El estado de alarma dejará otra vez a Sevilla sin Semana Santa 

La declaración del estado de alarma que da cobertura legal al toque de queda, es una decisión de decisiones que ya ha tomado implícitamente hasta la de no haber Semana Santa en 2021. Si el presidente Sánchez consigue del Parlamento su pretendida prórroga hasta el 9 de mayo, aquí ya no hay más que hablar. Ni siquiera cabe la posibilidad de debatir si las cofradías salen o no a la calle. Directamente, no salen. 

La implantación del toque de queda descuelga de la situación sanitaria la necesidad de decidir si la Semana Santa se celebrará en Sevilla. El estado de alarma, caso de que se amplíe hasta mayo, ya ha resuelto de antemano la cuestión de si las cofradías irían hasta la Catedral. Queda fuera de juego el plazo que hasta diciembre se habían dado el alcalde y el arzobispo  -con el presidente del Consejo incomprensiblemente ninguneado-  para llegar a un acuerdo definitivo. No habrá que molestarse en eso.

Los pensamientos de los que piensan poco -incluido el presidente de la Junta de Andalucía- apuntaban la realización de una Semana Santa basada en la salida del Gran Poder para conmemorar los 400 años de la imagen. Pero es que lo del Gran Poder no tenía consistencia, porque más que salida fue un breve paseo de puerta a puerta, desde la de su Basílica a la de la parroquia de San Lorenzo y vuelta  -o más bien giro-  a casa, casi un mero asomo bajo la luz de la tarde.

Pero sobre todo, la gran razón en contra de esa referencia para orientar nada menos que a la logística natural de la Semana Santa de Sevilla, es que el Gran Poder no realizó un acto de naturaleza procesional, sino de índole conmemorativa, que buscando la máxima posibilidad de asistencia en el marco de las normas sanitarias encontró la mejor solución celebrando una eucaristía en la plaza (atención a esto o nos perdemos). No fue el sucedáneo de una cofradía en la calle, que quieren extender o clonar ahora para las demás, sino la forma de un culto interno que no perdió al aire libre su verdadero carácter. La mayor prueba irrefutable de lo que afirmamos es que el Señor recorrió lo justo hasta un altar. Repito: un altar.  

Una Semana Santa de asientos reservados, de numerus clausus, de control y cierre de calles adyacentes, no es una Semana Santa. Es otra cosa. Por naturaleza propia, no cabe la existencia de una Semana Santa VIP. 

Antes de que se moviera esta inesperada pieza de un estado de alarma que al dictador le viene bien hasta mayo, y un toque de queda que relevantes científicos no respaldan como método que haya demostrado fehacientemente disminuir los contagios, antes de todo esto que ya convierte en inútil cualquier argumento a favor o en contra de celebrarse la Semana Santa en la calle,  uno iba a decir que de tanto suspender la vida, nos estamos quedando sin la vida; y que  una sociedad responsable no equivale a una sociedad acobardada.  

Tenemos el problema de que las peores circunstancias han llegado en el preciso momento de no contar con grandes caracteres y personalidades carismáticas en las cúpulas de poder donde se toman las decisiones: ni Juan Espadas ni Juan José Asenjo poseen esas cualidades, son hombres más bien normales e incapaces de empuje para las situaciones excepcionales.  

De todos modos y en cualquier caso, ya todo da igual. El estado de alarma con su toque de queda, también como únicos recursos de políticos mediocres y totalitarios, hacen ya innecesario que nos preocupemos por la próxima Semana Santa. Alea jacta est (la suerte está echada).

Fotografía de archivo de Beatriz Galiano




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