A los inmigrantes ilegales no les empuja el hambre (II)

Los viejos marineros de hace siglos parieron un bestiario que les aterrorizaba las travesías sólo porque algunos repetían las patrañas sucesivas de unos y de otros y, no obstante, sin poder dar certeza de lo que les habían contado tantas veces, no osaban poner en duda la existencia de semejantes ectoplasmas de la imaginación sin base real alguna que lo acreditara.

En nuestros días afecta al fenómeno de la inmigración ilegal y ni siquiera lo catalogan de fake news, pero mucha gente elabora fantasmas en su imaginación que les hacen sentir mucho pero reflexionar muy poco sobre la realidad de lo que ocurre en los países africanos de origen.

Por decirlo de una forma abrupta, cabe apuntar que todos esos inmigrantes que han llegado hasta el límite de las fronteras no han pasado en su país de origen hambre ni privaciones extremas jamás en su vida. Lo afirmo con rotundidad: no vienen empujados por el hambre ni por las penurias severas.

¿Cuántas veces haría falta repetir esto para que alguien lo creyera? Es inútil repetirlo y, además, no creo que sea lo trascendental del caso, porque todo el mundo entenderá que si legítimo es desear comer, no menos legítimo sería pretender o desear ampliar las oportunidades personales.

¿Qué hay de malo en aspirar a conseguir lo que otros no han logrado? Al fin y al cabo, es lo que ha venido haciendo el ser humano desde el principio de los tiempos y es lo que explica sus avances y sus logros, aunque a menudo también sus desastres más sonados. En todo caso, ¿por qué no habría de querer alguien arriesgar muchas cosas en la vida (incluso la propia vida) por alcanzar sus objetivos de mejora?

Sin embargo, parece que nuestra sociedad no alcanza a entender que esta gente esté dispuesta a arriesgarlo todo por unas cuantas cosas que para nosotros resultarían muy menores, pero que para ellos suponen un status radicalmente diferente. Si esto no se entiende bien, será difícil que nadie logre apaciguar su propia fantasía con la realidad y pondrá cara de asombro cuando les escuche decir que no necesitan comida ni ropa, sino una casa y oportunidades o les observe arrojando al cubo de la basura más cercano los alimentos que les acaba de entregar una ONG o alguna organización caritatica.

A muchos europeos les parece muy normal que un joven practique deportes de alto riesgo o salte en paracaídas por su mero gusto, o que un piloto de F1 o de aviones de caza ponga en juego su seguridad personal a cambio de dinero, de éxito social o de conceptos vagos y difusos como el honor o la Patria, pero en cambio no parecen dispuestos a aceptar idéntica ecuación para quienes hacen lo propio al otro lado del Estrecho y necesitan aceptar que sólo una atávica penuria de la supervivencia, como es el hambre, es la que les empujaría a jugarse los cuernos.

Pues bien, no es cierto. Ni puede serlo. Los inmigrantes que se encuentran al otro lado son, a efectos de fortaleza física y de constitución natural, algunos de los mejores especímenes de las sociedades a las que pertenecen. De otro modo no habrían conseguido movilizarse, ni habrían tenido la fuerza necesaria para emprender una aventura semejante ni para superar las durísimas pruebas a las que el destino elegido les somete casi siempre desde el inicio del viaje.

No es sólo que en su infancia y juventud no hayan pasado las privaciones extremas que a algunos les gusta imaginar, sino que tampoco en el momento en que eligieron emprender la marcha atravesaban esa clase de calamidades que aquí expresan muchos de forma categórica arrasando la verdad y estableciendo una idea prefijada que despeña todo su silogismo sentimental hacia la farsa y la mentira.

Nótese que me refiero a un ‘silogismo sentimental’, en absoluto racional, poesía pura machihembrada con una situación catastrófica que precisa ser analizada y entendida antes de ponerse a construir severas admoniciones pretendidamente humanitarias a favor de los desposeídos y en contra de “los ricos occidentales”, culpables de ser ‘ricos’ por la misma razón que seríamos culpables de haber alcanzado la cumbre del arte pictórico con “La Gioconda” o de haber inventado la luz eléctrica.

Esa es la clase habitual de silogismo que acompaña a todos esos ciudadanos que dicen sentir mucha compasión humanitaria pero que prefieren no entender nada de lo que les ocurre y nos ocurre.

Llegados a este punto, quizá convendría bajarles los humos de tan doloroso pietismo de taberna proponiéndoles un juego de las diferencias para que nos expliquen a todos si encuentran alguna sutileza entre un esquelético desarrapado que pidiese algo de comer a la puerta de un supermercado y otro tipo musculoso y de aspecto bien alimentado que a la salida de dicho establecimiento pretendiese llevarse por las bravas el contenido de nuestras bolsas…

No hay manera de desvanecer el mito, pues muchos aquí pretenden convencernos de que el de los músculos es un pobre hambriento a la desesperada al que deberíamos entregarle generosamente la compra doméstica para el fin de semana y emprenderla a gorrazos contra la Policía o los vecinos que quisieran impedirlo. Así de absurdo.

A este respecto, el cúmulo de ‘silogismos sentimentales’, de argumentos poéticos sin base real alguna y de vacías expresiones altisonantes se retroalimenta en una espiral de disparates fantasiosos y hueros que les nubla la vista al tiempo que les sitúa al margen de una marejada de acusaciones que tiende a convertir al europeo y, por extensión al hombre blanco, en la causa de todos los males del África negra.

Diríase que en ese punto los buenistas comprensivos comienzan a mudar la piel y, contra toda evidencia, se ven en el espejo con una piel más morena y una nariz más chata de la que los genes les otorgaron.

El relato histórico, entonces, se despeña por un río de tópicos y piedras como huevos de dinosaurio, convertido de repente en un brochazo grueso de buenos y de malos, de colonialistas y explotados, sin que quiera leerse lo sucedido en los últimos 50 o 100 años en cada uno de los procesos de descolonización, mecidos en su mayoría en los brazos de los izquierdistas, que pretenden saltarse a la torera lo que sus buenismos engendraron en ese plazo, verdaderos antecedentes inmediatos de lo que les sucede a todos esos pueblos.

También se llenan de llorosos llamamientos facilones a la solidaridad y se enrabietan los discursos advirtiendo sobre la imposibilidad de poner puertas al hambre. O a la libertad. O a las ilusiones colectivas. Etc. Se preñan, en definitiva, de toda la demagogia sentimentaloide de la que sólo un buenista empedernido y empeñado a tiempo completo en salvarse de la quema sería capaz.

En fin, maneras de perder el tiempo.

Pero volvamos un momento más a los hechos, a la lógica y a la razón, para mejor entenderlo. No es el hambre ni las guerras lo que les empuja a emprender viaje, es mentira.

Cualquiera puede adivinar que quienes han pasado verdadera hambre guardan secuelas de por vida y no lucen cuerpos lustrosos, pechos de leones, ni brazos de Tarzán como los que pueblan las vallas y las pateras fronterizas. Y si cuando deciden emprender su ruta padecieran hambre o penurias extremas como las que gustan de imaginar muchos de este lado, no hay mayor certeza que la de que no lograrían traspasar apenas ni la primera de las barreras que a veces se necesita superar para una aventura de esa clase.

Por tanto, los que han emprendido ese viaje para llegar aquí son, insisto, auténticos toros de Miura, la mejor camada obtenida mediante selección natural en cada pueblo por un proceloso devenir de circunstancias que necesariamente excluye a los débiles de espíritu, pero sobre todo a los débiles de cuerpo entero.

Gente generalmente bien alimentada que a menudo, incluso, con la energía extra que acumula se permite la práctica de algunos deportes para cultivarse el cuerpo: mens sana in corpore sano…

Ese es el primer elemento común a todos ellos de manera imprescindible. Sin un cuerpo robusto y bien alimentado, cualquier oportunidad de alcanzar las vallas se reduce casi al cero absoluto. Y la criba se demuestra implacable cuando el que lo intenta sin reunir esta primera circunstancia se encuentra a merced de los arrasadores elementos en los muy diversos territorios que tendrá que cruzar hasta su objetivo: selvas y caminos solitarios, noches sin luna, bandidos por doquier, aldeas ignotas, desiertos infinitos, poblaciones hostiles, aguas putrefactas, mendrugos fieras e insectos, ausencia de piedad o conmiseración alguna, tratantes sin escrúpulos… En fin, todo ‘lo mejor’ del ser humano y de la Naturaleza a su plena y entera disposición.

Hasta aquí, la parte más anecdótica y menos trascendente del problema, pero que elimina de un plumazo todo un cajón de boberías y memeces de los ‘silogismos sentimentales’ que nos inundan a toda hora desde los púlpitos laicos del buenismo progre de ocasión.

Seguiremos pensando. Aunque algunos lo sientan mucho.

(Continuará)




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