Comienzan las quejas en el aeropuerto de San Pablo a falta de aire acondicionado
La excusa es el ahorro energético y cuidar el medio ambiente

Los trabajadores y los transeúntes del aeropuerto San Pablo de Sevilla han comenzado a saber en qué consistía “la nueva normalidad” de Sánchez y aquello de la transición ecológica y energética, de tal modo que no encienden el aire acondicionado ni siquiera en estos días de calor tremendo con la excusa de cuidar del medio ambiente y, sin duda, para ahorrarse algo en la factura de la luz que permita al Gobierno pagar la nómina inmensa de asesores y amigos colocados a dedo en todos los departamentos.

Basta adentrarse en el edificio, tanto en la zona de llegadas como en la de salidas, para comprobar que AENA, dependiente del hasta ahora Ministerio de José Luis Ábalos, ha decidido que su interior sirva de caldera a los pasajeros y visitantes, mientras que los trabajadores de facturación y de los demás servicios se ven obligados a pasar el día con un ventilador como si estuviésemos en la etapa anterior al desarrollismo de Manuel Fraga, lo que ha empezado a ser motivo de protesta tanto por parte del personal como de los ocasionales visitantes de ambas terminales.

Esta situación se produce después de haber anunciado en 2019 una amplia reforma de las instalaciones útiles que en su día se evaluaron en más de 60 millones de euros para ampliar su capacidad de tránsito y asistencia a los pasajeros.

Al menos una cosa está clara, que el contenido de las maletas de Delcy Rodríguez no ha servido al hasta ahora Ministerio de Ábalos para pagar el gasto por consumo eléctrico que suponía acondicionar el ambiente en las zonas de tránsito, mientras que en ocasiones puede verse al personal que presta servicios en las oficina lejos de la vista del público luciendo rebequitas y chaquetas, lo que permite presumir que en esos departamentos sí tienen el aire acondicionado a pleno rendimiento.

En definitiva, aunque lo podíamos imaginar, “la nueva normalidad” de Pedro Sánchez no era otra cosa que un atraso monumental y un regreso a la categoría de país en fase de desarrollo al que, con un poco de suerte, habrá que llegar en burro o en patinete y con un abanico en las manos.




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