El centro de Sevilla entre la anarquía y la suciedad

Las imágenes que ofrecemos son contundentes, tan indiscutibles como evidentes, un testimonio que puede recogerse a diario por cualquiera que se lo proponga, porque todo salta a la vista, no hay que forzar a la realidad, no hay truco: por desgracia está ahí, en pleno centro de Sevilla, en la zona más monumental de su casco histórico, junto a la misma Catedral. Sin embargo el alcalde, precisamente el alcalde, Juan Espadas, no parece verlo. Y tampoco el delegado de Seguridad, Juan Carlos Cabrera. Pero la suciedad se esparce por los suelos y de tirarla se encargan ya hasta los guarros turistas de un turismo chabacano y mochilero. Los patinetes cruzan la Avenida de la Constitución por donde quieren y a la velocidad temeraria que se les antoja, usando los de aquellas empresas que no tienen ni licencia. Y se falta al decoro público, que es una forma de alteración del orden -sobre todo ante menores-, como en el caso de las despedidas de solteras, donde vale hasta salir en bragas. Con todo, Juan Espadas sigue con la intención de atenuar en sus declaraciones todo lo que está convirtiendo a Sevilla en anárquica y lamentable. Su interpretación de la ciudad, que no sabe gobernar y se le escapa de las manos, es que todo esto que están padeciendo los sevillanos no son más que exageraciones de la oposición.

Lo que alguien ha llamado política de infantería no parece estar al alcance de Juan Espadas, un alcalde de Sevilla con inercia a la grandilocuencia y a las grandes fantasías alejadas de gestionar con los pies en el suelo, por cierto bien sucio en todas las calles. Según los sevillanos ha perdido el norte de una gestión que aterrice en los verdaderos problemas cotidianos, pues está haciendo de la ciudad un lugar imposible para residir. Juan Espadas es un político incapaz de una conciencia para sentir lo que significa hacer habitable Sevilla.

La capital andaluza se encuentra en la actualidad bajo mínimos de limpieza y salubridad, teniéndose que haber dejado al criterio de terceros la prueba de fórmulas que buscan acabar con los déficits de eficacia de Lipasam.

El alcalde se diría que está fascinado por una Sevilla colosal, pero en el aire de los meros proyectos y las imaginaciones, alejado de lo que hace viable la vida de todos los días, de miles de personas que trabajan, que se desplazan, que pagan sus impuestos, que necesitan viviendas, alumbrados, reparación urgente de pasos de cebra gastados y apenas visibles, seguridad, policía, etc.

Las fotografías muestran incluso los casos de ocupación de la vía pública por todo tipo de mendicidad, amparada en supuestos espectáculos o artistas que invaden las aceras impidiendo que la denominada peatonalización sea cierta, no un sufrido tránsito de personas que sortean constantemente las posibilidades de caminar sin interrupciones y rodeos, entre vendedores mantas, coros de chirigotas, cantantes, improvisados tablaos flamencos en plena calzada… Las calles peatonales se han convertido en una pura ficción para andar. Parece mentira que Juan Espadas fuera el alcalde que puso tanta energía en suprimir los veladores de la confitería de La Campana argumentando razones de seguridad. Porque si se trata de referirnos a la seguridad de Sevilla, su delegado Juan Carlos Cabrera ha abocado a la capital de Andalucía a una situación peligrosa.

En Sevilla faltan 300 agentes y ha llegado a renunciar a su cargo nada menos que el jefe de la Policía Local, por motivos nunca aclarados pero sí sospechosos de problemas de régimen interno que no han querido desvelarse.

Cabrera no para de esquivar, con bandazos y disimulos, la necesidad imperiosa de una normativa que acabe con el miedo bien fundado de los sevillanos a correr diariamente el riesgo de ser atropellados en las aceras por bicicletas, patinetes y demás tipos de vehículos. Ciudades como Valencia deberían servirle de ejemplo por haberse tomado en ellas la determinación de multar a los desaprensivos que recorren las calles y áreas peatonales como les viene en gana. En Valencia ya se somete a estos conductores a controles de alcoholemia.

La única salvación que le queda a Sevilla, harta de la ineptitud política de Juan Carlos Cabrera en materia de seguridad y vigilancia (la que no hay), es que la Dirección General de Tráfico no delegue más en los ayuntamientos la regulación de estas materias y la ley venga impuesta desde una Administración superior y general para toda España.

Hoy por hoy, Sevilla es la postal interminable de la cochambre y el abandono municipal.

Avenida de la Constitución.




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