Yolanda se va a Eurovisión

La canción “Zorra”, asignada por el gobierno para representarnos en Eurovisión, la interpreta una especie de doble de Yolanda Díaz, que pide con un hilo de voz que la llamen zorra. El presidente Sánchez se ha apresurado en declarar que le encanta esa canción porque “el feminismo es muy divertido”, y que comprende que la “fachosfera” prefiera el Cara al sol. El soniquete de la canción es pegadizo, casi un remake en lo musical de Alaska y Dinarama de los primeros 80, década en la que además esta canción tuvo un claro antecedente en el grupo Las Vulpess y su tema “Me gusta ser una zorra”. Resumiendo, se trata de una canción que lanza un mensaje prehistórico de reivindicación femenina, con dejes ochenteros en la forma, y remachada por el prehistórico comentario de Sánchez, que ratifica a esta canción como un fósil viviente. O más bien, un fósil revivido por el Dr. Sánchez y su equipo para hacernos creer, quizás, que estamos en los años 80. Solo falla la edad de la cantante -no se sabe bien cuál es- que parece aterrizar directamente desde los 80 al escenario de 2024, como si hubiera estado hibernando todo este tiempo, y se hubiera despertado de repente cuarenta años más tarde para seguir cantando -aún medio dormida- lo mismo. Sin darse cuenta que estaba en otro mundo. 

Su patético y anacrónico mensaje feminista no es más que la queja lastimera frente al verdadero protagonista del melodrama, el hombre, ese que, entre líneas, no atiende a la hembra como ella espera; lo que provoca un estallido de despecho solo para provocarlo. Pero ni por esas. “Ya sé que no soy quien tú quieres/Entiendo que te desespere”, dice la letra de “Zorra”, en una última súplica de ser atendida por el macho. Lanzarse luego a la calle para ser una zorra no es ninguna expresión de libertad genuina, solo la huida hacia delante de una insatisfecha. La canción no olvida ningún tic posmoderno. Un poco de empoderamiento: “Y esa zorra que tanto temías se fue empoderando”; un poco de masoquismo victimista: “Lapídame si ya, total/soy una zorra de postal”; para rematar con una amenaza a lo Shakira: “Y si me pongo visceral/De zorra pasaré a chacal/Te habrás metido en un zarzal”. Las Vulpess ochenteras eran muchísimo más francas cuando decían a las claras “Prefiero masturbarme yo sola en mi cama/antes que acostarme con quien no me hable mañana”. Y, en vez de quejarse como ahora de que en los 80 las llamaran zorras, ellas decían directamente “Me gusta ser una zorra”, así, tal cual, sin “resignificar” nada, a pelo. Con valentía.

Si los años 80 fueron una explosión de creatividad sin precedentes en España, el nuevo milenio es un yermo. Entonces las ideologías aún no habían secuestrado la cultura, y el signo creativo de la década fue sin duda la honestidad. Tristemente, hoy la cultura viene preformada por la ideología dominante, por eso todo es solapado y falso, porque todo es un medio para servir a los fines manipuladores del poder político. Y en el caso femenino es aún más sangrante, pues la ideología -de género- ha promovido que la mujer se especialice en mensajes ideológicos feministas, de modo que las artistas nacen ya cosificadas, con un claro dictado de cuales deben ser sus consignas si es que sueñan con que alguien las promueva. Por eso la semejanza de “Zorra” con los 80 es meramente formal, siendo diametralmente opuesta en el fondo a la pureza casi mística que inspiró a los verdaderos jóvenes rupturistas de la década prodigiosa.

Antes, como ahora, no es zorra quien quiere, sino quien puede. Y si “zorra” es la queja impotente del macho ante la hembra que lo ignora, la canción “Zorra” es la queja impotente de toda una generación de mujeres que no sabe lo que dice, ni lo que quiere, ni a dónde va. Que aún pivota -en su queja victimista- alrededor del macho; que cree que la libertad es estar de copas hasta el alba, volver solas y borrachas, y que los políticos vendrán a rescatarlas cuando se encuentren perdidas y solas de verdad. Finalmente “zorra” también es un apelativo erótico de la intimidad. Esa intimidad perdida que una generación desorientada y rota parece hoy, a gritos, reclamar.




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