Yo, el magnánimo

La magnanimidad es una virtud que sólo puede practicar quien se encuentra en el pleno dominio de la situación, pero ser magnánimo ocasional no convierte a nadie en virtuoso. Quiero decir que magnánimos sólo pueden serlo los emperadores victoriosos o quienes poseen todos los resortes, hasta de la vida ajena, bajo su control.

Aun así, con magnanimidad pudieron haberse comportado en cierto momento lo mismo Adolfo Hitler, Saladino, Stalin o Mao-Tse-Tung, pero ejercitada la prerrogativa de forma ocasional y discrecional sólo es una arbitrariedad, un capricho o una conveniencia propia de los tiranos y ni siquiera los presidentes de las corridas de toros pueden ejercitar el indulto de las fieras de manera tan libérrima sin contar con el barrunto de la plaza.

A buen seguro, cualquiera de los dictadores citados, incluso Pol-Pot y Fidel Castro, sintieron de manera ocasional la pulsión irrefrenable de ejercitarse en la prerrogativa de la magnanimidad, más para engalanarse con el floripondio de su condescendencia que para ser justos, lo cual no les hizo mejores, sino más endiosados.

Para evitar esto, la Constitución y la legislación vigente acorde con la misma ya es magnánima de por sí y establece como primera medida insoslayable el establecimiento de un Estado de Derecho que conlleva necesariamente la presunción de inocencia, esa que no respeta Pedro el Magnánimo desde que declaró que “yo no me siento cómodo con De Gea de portero en la Selección” sólo porque sobre él pesaba entonces una denuncia de abusos de una muchacha. La denuncia fue archivada y la presunta magnanimidad del caprichoso quedó anegada por el estigma que le endosó a la carrera profesional del deportista y a la vida personal de dicho ciudadano.

Habría sido no sólo magnánimo sino también decente haber pedido respeto para el principio constitucional insoslayable y guardar silencio, pero entonces prefirió pronunciarse por el “hermana, yo sí te creo” de su infinita demagogia electorera.

Mucho me temo que al presidente del Gobierno le ha asaltado el concepto de magnanimidad porque se ve a sí mismo revestido de las facultades de un faraón o de un autarca contemplativo y todopoderoso que bajo el manto de su BOE de perlas y bordado en oro cree albergar los poderes de los sátrapas más exclusivos de la Historia.

Un pulgar hacia arriba o hacia abajo es la última hazaña autodemostrativa para infundirse el boato y el ánimo que las encuestas le niegan a pasos agigantados y en ese jugueteo con las formas y los oropeles del poder ya no le bastan el uso del Falcon y el Superpuma ni las comitivas fastuosas de guardaespaldas y asesores que se le despliegan en el entorno cada vez que se desplaza.

Atiborrado de sus torpezas, de sus errores y de sus traiciones a la palabra dada, el presidente ensaya una pirueta más, como un Houdini fullero, para deshacerse de los grilletes de la ley y de los compromisos adquiridos hasta con sus votantes, que ya apenas soportan otra de sus fintas mentirosas y donde veía rebelión o sedición y exigencia de cumplir las condenas ahora sólo contempla, endiosado, la prerrogativa de conceder perdones “contra legem”, como un franquito improvisado y arbitrario. El General, al menos, tenía la legalidad a su favor, fabricada a su medida y no engañaba a nadie. No es el caso.

El novio de la presidenta del Poder Legislativo (o sea, ahí es nada, el ministro de Justicia) dice que el recorrido de la Ley terminó con la sentencia firme y la ejecución de la misma, y que a partir de ahí comienza “el camino de la política”, lo que revela que para el susodicho la política es el ejercicio de la arbitrariedad infame y la ley apenas un escollo momentáneo y orillable, pero olvida que sin ley no hay política, sino la mera satrapía de los tiranos.

Puestos a ser magnánimos a petición de Sánchez, yo también deseo serlo y estoy dispuesto a concederles el indulto uno a uno a los golpistas (no en bloque, cosa que la ley no permite) bajo la única condición de que Pedro Sánchez dimita de inmediato y se ponga a disposición de la Justicia para que responda de las consecuencias de los delirios perpetrados, con más de 150.000 muertos (que es tanto o más que el número de represaliados en la posguerra de Carmen Calvo) y por un país arruinado.

Cuando caiga de su pedestal, sr. Sánchez, comprobará que ni las estatuas de Augusto resistieron en el tiempo y que la Historia no es magnánima sino implacable.

He dicho.




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