Yo discrepo

El próximo mes de mayo se cumplirán cien años del nacimiento de Sophie Scholl, joven estudiante alemana, activista del Movimiento La Rosa Blanca, detenida y decapitada con veintiún años por repartir panfletos anti nazis en la Universidad de Múnich en la Alemania de Hitler. Sus últimos días fueron llevados al cine en 2005 en un film que lleva su nombre y que les recomiendo vivamente que disfruten, si es que aún no lo han visto.

Es uno de esos casos en los que atreverse a discrepar, que consiste en la acción de distinguirse, diferenciarse o ser desemejante o distinto al pensamiento, dictamen o comportamiento de otra persona o grupo, acarrea consecuencias (muy) perjudiciales para el discrepante.

En la actualidad vivimos momentos en los que la libertad de expresión se ve coartada por la corrección política, un arma de coerción extraordinaria, en muchos órdenes de nuestra existencia: creencias, lenguaje inclusivo, apertura a la vida, corrientes favorables a igualar personas con animales, y muchas otras facetas que no hace falta mencionar. Las principales consecuencias de esa coerción son la autocensura, el miedo y, finalmente, el silencio.

Ante la evidencia de la merma de la libertad de expresión y el deterioro de la libertad de pensamiento, ¿cómo podemos alimentar estas libertades sin una formación humanística adecuada, mediante la que enriquezcamos nuestra capacidad de reflexión y nuestro léxico, para poder tener un espíritu crítico (no confundir con cítrico)?

Recientemente, trece heroínas de un instituto de Enseñanza Media de Tomares (Sevilla) han secundado a su profesora de Griego, y han discrepado de los pseudovalores del texto de la nueva ley de Educación, porque han sido conscientes de cómo se intenta sustituir la lengua griega en bachillerato (materia prima de la Filosofía) por la “nuevalengua” (así la denomina Orwell en su obra “1984”) de frases cortas, que reduce al mínimo el número de palabras disponibles e incluso pervierte el significado de las tradicionales como Democracia, Política, Senado, …

No. No es lo mismo unidad que unanimidad, aunque así pretendan hacérnoslo creer poderes mediáticos y partidos políticos donde se amenaza más o menos veladamente al discrepante con advertencias como la de que “quien se mueva no sale en la foto” y recordándole que “fuera hace frío”. Además, la irrupción del populismo ha demonizado la discrepancia e incrementado la demanda de exigencias dogmáticas.

Sé de lo que hablo porque, como muchos de ustedes, he vivido las consecuencias de abstenerme de rubricar pliegos de denuncias donde el odio prevalecía sobre los argumentos; de negarme a argumentar el criterio de “rentabilidad social”, cuando sólo conozco la rentabilidad de la inversión (ROA) y la de los accionistas (ROE), en un informe económico – financiero, donde todo lo que no son cuentas son cuentos; de confesarme como católico cuando se estaba denostando entre risotadas a la iglesia de la que formo parte; de vivir la paternidad de mis cinco hijos como una bendición, y de expresar públicamente que el juramento a la bandera de España es uno de los actos más comprometidos que he hecho en mi vida, como ejemplos de casos en los que se me condenó por parte de algunos a la muerte civil con insultos como insolidario, técnico sin sensibilidad social, carca, integrista o facha.

En la obra de teatro “Galileo Galilei”, el autor alemán Bertolt Brecht (1898 – 1956) se propuso -y lo logró- narrar una vasta metáfora del conocimiento científico del astrónomo italiano, quien se enfrentó a los dogmas, los convencionalismos, la opinión general y -lo que es más grave- a los intereses creados de quienes detentaban el poder.

Tuve la ocasión de verla representada en plena juventud durante uno de los festivales de España, aquella cita estival que enriquecía culturalmente las noches de verano sevillanas en los años setenta del pasado siglo, en el incomparable marco de la plaza de España. Hay un momento cumbre en la pieza, cuando el sirviente de Galileo le reprocha al sabio con una frase impactante el que se haya retractado de su descubrimiento: “¡Ay del pueblo que no tiene héroes!”, a lo que Galileo, con los ojos fijos en su lacayo y con tono solemne, le responde: “No: ¡ay del pueblo que necesita de héroes!”.

Por cierto, en el mismo lugar en el que se colocó el escenario de aquella representación teatral, se levanta hoy un monumento al insigne arquitecto sevillano Don Aníbal González Álvarez-Ossorio, quien sufrió un atentado criminal del que salió ileso, y que murió pobre y endeudado, pero fiel a sus principios y planteamientos profesionales. Discrepar no suele salir gratis.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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1 Comment

  1. Alatriste dice:

    Grave es el mal que aqueja a nuestra sociedad actual y desde hace ya no pocos años. Hoy, no se decapita al disidente, puesto que no sería “rentable políticamente “, pero se le condena al ostracismo ( esto es más antiguo que el hilo negro, ya lo practicaban los griegos ) o a la damnatio memoriae que practicaban los romanos. Queda estigmatizado con la muerte civil que mencionas, la etiqueta de lo peor de lo peor y pasas a ser un paria.
    Es decir que esta corrección política es también un ataque a la libertad del individuo, condenándole a ser borrego miembro del rebaño que pastorean modernos gurús de un sentido político o de otro.
    Pero la discrepancia , la diversidad es la que ha hecho avanzar a la civilización y mueve el mundo. ¿ acaso podemos imaginar una plebe lanar desde la más remota antigüedad , sujeta a los designios de un líder, sin que nadie se hubiera opuesto nunca? Sin que nadie se hubiera atrevido nunca a pensar por sí mismo y a defender sus ideas y sus derechos?. Estaríamos todavía en las cavernas, aunque no sé si nos dirigimos de vuelta allí. Si no luchamos por el derecho a discrepar, a pensar de otra manera, ese derecho lo perderemos.

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