Y sentí miedo …

Y sentí miedo. Ése que sólo debe sentirse una vez en una sola vida, que te prepara para lo que viene y para lo que queda. Ése que, pudiendo ser mucho o poco, nunca se sabe cuánto si rige la incertidumbre. Y eso duele más. Porque te hiere, te angustia, te asfixia y te insomnia sin saber el plazo obligado para padecerlo. Ése que, simplemente, te destruye. Me destruía, aunque sólo por dentro. Poco a poco, sin descanso y sin saber cómo pararlo. Porque no me tocaba. Porque no era el momento, porque ahora tampoco lo es. ¡Ya lo será!

Y sentí miedo. Un miedo que no era ese miedo inocente que te hace imaginar monstruos de armario mientras aprendes a dormir sola con la luz encendida. No, ese no. Era otro más cruel y dañino que te sube a empujones a la noria, te revuelve por dentro, te destroza y te recompone porque viene a cambiarte, ¿recuerdas? Viene a despertar ese yo inactivo de un solo uso que te protegerá de este miedo despiadado, asesino de esperanzas. Un ego salvavidas necesario para esta ya demasiado larga pausa temporal, que se llevó mi primavera y la tuya, y que puede que nos deje sin verano y sin nada. Pero miedo, ¿a qué? Porque aquí sigo a la espera, a ese algo que no ocurre, quieta con mis pensamientos cautivos, esos de la antigua normalidad porque para la nueva todavía no los tengo. Ni quiero tenerlos. Porque necesito recuperar mi realidad, la de antes, y saber si este ahora resultará ser mi final o mi principio. Necesito, con urgencia, certidumbre dentro de la ignorancia para poder acariciar el mañana con los dedos. Porque pasan los días y no ocurre nada.

Y sigo sintiendo miedo. Un miedo aterrador a no despertar, a que me falte el aire por tener los pulmones inflamados y que no haya un respirador para mí. Porque nosotros somos muchos y ellos, nuestros héroes de bata blanca, son pocos y están solos para combatir un miedo que no es bienvenido. Nunca puede serlo si llega sin avisar. Si se adelanta a su tiempo y se apodera de ti, de tu rutina, de tu alma y pensamiento. ¿¡Cómo va a ser bienvenido!? Te arrasa, te vacía y te merma los sentidos. Ya no importa si es de día o es de noche. Si puedes o no salir. ¿De qué me sirve seguir un orden si el desorden puede irrumpir en cualquier momento? Porque llega y convierte tu reflejo exterior en otro yo interno, que intenta esconder quién eras, pero no puede. Porque no le dejas. Porque no quieres. Porque te resistes mientras el tiempo pasa y te acostumbras a la incertidumbre. Porque los días transcurren y el miedo se modera, aunque no se te escape de los dedos, recuperando, por fin, tu espacio. Sólo algo de espacio. Y respiras. Y tomas aire. Necesitas ser tú. Necesito ser yo. Mis ojos y los tuyos lo dicen a gritos por si sirviera de algo. Porque sólo quiero recuperar mi antigua normalidad, como tú; sólo quiero que el hoy se parezca al pasado para poder buscarme en el presente y encontrarte en el futuro. Porque hay cosas que sólo deberían ocurrir una vez, pero a ti y a mí nos sucederán dos veces.

Pero, ¿y ellos? ¿No tienen miedo?

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