Escasísimas naciones, por no decir casi ninguna, pueden hacer gala de una historia y un patrimonio artístico, cultural y aventurero como la española. Pero el secular complejo de inferioridad que nos acompaña gracias a una interesada e inagotable campaña de leyenda negra, junto al absurdo temor a ser tachado de facha, hace que durante bastantes décadas apenas hayamos podido manifestar el legítimo orgullo de sentirnos hijos de esta gran nación.

Salvo que coincidiese con algún triunfo grande de nuestros representantes deportivos (y eso que hemos gozado de muchos últimamente), exhibir una bandera de España era causa de sospecha culpable, incluso ante no pocos miembros de las fuerzas policiales. Frente a una parte de activísimos españoles separatistas que nos han ido creciendo como hongos por la torpeza y abandono de los sucesivos Gobiernos de España, hemos ido bajando los brazos con la indolencia de un pueblo viejo y vencido, dejando que nos comieran la moral.

Con ánimo apocado desde la línea de salida, no hemos sido capaces de enfrentarnos a sus mentiras y demagogias, dejándoles vía libre a sus manipulaciones: desde la escuela hasta el último rincón de los hogares, a través de las televisiones y medios de comunicación que con tanta astucia y maldad han sabido explotar contra España. Una parte de españoles que han utilizado la riqueza de una lengua propia y de un mayor desarrollo económico -al que todos hemos contribuido de uno u otro modo desde hace mucho tiempo-, como arma arrojadiza contra el resto de españoles, convirtiendo la rica singularidad de esa hermosa parte de España que habitan, en motivo de soberbia ofensiva.

Todo eso nos sucedía hasta hace prácticamente unos meses…, pero el órdago lanzado por esa parte de catalanes separatistas ha hecho reaccionar a una dormida España, que sintiéndose humillada y agredida en el cerco y acoso a sus Fuerzas de Orden Público, ha comenzado a recobrar sin temor ni pudor, un renacido orgullo nacional. ¡Muchas gracias, Puigdemont y compañía!

Tras el rabioso e injusto envite de los secesionistas catalanes, parece que vamos recuperando un sentimiento que nunca debimos perder. Ha llegado la hora de dar la cara en la batalla cultural y en los medios de comunicación contra las manipulaciones y demagogias de esa parte de españoles que reniegan de serlo. Ha llegado la hora de enarbolar un patriotismo integrador que, a diferencia del nacionalismo que ellos esgrimen, no se base en despreciar al otro. Ha llegado la hora de que podamos manifestar libremente y sin complejos lo que somos y el amor hacia lo nuestro; un amor que es a la vez crítico y amargo por tantas cosas que no nos gustan, pero que defiende la verdad de nuestra historia con sus sombras y sus luces. Luces que alumbraron un imperio.

Y como ejemplo de esas páginas inolvidables de la historia universal que escribieron con su sangre tantos españoles que nos precedieron, y que ahora muchos quisieran borrar de un plumazo, ahí tenemos esta magnífica fecha del Doce de Octubre. Magnífica no sólo para España, sino para toda la humanidad, por la gloriosa herencia que -pese a quien le pese-, significa y seguirá significando la Hispanidad.