Adiós agosteño de Sevilla a Carmen Gil, la gran mujer de los Moeckel

Numerosas personas que llenaban a las diez de esta mañana la inmensa Parroquia del Sagrario de la Catedral, han dado su último adiós a Carmen Gil Otero, la mujer de Otto Moeckel y la madre de Joaquín Moeckel, el prestigio abogado. En realidad, lo del último adiós no es más que una forma convencional de contar que Carmen Gil ha fallecido, porque como el afamado jurista ha declarado en las palabras pronunciadas en los momentos finales de su funeral “no mata la muerte, sino el olvido”, dirigiéndose a su madre con la confianza cristiana de que lo escuchaba.

El féretro estaba situado ante el centro de la breve escalinata que lleva al presbiterio y al altar mayor donde se ha celebrado la Eucaristía. Sobres los restos mortales de Carmen Gil Otero podían verse el acostumbrado crucifijo de los creyentes, el manto de la Virgen de la Caridad, de Sanlúcar de Barrameda (donde Carmen había nacido en 1930), y la bandera de España. Un sencillo y conmovedor ramito de florecillas violáceas y blancas estaban como posadas con gran delicadeza encima del manto y la bandera.

Toda la gran familia de la fallecida ocupaba los bancos delanteros del gran templo: su esposo, Otto Moeckel von Friess; sus ocho hijos, María del Carmen, Reyes, Otto, Mayte, Emilio, Joaquín, Enrique y Ana; su familia política; y sus nietos.

Entre los numerosos asistentes que llenaban la Parroquia del Sagrario se encontraban el presidente del Ateneo, Alberto Máximo Pérez Calero, y los periodistas Carlos Navarro Antolín, Fran López de Paz y Pilar Fuertes.

Tras la ceremonia fúnebre, el abogado Joaquín Moeckel pronunció unas palabras desde el atril del altar mayor.  Lo hizo “con la venia” de su padre y de sus hermanos. Y se dirigió en nombre de todos a su madre, a la que agradeció haberles señalado una senda que seguir en la vida, de amor a la Patria, de amor a la Virgen, y por haberles dejado una forma ejemplar de existir que desde ahora constituirá la mejor herencia para su familia.

A continuación el féretro fue portado por sus nietos varones desde el interior del templo hasta salir a la Avenida de la Constitución, donde aguardaba el coche mortuorio, rodeado de coronas en cuyos lazos podían leerse sus procedencias: el alcalde de Sevilla y la corporación municipal, la Capitanía General  -especialmente impresionante por adornarse con flores rojas y gualdas de la bandera de España-, Mercasevilla y, cómo no entre otras, la Hermandad del Baratillo, de público y notorio arraigo devocional entre los Moeckel, habiendo sido hermanos mayores de la popular cofradía del Arenal su esposo y su hijo Joaquín.

Introducido el féretro en el coche fúnebre y antes de partir, se cantó el “Salve Madre”, con cuyo himno mariano de Sevilla se evocaba el gran amor de Carmen Gil Otero por la Virgen.

La fotografía que ilustra esta triste noticia compartida y sentida por tantos sevillanos, recuerda uno de los grandes Miércoles Santo vividos por los Moeckel: Carmen dialoga feliz junto a su marido Otto, de nazareno, ante el paso en la calle de la Piedad del Baratillo.




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