Yonquis de la mentira

A Simón lo ha convertido este gobierno en un yonqui del plasma y la mentira, en la misma medida que Sánchez es un drogodependiente de la falsedad y el Falcon e Irene Montero una yonqui de la impostura, del pijo-feminismo supremacista y de los diez mil euros al mes.

Este gobierno drogodependiente, enganchado a la teta del poder, sufre el ‘mono’ en cuanto siente un sudor o un temblor de desapego de los embustes, que es la sopa nutricia que les mantiene.

En realidad, Carmen Calvo, acurrucada en el escaño con su mantita de moaré, acudió al Congreso el otro día con todos los síntomas de estar atravesando el síndrome de abstinencia. Le faltaba ese mínimo ejercicio de contar trolas en público para recuperarse.

Al día siguiente la vimos muy mejoradita y ya estaba concediendo entrevistas en la radio amiga de la propaganda, muy restablecida en su idiotez verbal y dispuesta de nuevo a “rehumanizar sociedades” de todos los planetas.

Ábalos, que miente con la abundancia y el desparpajo del manirroto en una barra de puticlub, es un adicto que no padece abstinencia, porque se avía lo mismo con fumarse los porritos de la mentira piadosa al conserje de su Ministerio o a su señora, que con inyectarse el pico de vacilarle a la nación o al mismísimo Consejo de Ministros desde la T-4.

El ministro astronauta está todavía en los inicios de la adicción y no le encuentra chiste ni la enjundia necesaria a eso de comunicarle a Cabo Cañaveral una mentirijilla que podría poner en peligro su regreso a la Tierra. Simplemente, Pedro Duque flota en el vacío y se le escapa una sonrisa floja, de pitillo de la risa, cuando llega la ocasión de estampar una milonga en público. No es que sienta náuseas ni ganas de vomitar, pero le marea y le abre el apetito, no le coge el punto y así no hay modo.

Sánchez e Iglesias son los grandes ‘dealers’ de este negocio de traficantes de mentiras al por mayor y al menudeo, los “capi di tutti capi”, con un consigliere, Marlaska, entrenado en manejarse con los villarejos y los sumarios de los infiltrados y los agentes dobles en las organizaciones criminales y en la penumbra de los reservados de Malasaña con música indie y neo-punk sonando a todo trapo por los altavoces. Es el lugarteniente que conoce bien los bajos fondos.

Lo de Marisú no es adicción, sino un estado, un modo de ser y de actuar: una vida. Se cayó de pequeña, como Obélix, en la marmita del oficio de mentir y reparte embustes rizados, como de peluquería de barrio, y como una metralleta, pero con la naturalidad de un negro de New Orleans que no supiera hacer otra cosa que soplar el saxofón; alto o bajo, pero con acento. Y vulgar, muy vulgar, que es importante para conectar con cierto público de periferia.

Las mentiras de la Calviño llevan mechas californianas de colegio caro y ojitos claros de niña bien, cosa que no impresiona nada en los pasillos de Bruselas, donde te encuentras rubias no de bote a mogollón y casi por castigo. Pero al menos las trolas de la Calviño han de serlo por escrito y en hojas de Excel, lo que desvirtúa mucho las posibilidades del engaño.

Al que no lo libra del enganche de esta metadona de las mentiras ni el sursum corda es al ministro de las pandemias, que ha atravesado todas las fases alucinatorias del embuste y de la estafa antes de instalarse en una psicodelia atroz de colores resplandecientes y viajes multiastrales del que ya no lo baja ni una condena larga en prisión. Salvador Illa es en este instante como Alicia, un personaje alucinado rodeado de naipes con lanza y conejos con reloj de bolsillo y chistera. ¡Illa, Illa, Illa…, país de las maravillas!

Al ministro de Universidades, Castells, y a la de Empleo, Yolanda Díaz, no les hizo falta iniciación alguna en experiencias psicotrópicas, ambos ya venían de fábrica con el triángulo averiado y dicen cosas tan despampanantes que en ellos no parece impostura, sino la mera transgresión provocada por una especie de demencia original y sin fisuras.

“Hemos prohibido los despidos” – dice Yoli, y se congela, tan sonriente y natural como si el ‘speed’ de anfeta le surgiese de una glándula endocrina.

– “Se fueron alegremente con sus familias o a lugares divertidos y no se llevaron los apuntes: ¡Ah, problemita! Ahora llegan los exámenes” -exclama Castells, como un chutazo de adrenalina, y deja patidifusos a millones de profesores y estudiantes confinados por decreto.

Este inmenso narcotráfico de embustes y de la propaganda zafia que maneja el gobierno procede directamente de La Habana, vía Caracas, y aún nos gustaría averiguar qué fue de aquellos supuestos ‘médicos’ cubanos, ‘segurosos’ del Minint, de los cuales nos anunciaron su llegada y nunca más se supo y nadie ha visto en hospital alguno luchando contra el virus. Ellos, los consejeros cubanos, son los verdaderos expertos en generar esta clase de epidemias del bulo y la extorsión en masa desde las bambalinas.

Al frente del comité de reconstrucción hemos enchufado a un negociador con la banda terrorista ETA y a un representante de las FARC que adora el leninismo y los planes quinquenales. ¿Qué puede salir mal?

Hubo un tiempo en que el rey de la droga Pablo Escobar se sacó el acta de diputado y se ofreció para comprar toda la deuda del Estado colombiano, como quien se compra una impresora o un plasma en “Yo no soy tonto”.

El otro Pablo llegó al Congreso de los Diputados y al Gobierno como vicepresidente y se ofrece ahora para quedarse a perpetuidad con el CNI, al menos hasta hacerse con todas las cintas de Villarejo que implican a Podemos en el tráfico de los embustes.

Pretenden repartirse a pachas la corona de Felipe VI y poner a Begoña a repartir claveles entre los menesterosos.

He dicho.




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