es una gripe, por mucho que estimaciones atenuantes hayan querido tratarlo en una familia a la que no pertenece. Pero esa vacuna, en el mejor de los supuestos y habiéndose descubierto, no quedaría a nuestro alcance hasta dentro de un año, demasiado tiempo para seguir atrapados por las garras de un enemigo mundial nuevo y desconcertante, cargado de peligrosas estrategias y emboscadas que aún no sabemos predecir. Ni siquiera la de su abatimiento con la llegada del calor. Afirman los científicos que las propiedades del coronavirus  -este coronavirus en concreto-  son bastante difíciles de atajar. Se ignora hasta la capacidad de sus repuntes en la China donde se dio a conocer hace sólo tres meses, o en cualquier otro país, como Italia, que tanto está padeciendo mortalmente sus estragos. Todo está vacío de explicaciones, incluso por qué se ha comprobado más lenta su propagación en Francia y en Alemania en comparación con España.

Miembros relevantes de la Organización Mundial de la Salud, como su encargado para Europa, el eminente doctor David Nabarro, califica sin rodeos al coronavirus como una amenaza existencial para la Humanidad.

El mundo lleva ya muchos años, décadas enteras, investigando en “nuevas penicilinas” desde que hace cerca de un siglo, en 1928, Alexander Fleming protagonizara un hecho que cambió la historia de la Medicina. El cáncer no ha parado de buscar sin desmayo su “penicilina”, su “antibiótico”. Pero el cáncer no es contagioso, en todo caso hereditario. El coronavirus, sí; a la velocidad de la luz, por ilustrarlo de algún modo. Necesitamos otro Fleming. Mas no ignoremos, sin menoscabo de nuestras esperanzas, que el universal científico escocés dio con su descubrimiento por una pura casualidad. Confiarnos a la ciencia es también esperar nuestra suerte.

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