El periodista Carlos Navarro Antolín, redactor jefe del Diario de Sevilla, pronunció el Pregón de la Cabalgata de Reyes del Ateneo. El acto tuvo lugar en el Teatro Lope de Vega, repleto de caras conocidas de la sociedad sevillana, esa que invitada a los actos más relevantes de la ciudad, acude desde sus más diversos ámbitos profesionales y representativos: Joaquín Moeckel, Javier Arenas, José Joaquín Gallardo, Joaquín Sáinz de la Maza, Juan José Morillas, José Cañete, Otto Moeckel, Charo Padilla, Rafael Aguilar de Jódar… muchos se me pasarían por más que pretendiera abarcar con la vista un hall de incesante desfile de cientos de personas, las que ya antes de comenzar el Pregón podían saludar allí mismo al pregonero, en el vestíbulo del emblemático teatro, donde se había colocado junto a uno de sus hijos y al arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, una de las presencias más destacadas y sorprendentes. Navarro Antolín iba recibiendo, con una actitud de verdadera cortesía, a todos aquellos que minutos después iban a escucharle.

El Pregón de la Cabalgata de Reyes del Ateneo se adorna de un protocolo exquisito, como la colocación en la proa del escenario de dos árboles navideños que lo flanquean y un friso de muérdago y plantas de pascuas. Lo ocupa casi en su totalidad la Banda Municipal, respaldada por dos corales al fondo, para abrir el acto con el himno dedicado al centenario, obra de Manuel Marvizón. Fue una delicia, como todo lo que escribe. No hay nadie como él para hacer sonar todo tiempo de vísperas de Sevilla. Es el compositor de la brisa y del aire.


La presentación del conjunto del acto corrió a cargo de Fran López de Paz, de Canal Sur Radio. Cuánto se agradece que alguien sepa en cada circunstancia hasta dónde llegan sus posibilidades de intervención en ese momento, por más que las capacidades de Fran López de Paz puedan superar sobradamente su mero cometido de mantenedor, pero supo servir al público el enlace necesario entre unos y otros para turnarse en el proscenio.

Y así fue con el presidente del Ateneo, el doctor Alberto Máxímo Pérez Calero, acertado en el papel que le correspondía para testimoniar la historia centenaria ya de la Cabalgata, su fundamento más originario de atender a los niños más necesitados en aquel año 1918, cuando salió por primera vez desde la calle Lombardos.

Tras el presidente ateneísta fue nada menos que el alcalde de Sevilla, Juan Espadas, último y saliente rey Baltasar de 2017, quien presentó al pregonero. Lo hizo con palabras de gran afecto, muy al uso en este tipo de ocasiones, destacando los valores personales y profesionales de Carlos Navarro Antolín.

El pregonero señaló el punto de partida desde la misma calle, en la Puerta Carmona, contándose a sí mismo como el niño enfermo que hace treinta años esperó junto a sus padres la Cabalgata, escoltado por el amor y los cuidados de sus progenitores, que extremaron su cautela apartándose de las primeras filas, a una distancia tal del cortejo que más fue divisado que visto con detalle. Sin embargo, fue todo tan emocionante para aquel niño, que Navarro Antolín aún lo recuerda con emoción. El pregonero, valiéndose de una extraordinaria sensibilidad para apreciar la vida, dotado de la facultad de recurrir a una conmovedora prosa poética -cuyos puntos finales o aparte eran los cálidos aplausos del público-, dejó perlas eternas en expresiones emocionantes, como cuando habló del “caramelo del tiempo” o “el hermoso blindaje de la infancia”. Se dirigió a su mujer y a sus hijos, poseyendo especialmente para ellos el dominio verbal de la ternura, como al contar que en la última Cabalgata se vio obligado a rehusar la invitación que Joaquín Moeckel le hizo para acompañarlo en su carroza, cuando el famoso abogado encarnara a Gaspar. Pero Carlos Navarro Antolín, aun sintiéndose muy halagado, no fue capaz de vivir la noche de la ilusión sin hallarse entre su familia. El pregonero, en fin, narró una memoria de oro desde un corazón infantil que no ha perdido por los avatares difíciles de la vida. En un determinado pasaje, llegó a estar arropado por los dibujos musicales de Manolo Marvizón al piano, siempre gusto y elegancia, como si fuera recreando las palabras con polvo de estrellas. El pregonero terminó aclamado por todo el público en pie, en una ovación unánime y merecidamente larga. A continuación, el arzobispo fue invitado a subir al escenario, lo que aceptó gustosamente, para ser obsequiado con las distinciones del Ateneo, y se dirigió a todos para aclarar que la presencia de los Reyes Magos ante Jesús es el símbolo universal de la gran noticia de su venida al mundo. Concluyó recomendado y deseando para todos reconciliación y perdón donde hiciera falta.

Los himnos de Andalucía y España, interpretados por la Banda Municipal, pusieron el broche de oro del Pregón de la Cabalgata 101 de los Reyes Magos.