Cabalgata de Reyes Magos, la gran prueba de fuego de Sevilla  

Será el gran y último examen final de la ciudad antes de que llegue la próxima Semana Santa. Dará la medida de nuestras posibilidades y se convertirá en la gran consulta. La Cabalgata de los Reyes Magos del Ateneo constituirá, el 5 de enero de 2021, la evaluación más decisiva que revele si para entonces Sevilla habrá regresado o no a la normalidad, esa que incluso deberá superar en fases de conductas colectivas a esta que ahora llamamos la “nueva normalidad”.

Para que las cosas vuelvan a ser en Sevilla lo que fueron -exactamente lo que fueron-, ¿a qué y cuánto habrá que esperar? No sabemos aún si para hacer lo que hicimos toda la vida dependeremos del descubrimiento de una vacuna o, como poco, de un tratamiento contra el coronavirus, o quizás será suficiente con un dato cero de contagios que deje a la pandemia como al recuerdo lejano de una pesadilla. Ojalá, pero todo eso parece bastante improbable a juicio de los expertos sanitarios. Queda mucho que ver por más que hayamos visto ya. Se diría que el mundo depende de un nuevo doctor Fleming para el coronavirus, y que necesita urgente el hallazgo de otra “penicilina”.

Mientras tanto, el DÍA D y la HORA H para certificar la auténtica vuelta a la normalidad de Sevilla lo tendría como nada ni nadie la Cabalgata de  Reyes, cuyas características hacen que tal acontecimiento no encuentre parangón  con ningún otro de alcance multitudinario que pretenda celebrarse en Sevilla antes de la mágica noche del 5 de enero. Nada será comparable para una medición de semejantes dimensiones. Ni la procesión agosteña de la Virgen de los Reyes, ni las salidas procesionales que tuvieran lugar al inicio del otoño  -como tienen previsto La Lanzada en octubre o el Gran Poder en noviembre-, son equiparables al ámbito territorial y de público de la Cabalgata, en un día en el que toda Sevilla se echa a la calle. Recordemos que la edición de este año congregó a más de 700.000 personas, una cantidad que supera la del censo de habitantes de nuestra capital. Por lo tanto Sevilla tiene en la Cabalgata de Reyes su gran y extraordinaria oportunidad de examinarse en todas las asignaturas de concentraciones de público.  

Pero si las circunstancias actuales no hubiesen cambiado notablemente para la próxima Navidad y, por ende, para la noche de Reyes, dos preguntas flotan ya en el ambiente de la ciudad: ¿Habrá Cabalgata? Y si la hubiera, ¿en qué condiciones?

Por fuentes próximas al Ateneo de Sevilla sabemos que la institución organizadora y responsable del cortejo está muy preocupada con el tema. Es lógico y hasta presumible. La incertidumbre resulta ahora mismo para el Ateneo el mayor reto al que enfrentarse. No hay en estos momentos un campo fijo en el que puedan plantearse los diversos aspectos que implican la construcción y levantamiento de la Cabalgata, un colosal edificio de la magia, una obra de enorme enjundia que milagrosamente sale adelante todos los años gracias a un equipo enormemente eficaz, un “todos a una” que concita las energías y el esfuerzo de unas valiosas personas de ánimo inquebrantable, como el presidente del Ateneo, el doctor Alberto Máximo Pérez Calero, su vicepresidenta, Francisca Cabrera Leal, el director de la Cabalgata, Manuel Sainz Méndez, o el coordinador de su Seguridad, Pedro Lissén Romero, entre otros.

Todos se están planteando la gran cuestión: ¿Cómo abordar la Cabalgata sus numerosos apartados con las perspectivas de un futuro incierto, que agrava el hecho de contemplar el invierno y el frío como favorecedores de rebrotes de la pandemia? Paradójicamente está en el tiempo que queda por delante el mayor aliado de la Cabalgata  -aquel con el que no pudieron contar ni la Semana Santa, ni la Feria, ni siquiera el Rocío-, pero puede volverse precisamente ese tiempo también en su contra, puede acabar siendo su mayor enemigo.

La Cabalgata del Ateneo no se puede improvisar, requiere de un largo periodo de preparativos y trabajos de montaje muy minuciosos y elaborados, que abarcan un amplio arco de realización que va desde el diseño hasta plasmar corporalmente cientos de ideas. Por mucho que se apurara un margen para emprender todo lo que exige hacer posible la Cabalgata, el mes de octubre parece ser el límite según las fuentes consultadas.

Pero hay un gran problema que solucionar a mediados del próximo verano, al menos así ha sido hasta ahora en cuanto a fechas aproximadas: la elección y designación de los grandes protagonistas de la Cabalgata, o sea, los tres Reyes Magos, las personas que el Ateneo nombra públicamente para representarlos,  además de la Estrella de la Ilusión, la Diosa Palas Atenea, el Gran Visir, el Mago de la Fantasía, el Heraldo y el autor del cartel de la Cabalgata.

Este va a ser sin duda uno de los temas más espinosos, porque las personas que encarnan a los Reyes Magos aportan en gran medida la financiación de la Cabalgata. Si para el próximo año, y caso de celebrarse, no fuera posible realizarla en su modelo clásico, ¿quiénes estarían dispuestos a aceptar las propuestas de sus nombramientos asumiendo que pueden esperarles las circunstancias especiales de una edición bajo mínimos o, incluso, encontrarse desagradablemente con la suspensión de la Cabalgata? ¿Quiénes querrían afrontar una experiencia única en sus vidas, a sabiendas de no poder disfrutarla en toda su plenitud de emociones íntimas y compartidas? ¿Quiénes se conformarían con participar en una Cabalgata reducida a la mínima expresión por las normas que impusieran las exigencias sanitarias?

Imaginémosla desde las pautas actuales marcadas para prevenir un regreso de los contagios.

¿Cuántos integrantes admitiría la Cabalgata respecto de su nutrido número de figurantes como en la última de 2020: en número de beduinos andantes, montados a caballo, bandas de música, miembros de la organización, prensa gráfica y redactores, televisiones,  Junta Directiva del Ateneo, y el resto del grueso de personas que forman parte del cortejo a pie?

En las carrozas, ¿cuál sería el número máximo permitido para quienes vayan subidos a las mismas si hubiera que atenerse a guardar una distancia de seguridad entre unos y otros?

Si el público, que ha llegado a sumar miles y miles de personas  -hasta extremos que no había conocido la más que centenaria historia de la Cabalgata-, ha de atenerse a una distancia de seguridad para presenciar el paso de las carrozas, ¿habría que alargar el recorrido del Cortejo de la Ilusión para que todos los niños y mayores pudieran verlo? ¿Se respondería por el Ateneo a una nueva logística de la Cabalgata que fuera consecuencia de una nueva idea de la proporción de sus miles de espectadores?

Y una última pregunta clave cuya respuesta incidiría en la propia “fisonomía” de la Cabalgata, en su sello más particular, en su estilo más genuino: ¿Se podrían tirar caramelos? ¿Se podrían coger los caramelos, no ya del suelo, sino incluso atraparlos en el aire? ¿Habría que adaptar ocasionalmente la Cabalgata de Sevilla a su versión madrileña, sosa y aburrida, en la que los Reyes Magos se limitan a saludar cortésmente desde sus tronos? Sería difícil resignarnos en Sevilla a prescindir de ese nexo vibrante entre carrozas y público que son los caramelos, uno de los factores más electrizantes de la Cabalgata, auténtica agitación y resorte de la felicidad y la alegría de miles de niños y adultos.

Sin embargo, con todo lo cuestionable, puede que el Ateneo, fiel a su mejor inspiración, conciba en el peor de los casos la mejor solución. Si no pudiera salvar la Cabalgata en su concepto más tradicional, si no puede salvarla para los mayores, que la salve al menos para los niños, que vean llegar a los Reyes Magos. Se trataría de sacrificar la Cabalgata de todos a cambio de una Cabalgata para los más pequeños, una Cabalgata para sus ojos, no para los nuestros. Sería suficiente con una Cabalgata que abarque lo que ellos miran, no lo que miramos los adultos. Una Cabalgata capaz de satisfacer su asombro, una Cabalgata que salga al encuentro de sus ilusiones, de los juguetes que han pedido. El Ateneo, fundador del Cortejo, comprendería la imperiosa necesidad de regresar a sus orígenes, a la humilde Cabalgata que partió por primera vez de la calle Méndez Núñez y años más tarde de la Plaza de Toros, pero ya entonces iluminando desde siempre las caras infantiles. De la manera más sencilla superaría el peligro de un enorme vacío en la niñez de miles de sevillanos.  

De todos modos, y en medio de las dudas de hoy, siempre se pueden pedir a los Reyes Magos  -¿por qué no?-  todos los sueños que se cumplan mañana. Queridos Melchor, Gaspar y Baltasar: traed a Sevilla su Cabalgata de siempre!!!

Foto portada: Beatriz Galiano.

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