“YO, YO, YO” y “YO, YO, YO”

El lunes al mediodía frente a la tele, un aprendiz de comentarista político, bolígrafo en mano, se disponía a anotar el número de veces que Rivera, en su previsto anuncio de dimisión, se aludiera elogiosamente a sí mismo. Y perdió la cuenta. Pero en la libreta quedan los apuntes tomados en directo, cual de estudiante concienzudo. Transcribo:

“Quiero explicar quién soy… Arriesgado… Valiente… Coherente… Soy así… Me lo han enseñado así… Responsable… Mis padres… Los que me han hecho ser así… Pienso… Soy… He aprendido… Soy… He sido de los que tienden puentes… Yo, yo, yo… Mi tierra, mi ciudad, mis padres me enseñaron… Con orgullo… Mis valores…  Coherencia con lo que soy… Orgulloso… Orgulloso… Coherente con lo que soy… Me han enseñado a trabajar… Con mis valores… Para mí… Mis padres mi hija mi pareja mis amigos…. Yo… Yo, yo… Haber sido honrado, muy orgulloso… Orgulloso Orgulloso de lo que hecho… Es mi forma de entender la vida…”

El hombre seguía hablando… Más:

“En coherencia… Mis valores…  Es lo que me mueve… Alguien que lo haga como yo exactamente… Yo, yo, yo… Porque me lo han enseñado así. Yo estoy hecho de esa pasta… Yo soy así, yo soy así…  Quiero ser feliz… Sin rencor… Yo soy así.. Mejor padre, mejor hijo, mejor amigo, mejor pareja… Yo, yo, yo. Me han hecho así, me han enseñado así…”

 

 

¡Cómo cambian los usos y costumbres! Se hubiera dicho que tanto auto elogio no era cosa de buen gusto, incluso que desacreditaba al que usara tan excesivamente la primera persona (incluso las poquísimas, tímidas menciones a alguna otra realidad aparecían como coletilla del Yo, yo, yo: “Yo amo a España”). Sin embargo, al día siguiente los periódicos, tanto los populares gratuitos como los clásicos de tirada nacional, todos estaba de acuerdo en alabar a Rivera, que había “dado ejemplo”. Algunos definían el citado discurso como el mejor de su vida.

Así pues, la vetusta norma de no alabarse a sí mismo si se quiere quedar bien, es ya obsoleta…

Años ha, al dar las gracias a una compañera de trabajo que había tenido un pequeño detalle  de amabilidad, ésta, adoptando un aire solemne y virtuoso, declaró:

-Yo soy así. Ya sabes cómo soy yo. Es mi forma de ser.

“Mi forma de ser”. Pero, ¿qué forma de ser es esa? Pues la de quien opina más o menos así: “Si yo le doy unas pastillitas a una compañera que está  tosiendo, esto no es algo sin importancia que haría cualquiera, sino un indicativo de poseo una amabilidad y generosidad superior – una señal de que soy alguien especial, porque me educaron así y me lo transmitieron así, y es que yo estoy hecha de otra pasta…” ¿Cómo se llamaba esta compañera, que no recuerdo? ¿Sería Alberta?

A Rivera le alaba la prensa toda que dijera que él es de los que piensa que “si un líder triunfa, el triunfo es del equipo, pero ante un fracaso, el fracaso es sólo del líder”. Pero si realmente opinara así, no tenía que haber citado esa frase, que recitó lenta y pomposamente. Cualquier líder que dimite sin más ya la da por sobreentendida. Al declamarla, estaba diciendo: “Observad que este principio es injusto – que el triunfo sea de todo el equipo,  pero el fracaso sólo del líder, esto es injusto para el líder– pero como estoy hecho de una pasta tan especial, pues hasta lo asumo. Aplaudidme, por favor, que soy un ser ejemplar”. Y le aplaudimos.

¡Qué malos deben ser los padres de los demás, ¿no?, que al parecer no inculcan esos valores, esos valores, esa coherencia, esa maravilla. Y los hijos de los demás, ¡qué importan! (cuando Rivera hablaba de la educación su único argumento era que él tenía una hija). 

“Quiero ser feliz”. Lo será sin duda. Quien posee esa enorme admiración hacia sí mismo, y se tiene a él… pues puede emular a Santa Teresa con su “sólo Dios basta”.

  En fin… Esto no es un comentario político,  pues poco importa ya. Es una pasmada reflexión sobre cómo cambian las costumbres.




 

1 Comment

  1. Maloma dice:

    Gloria, qué bien has captado la “humilde” personalidad de este hombre que ha ido defraudando tantas esperanzas.

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