A los 20 años de la Madrugada del pánico, Sevilla ha vivido la Madrugada del coronavirus

Las cifras redondas parecen guardar muchas veces misteriosos maleficios. El mundo de las cofradías sevillanas, tan dado a la memoria de su historia y a la conmemoración de sus aniversarios, habrá de enfrentarse el próximo 21 de abril al recuerdo de uno de los sucesos más lamentables que haya vivido en siglos: la famosa y dramática Madrugada de 2000. Como siempre ocurre con el paso del tiempo, a muchos les parecerá mentira caer en la cuenta de que han pasado ya 20 años de aquello; pero aún  más sorprendente será percatarse de cómo el destino ha marcado que al cabo justo de aquella Semana Santa de 2000, con tan amargo sabor, la de 2020 haya sido para los anales de la historia la que no sacó las cofradías a la calle por culpa de una pandemia.    

 Lo mismo que ahora la vida parece cercada por un antes y un después del Covid-19, la historia de la seguridad de la Semana Santa se partió en dos, antes y después de aquel 21 de abril de 2000. Y sobre todo la historia de La Madrugada, que desde entonces nunca volvió a ser la misma en tranquilidad, haciendo perder a todos la confianza en la normalidad y el discurrir pacífico de sus hermandades, que se sentirían para siempre amenazadas por ataques “invisibles”, como ahora con el coronavirus. Desde el año 2000 el temor se hizo ya, hasta nuestros días, parte consustancial del clima que envuelve a “la gran noche de Sevilla”, como la llamara el poeta.

Todo empezó hace casi veinte años, cuando miles de personas que se distribuían, como toda la vida, por el espacio propio donde discurrían las procesiones,  empezaron a correr, sin motivo aparente, presas de un terror sin nombre y en principio sin causa concreta,  dominadas por los nervios y la angustia. Fue como si el centro histórico hubiera sido atrapado repentinamente, en cuestión de segundos, por la tupida red de una gigantesca tela de araña que hizo sentir a cada cofradía, cuando el reloj de la Madrugada pasaba de las cuatro, el inmenso temblor de un gigantesco e invisible animal negro que imponía una situación inesperada y general de pánico colectivo. Su terrorífica influencia lo alcanzaba todo: calles y plazas, pisando con gravedad en La Campana, Sierpes, los palcos, la Avenida… incluso en Gravina, cuando regresaba por allí el Gran Poder.

Pero, ¿qué pasaba realmente?, ¿qué pasó realmente? Al cabo de veinte años sigue siendo un misterio que nadie supo, o nadie quiso, revelar en su auténtico y más original motivo. La única realidad posible quedó en ver a cientos de personas correr despavoridas en varios sentidos. Era plasmarse el típico “¡sálvese quien pueda!”. Sin embargo, ¿cómo se produjo la sincronía del pánico  -diabólicamente planeada- en tan diversos puntos de la ciudad, provocando simultáneamente una huida multitudinaria y, por lo tanto, temeraria y peligrosa. Daba la impresión de haberse organizado secretamente la estrategia adecuada de un acorralamiento de masas, una trampa común para nazarenos, costaleros, bandas, público… una emboscada del pánico que asentaba ipso facto el único imperio del caos, que lo dominaba todo. Y dejaba un reguero de sillas por los suelos, pasos abandonados y solitarios, nazarenos que corrían asustados en busca de refugios, público guareciéndose con urgencia en bares, casas o edificios de entidades como el Círculo de Labradores, por cuyas ventanas de su planta baja, abiertas para que sus socios presenciaran el desfile de las cofradías, algunos se lanzaban desde la calle a su interior para evitar sumarse a las avalanchas veloces que cruzaban Sierpes y podían arrollarlos. Lo que se llama un descontrol.

El pánico se hizo por entregas, como dos o tres según los distintos lugares. Tuvo intermedios de una relativa calma, como si ya todo hubiera pasado. Pero qué va, no era más que un corto respiro y de nuevo otra embestida de multitudes alocadas que avasallaban con todo lo que se les ponía por delante, produciendo desde lo lejos un sonido jamás oído, que pareciera el galopar implacable de una manada de bisontes. Porque esa era otra: el sonido, el sonido temible que parecía pisar todo sosiego, un nuevo y recién descubierto sonido, sin identidad pero abrumador, en absoluto comparable a nada hasta aquella Madrugada del Viernes Santo. Al menos nada comparable para unas generaciones que sólo conocían el territorio llano y tranquilo de Sevilla. Era como una oscura y siniestra pintura de la agitación, con el aire apenas tomado en los pulmones, un macabro espectáculo de respiraciones jadeantes y al borde del colapso. Todo encerraba una potencial catástrofe de muertos y heridos que no se dio de puro milagro.

Aquel sonido llegaba como desde un lejano horizonte de espantos que hasta entonces siempre había detenido la pantalla de la televisión, pero que en aquella Madrugada parecía haber roto todas las compuertas de nuestra apacible vida y de nuestra feliz ciudad en Semana Santa. Dejamos de estar blindados para siempre. Y experimentamos algo insospechado, algo que nunca hubiéramos supuesto ni imaginado: y es que todo aquello que en la vida, como la Semana Santa, nos parece más sólido, más inquebrantable e indestructible, podía deshacerlo en un momento el soplo de un rumor de carreras que iba creciendo en fuerza conforme se acercaba a nuestro lugar. Nada menos que la Semana Santa de Sevilla, y nada menos también que su Madrugada, quedaron reducidas a lo impensable. Fue una lección durísima la de aprender basta muy poco para que lo más inquebrantable salte por los aires hecho pedazos.

Se escribió entonces de todo, se visionaron imágenes bajo el más atento análisis, se publicó hasta un libro de mi querido y admirado amigo José Luis Garrido Bustamante… De ninguna manera se llegó a una conclusión convincente y definitiva que explicara el suceso. Se argumentó todo con la base de la histeria colectiva. Pero nunca estuve de acuerdo con ese criterio. Contaba con un elemento de juicio incontestable: yo mismo, que viví la experiencia en plena calle Sierpes, sentado en una de las sillas del desaparecido Café Madrid. No me eché a correr por histeria. Fue mucho más sencillo que eso, una reacción mucho más simple y lógica: si yo veo  -como vi-  que cientos de personas corren hacia donde estoy gritando despavoridas, me hace suponer y calcular que han visto antes que yo algo que a mí me queda por ver. Y salgo también corriendo, huyo con todos. No olvidemos que en el año 2000 aún no estaba derrotada la ETA. No estaba dispuesto a quedarme quieto para acabar siendo uno de sus crímenes.

El fenómeno de las “carreritas” -como muy bondadosamente se le llamó-  se repitió años más tarde dos veces. La primera de ellas un Lunes Santo, silenciada por todos los medios de comunicación, cuando la Virgen de las Aguas entraba en la Plaza del Duque desde la calle Alfonso XII. Yo estaba allí. La masa llegó corriendo hasta las calles Trajano y Javier Lasso de la Vega. La Policía Local también estuvo, junto a la acera de El Corte Inglés, tranquilizando a personas y niños llorando, llenos de congoja y miedo. ¿Por qué no se contó? ¿Qué consigna se dio para ocultar este hecho? Y la segunda de las veces, indisimulable, fue en la Madrugada de 2017, de nuevo en varios puntos del centro. Fui testigo de ello cuando el palio de La Macarena estaba parado en Trajano donde confluyen las calles Santa Bárbara y Delgado. Comprobé que los sevillanos ya éramos expertos en estos sobresaltos y, mucho más que los sevillanos, las Fuerzas de Seguridad abortaron inmediatamente la situación y supieron transmitir con celeridad y eficacia la calma para cientos de personas.

De Madrugada de 2000 a Madrugada de 2020, el infortunio ha vuelto a la Semana Santa de Sevilla, lo hemos tenido que sentir y sufrir donde jamás hubiéramos imaginado: una pandemia. Siempre nos creímos que 1933 (un año, con otros anteriores, sin cofradías en la calle) nos quedaba muy lejos a las generaciones nacidas tras la Guerra Civil. Ya hemos visto que, en un momento dado de la historia, todo queda muy cerca, desgraciadamente muy cerca.

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