“… y por penalti injusto”

El símil del fútbol se emplea en exceso en nuestros días (es decir: en nuestra vida normal de hasta hace dos meses); invade libros de texto, incluso catecismos. Un libro de Sociales de Primaria recurre al ejemplo del árbitro para explicar cómo funcionan las instituciones del estado. Uno de Religión hace otro tanto, para explicar realidades que creíamos superiores y excelsas, pero que el autor ha creído que “entran mejor” si se las compara con las reglas del fútbol… 

La alusión a los mecanismos de este deporte como verdad básica universalmente conocida, como vara de medir de todo, llega a ser grotesca, pero no obstante… pues haremos eso mismo por una vez. 

Hace años, acaso decenios, que me impactó una frase: “Me gusta ver ganar a mi equipo en el último minuto y por penalti injusto”. Como se refiere a algo frívolo, la idea queda más cómica, más ligera; al estar en primera persona, como el que reconoce tener una pequeña debilidad, ya pues pasa por frase chistosa e inocente. Pero merece meditación.

Un buen seguidor debía preferir ver a su equipo jugar un gran partido y obtener una victoria merecida. Claro. Pero hay un curioso placer en que el triunfo sea, a la vez que legal, injusto. Hay un perverso placer en que lo injusto sea legal y legítimo. 

Es el placer del abogado que disfruta más defendiendo, con gran habilidad, una causa injusta que defendiendo a un inocente.

Es el placer del policía que multa al que por un instante ha ido a 101 Km por hora, siendo el límite 100, habiendo ignorado el mismo día a otros que iban a 180. Injusto pero legal.

“Me gusta ganar en el último minuto y por penalti injusto”. Estos días hemos visto a las fuerzas de seguridad y del orden muy ocupadas siguiendo a un único hombre que hacía cola en la calle a la puerta de un supermercado; y las fuerzas del orden lo observaban y esperaban a que la cola fuera corriendo y se fijaron en que cuando casi le tocaba, el ciudadano al final no entró sino que se volvió para su casa. Las valientes fuerzas de seguridad  lo interrogaron, anotaron sus datos, le recriminaron y le sancionaron.  Hemos visto a policías deteniendo y multando a una septuagenaria por tomarse el café demasiado cerca del establecimiento donde lo había adquirido, lo que podía interpretarse como que, contra las reglas, estaba tomándoselo allí. Legal, bajo el régimen en que vivimos, pero, ¿justo?

Al mismo tiempo, vemos cómo en las situaciones que lógicamente se producen a la hora de salida del redil (el paseo en masa matutino y vespertino, a las horas fijadas por el Estado – que no otra cosa es este Gobierno, “el Estado soy yo”), pues… no hay policías. No añoramos  multadores. Pero ahora sí serían útiles coches de una y otra Policía circulando, acaso con un megáfono: “¡Señores, respeten la distancia…!”, o de pie, haciendo lo mismo. Surtirían efecto. Al no haberlos, artificial, ilógico fuera el esperar que las masas por sí solas mantuvieran esas antinaturales costumbres que ahora debemos seguir. Pues no hay policías. 

La devastadora eficacia que empleaban para perseguir a ciudadanos solos, algunos incluso aislados (ha habido movilizaciones policiales para multar a un ciudadano solo que estaba cuidando plantas o pescando en el campo), la increíble severidad registradora e interrogadora de estos cuerpos (“¿Que viene de la farmacia? ¿Dónde está el ticket? ¿Ah, que no lo tiene? Pues esto lo ha podido usted comprar ayer”) contrasta con su virtual desaparición en las concentraciones de deportistas y paseantes que vemos estos días, mañana y tarde, en las zonas que más se prestan a ello – el río, etc.

¿Por qué esto? “Que mi equipo gane por penalti injusto”. ¿Es más “agradable”, más gratificante para un recoveco malvado de la mente, el multar a la inocente anciana del café, porque esa fruición de apurar la legalidad, en su perversidad, es más placentera que hacer algo útil, eficaz y necesario?

¿O es que desde arriba hay órdenes de dejar que se produzcan esas escenas de excesivos paseantes, a fin de poder luego “echarle las culpas” a la irresponsabilidad de la gente? Esto suena de una maldad increíble. Pero, ¿qué podemos pensar?

Y habrá quien interprete estas palabras como una crítica intolerable hacia “las fuerzas del orden que arriesgan su vida, y a las cuales, como a los sanitarios, debemos aplaudir”. Esto queda para otro día.


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