Devuélveme la vida, que me la has quitao: Sevilla quiere que Espadas se vaya 

El PSOE no puede haber caído ya más bajo. Tanto que hasta los socialistas están que trinan en las redes, avergonzados de Pedro Sánchez en La Moncloa y de Juan Espadas en el Ayuntamiento de Sevilla. El colmo del primero ha sido lamentar profundamente la muerte de un asesino etarra. Y los desmanes del segundo ya van, aparte de su desmedida capacidad para las fantasías animadas de ayer y de hoy, por entregarle al Gobierno los ahorros de Sevilla y colocar en el Ayuntamiento a un buen montón de parásitos e inútiles desahuciados de la Junta de Andalucía. Mientras, los sevillanos toman de nuevo sus calles y recobran sus pulsos, regresando a las libertades y derechos fundamentales que les arrebató el totalitarismo socialcomunista. Y quieren, como se expande de boca en boca por todas partes que Juan Espadas y los suyos se vayan de una vez y dejen a Sevilla en manos de quienes tengan categoría política para merecerla. 

La fotografía recoge el aspecto nocturno de la Plaza de La Mina, junto a la Cuesta del Rosario, en pleno centro del casco histórico. Es uno de los tantos ejemplos de este septiembre que rehabilita a los sevillanos en su vida de siempre: tertulianos, frecuentadores de bares, sociables al aire libre, fieles a sus tapas preferidas… Así han vuelto a esparcirse por esta y otras zonas, como la Plaza de la Alfalfa, la calle San Juan, las Setas, El Rinconcillo. También en sitios menos céntricos, pero igualmente animados, como ya pasa en Los Bermejales.

Los sevillanos han vuelto a por sus fueros, rebeldes y contestatarios, tras haber sido sometidos por el yugo socialcomunista al más duradero de los confinamientos en toda Europa, además de permanecer obligatoriamente bajo la imposición de un estado de alarma que relevantes juristas pusieron en entredicho como inconstitucional. Al final, ya se ve, para terminar en una nueva fase de rebrotes que acaba con la paciencia de los médicos, hartos de arriesgar sus vidas por culpa de unos políticos ineptos, impresentables, en Madrid o en Sevilla para nuestro caso. Son los políticos que sin duda pasarán a la historia como los peores gobernantes para las peores circunstancias. Los políticos a los que la gente espera con ansiedad en las próximas Elecciones  -las que toquen, da igual-  para ajustarles las cuentas de sus fechorías, mentiras y corrupciones. 

En Sevilla particularmente, las calles y las plazas llenas de gente que ha recuperado la libertad secuestrada por los dictadores del socialcomunismo, parecen lanzar un canto que demanda al Gobierno y al Ayuntamiento el tiempo perdido, los negocios que han hundido para siempre, el paro que han provocado, el derrumbe del floreciente y pleno turismo. Los sevillanos tienen en una canción romántica el punto de partida de su canción protesta: ¡Devuélveme la vida, que me la has quitao! ¡Sánchez, Iglesias, Espadas y sus secuaces en el Ayuntamiento! 

Según la ciudadanía, “¡lo que va a costar esta ruina por culpa de un pelotón de torpes que están gobernando sin saber hacer la o con un canuto!”. 

Sevilla va llenando las calles, animando y animándose a vivir, pintando con ella misma el cuadro reconocible de lo que siempre fue existir, antes de la llegada de un virus que levanta sospechas cada vez que contagia o mata por estos lares, mientras que en China  -qué cosa más rara en la cuna del monstruo-  ya no pasa absolutamente nada y todo ha vuelto a una normalidad completa, con aglomeraciones y sin mascarillas. 

Aquí, sin embargo  -qué cosa más rara también-, se sigue viviendo bajo las órdenes de los aprovechados de las coartadas que da una pandemia, los sucios y turbios políticos que sabe muy bien aquello de que “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Sevilla parece haber convertido el tapeo en su mejor reivindicación. No quiere que miserables políticos vuelvan a untarle de nuevo en los labios el sabor del miedo a las dictaduras comunistas. Echar un voto se ha convertido para las próximas Elecciones en algo de una trascendencia que no se había calculado nunca. Y mientras llega el momento de volver a decidir a quiénes les entregamos nuestras vidas, los sevillanos no se callan  (cualquiera calla a los sevillanos y menos por la espalda): “¡Que se vaya Espadas, que ya está bien… y el Cabrera ese y todos los demás!”. 




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