Yo fui uno de ellos

Acercándoseme la zozobra de las próximas elecciones andaluzas, me invade, a la par, un sentimiento de indignación autopoiético, recordando, inocente de mí, la confianza otorgada en elecciones pasadas -de índole nacional inclusive- al Partido Popular. Otros tantos como yo, jóvenes, hijos de la crisis del 2008 y con hartazgo más que justificado, constatada la inutilidad de las políticas de izquierdas, optamos por la opción realista para propiciar un gobierno de derechas, votar al Partido Popular. Craso error, como el lector habrá notado, el término realista se aplica aquí en su acepción a esa tendencia tan española de votar lo que tiene reales posibilidades triunfadoras. Detrás de esa teoría, se esconde una actitud cobarde y conformista, máxime cuando no es la primera vez que la nueva UCD, así deberíamos de llamar al Partido Popular, sigue defraudando, no ya a sus votantes sino más bien a sus raíces. 

Referirse al Partido Popular como de derechas o conservador es un insulto a la inteligencia para aquellos que han abierto un libro, cosa poco creíble en la mayoría de la población que acepta con exasperante facilidad eslóganes populistas -instrumento no circunscrito a la maquinaría política de izquierdas-. Por tanto, Reddite ergo quae sunt Caesaris, Caesari et quae sunt Dei Deo, una cosa es que la izquierda, en su línea histórica, sea completamente incompetente en la práxis, y otra cosa bien distinta es la falta de escrúpulos y coraje de los -antaño- nuestros

Un Partido Popular que de conservador tiene lo que conserva del statu quo de las políticas progresistas de las izquierdas, que jamás se atreverá a innovar -entiéndase en el sentido de volver a sus votantes/raíces-, que su único mérito a lo largo de estos años ha sido su gestión -más o menos defendible- económica, pues ya sabemos, la izquierda gasta y la derecha se ve inexorablemente avocada a enmendar la situación. Lo que en estas líneas se reprocha al Partido Popular se podría resumir en lo siguiente: Nunca se atrevieron ni se atreverán a dar la batalla cultural. Está meridianamente claro que no entienden el clamor del pueblo llano, agobiado por la politización de hasta el más mínimo aspecto de sus vidas, desde el lenguaje hasta las miradas. Expuesto lo anterior parece más que razonable y lógica la aparición de VOX. Más que las políticas lógicas y el sentido común que imperan en su ideario, lo que creo que más appeal produce se podría resumir en unas palabras: arrojo. 

El Partido Popular conserva el legado de la izquierda, incapaz por sobreponerse a las críticas de estos últimos. Lo verdaderamente preocupante es que ya es difícil de vislumbrar con exactitud los límites entre PSOE y PP, salvando resquicios económicos. A sensu contrario, los jóvenes, lógicamente contamos con la inquietud por la penuria económica que acontece actualmente, pero vemos, con incluso mayor importancia, la lucha en cuestiones fundamentales como la libertad -de expresión- o la igualdad -entre sexos-. 

Asimismo, asistimos, algunos con gran alegría, a una nueva generación disconforme y desacomplejada, harta de imposiciones carentes de sentido común, cansados de la falta de oportunidades y una lista de muchos más hartazgos de sobra conocidos por los lectores. Leí hace tiempo que nosotros, los conservadores-tradicionalistas-de derechas, en resumen, los del sentido común, somos los nuevos punks, los nuevos antisistema. 

Yo fui uno de ellos, pero hasta que el Partido Popular deje al moderado hoy, de derechas mañana, y entienda que hay algo más allá aparte de la gestión económica de un país, seguiremos asistiendo con tristeza a la división del voto de los del sentido común.




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