Ya la tiene. El Heraldo de Sus Majestades recibió, de manos del alcalde Juan Espadas, la llave de la ciudad para que Sus Majestades Melchor, Gaspar y Baltasar entren en Sevilla y recorran sus calles en la Cabalgata del Ateneo.


Entre miles de personas, cómo no y por supuesto los niños, el Heraldo de la Cabalgata de los Reyes Magos del Ateneo, se abrió paso entre una multitud que fuentes municipales cifraron en cerca de doscientos mil asistentes. Desde la calle Orfila, sede del Ateneo, lugar del que partió el cortejo camino del Ayuntamiento, el centro fue un auténtico tráiler de la Cabalgata, conteniendo y distribuyendo a una muchedumbre de niños y mayores ávidos de presenciar el paso a caballo del Heraldo. Por si fuera poco, doscientos beduinos y dos bandas de música que lo acompañaron aún ambientaron más el cálido recibimiento de la gente. El séquito de los beduinos portaba además el arca que hizo posible la entrega y depósito de las últimas y apresuradas cartas a los Reyes Magos.

A las siete de la tarde el Heraldo, encarnado por Manuel Alejandro Cardenete  -vicerrector de Posgrado de la Universidad Loyola Andalucía-,  llegó hasta el proscenio instalado ante el arquillo del Ayuntamiento, de cara a la Avenida de la Constitución, y desde donde apenas podía divisarse hasta dónde llegaban las miles de personas presentes, como si fueran un horizonte de vítores que celebraban la aparición estelar y mágica del Heraldo. Entre otras personalidades, le estaban esperando el alcalde de Sevilla, Juan Espadas, junto al presidente del Ateneo, el doctor Alberto Máximo Pérez Calero. Para reforzar ambientalmente el momento de este encuentro y los abrazos efusivos, abría marcha un escuadrón de la Policía Nacional a caballo, interpretando el universal villancico “Feliz Navidad”, seguido después por la Agrupación Musical Nuestra Señora de la Victoria, de Arahal, a los sones de la famosa canción “Mi gran noche”, de Raphael, coreada por miles de gargantas, y un clásico ya de la Cabalgata de Sevilla, como si fuera una auténtica adopción y adaptación sevillana con que manifestar el júbilo de la más grande ilusión.


El Heraldo no pudo hacerlo mejor, fue perfecto para encarnar al enviado de los Reyes Magos, a los que citó acampados en el Aljarafe, aguardando el momento de cruzar las puertas de Sevilla. Manuel Alejandro Cardenete alcanzó cotas de magistral interpretación del honroso y privilegiado papel que el Ateneo le había encomendado. Estaba exultante, inmensamente feliz como le correspondía por traer a los niños de Sevilla la noticia de la inminente llegada de los Reyes Magos. Fue cómplice con ellos cuando le pidieron que botara. El Heraldo daba el tipo sin fisuras: apuesto, atlético, físicamente oriental, con voz clara y llena, conmovida pero sin romperse en la tensión de unos momentos absolutamente emocionantes. Gestualmente estuvo impecable, ayudándose en su vibrante discurso de una rica expresividad en sus brazos, en sus manos y en su mirada. El presidente del Ateneo lo observaba manifiestamente satisfecho, dejando sin duda la apariencia de que con Cardenete la docta casa estaba cumpliendo sobradamente su misión ante Sevilla.

El Heraldo fue enfatizando sus palabras con la fuerza y el entusiasmo propio de un actor genial. No se sentía disfrazado, sino encarnando al mensajero adelantado de Melchor, Gaspar y Baltasar.  Y no se dejó nada atrás, ni siquiera  -ahora que muchos pretenden hacer de la Navidad un mero acontecimiento cultural y lúdico-  el carácter profundamente religioso que conmemora la venida al mundo del Hijo de Dios. Por eso incluso se ciñó al mismísimo Evangelio de San Mateo. Trató a la ciudad enumerando los títulos que ostenta en su escudo. Y tranquilizó a los niños para que durmieran en paz la noche de Reyes esperando confiadamente sus juguetes al amanecer. Puso fin a su intervención con vivas a la Cabalgata, a Sevilla y al Niño Dios.

Tras el Heraldo recogiendo miles de aplausos, el alcalde le dio la bienvenida, recordó a los niños enfermos en estas fechas  -“malitos” los llamó cariñosamente- y, finalmente, entregó la llave de Sevilla para que los Reyes Magos abrieran con ella las puertas de todas las casas.

Hoy volverá a ocurrir el milagro. Los niños  -y hasta los mayores-  saben que es posible hacerlo.

Fotografía: Beatriz Galiano