«Ya no se ven cigarreras…

 

 …por la calle San Fernando», cantaba una famosa sevillana de Francisco Palacios, El Pali. Pero lo que no se habría imaginado el bueno del Pali es que, en vez de cigarreras, iban a verse burkas o niqab a primeros de julio en Sevilla por esa misma calle.

Como sucedió el primer domingo de este mes apenas pasadas las dos de la tarde, cuando tres personas (se supone que mujeres) ocultas de la cabeza a los pies bajo unos oscuros ropajes que dejaban únicamente los ojos sin tapar, cruzaban por la calle San Fernando con un maromo que iba unos pasos delante, vestido por supuesto al modo occidental. Una imagen tan estridente como inquietante; aunque bien es cierto que legalmente en España parece que se podría circular por la calle bajo el velo integral de un burka o un niqab, y su uso únicamente quedaría prohibido en determinados lugares públicos, como medios de transporte y ámbitos de la enseñanza, sanidad y edificios oficiales. 

Pero, aun siendo esto así, ¿no es sorprendente que en una situación bajo las actuales circunstancias, donde por nuestra seguridad y ante el riesgo de comprobados atentados del terrorismo islamista, nos obligan a soportar un alarmante cúmulo de medidas policiales y restrictivas, puedan pasearse tranquilamente por el centro de nuestras ciudades personas con el rostro oculto?     

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