El Gran Poder recibe sin minorías el homenaje de toda Sevilla 

Desde hoy y hasta pasado mañana domingo, 4 de octubre, el Gran Poder estará recibiendo en su Basílica  -a modo de “besamano” desde el corazón, en realidad como siempre- a miles de sevillanos que desean sumarse de esta forma a la conmemoración de los 400 años que se han cumplido ayer del 1 de octubre de 1620, fecha histórica en la que el escultor Juan de Mesa entregó a la Hermandad la portentosa imagen que se convertiría en el Señor de Sevilla.

 

 

La Hermandad del Gran Poder, presidida por su hermano mayor Félix Ríos, ha entendido una vez más en la brillante trayectoria de su mandato, que el Señor es de todos, que debía presentarse y acoger a todos en la conmemoración del IV Centenario de su creación, auténtica inspiración divina de Juan de Mesa, ejemplo manifiesto e indudable de eso que se llama la unción religiosa.

Ya no se trata desde hoy viernes de la misa celebrada ayer en la Plaza de San Lorenzo, con un acceso restringido a trescientas personas (entre ellas unos contadísimos hermanos en comparación con cuantos integran su nómina e incluso su número de nazarenos). En la tarde del jueves, las normas sanitarias impidieron asistir a la misa solemne que comenzó a las ocho, a miles de personas que hubieran llegado hasta donde su corazón quería llevarles.  

Fue un Gran Poder de minoría obligada, no el Gran Poder de las multitudes que le siguen infalibles en cuanto pisa la calle. Un extraño Gran Poder sin que toda Sevilla fuese el “borde de su camino”. Un Gran Poder de boatos y pompas arzobispales, de presencias políticas, de numerus clausus forzosos, pero un Gran Poder blindado y cerrado a sus innumerables devotos que, de otra forma, se hubieran desplazado a Sevilla desde todas partes, incluido el extranjero.  Sin embargo, fue un Gran Poder inusitado y ajeno en cada Stop colocado por la Policía a la entrada de cada una de las calles que desembocan en la Plaza de San Lorenzo.

También fue un Gran Poder de su hermosa arboleda arrebatada, por primera vez pisando la Plaza como si fuera el jardincillo de un vivero. Menos mal que el Gran Poder lo llena todo y lo reina todo hasta allí por donde pasó un Ayuntamiento y un régimen político socialcomunista que es el imperio de los sinsentidos. 

Las colas de los miles de devotos que quieren encontrarse con su Señor recuperado alcanzan hasta la calle que lleva su nombre, Jesús del Gran Poder. Enfilan después Conde de Barajas, y por la esquina de El Sardinero, todo un clásico del barrio (el mejor barrio porque tiene al mejor vecino), la gente logra hacerse con la Plaza y sentir que el gran momento está ya, por fin, muy cerca.

Desde su monumento, Juan de Mesa está inmortalizado en bronce contemplando desde cuatro siglos que su obra sigue moviendo montañas. Es lo que dijo Cristo que movía la fe. Quizás fuera esculpido el Gran Poder no en el taller del imaginero, sino sobre la barca azarosa y amenazada por una tormenta que agitaba violentamente las aguas del mar de Galilea, allá donde alguien asombrado se preguntó: “¿Quién es Este que hasta el mar y el viento le obedecen?”. 

Fotografías: Beatriz Galiano




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