¿Y los autistas, qué?

A todas partes ha llegado ya el sonido de la música banal y chillona de fondo. Ya hablemos de entrar en un local histórico con solera, o en una boutique de gran lujo, o en el más señero de los hoteles; o bien en el más modesto de los supermercados o bazares chinos; o en las librerías, sí, las librerías y aun las de viejo… que el altavoz de fondo con música discotequera no falla.  

Y esto se ha extendido a todo el planeta; a Occidente al menos.

Muchos confiesan no advertir este fenómeno -“Huy, pues ni me había dado cuenta”. Para los que tienen algo de sensibilidad, este monótono soniquete de fondo arruina la belleza y el ambiente de muchos lugares. El inigualable “Lhardi” de Madrid, el Hotel Colón de Sevilla, una tienda de lujo por ejemplo MaxMara (donde todo el mundo puede entrar, aunque no todos comprar)… estos lugares, que se suponen ofrecían algo más que el puro ingerir un café o mirar una blusa; ofrecían un ambiente, un cierto glamour, pues eso ha quedado anulado: ahora la musiquilla banal discotequera, igual a la que emana de cualquier joven sentado en el autobús con auriculares mediocres, iguala todo por abajo en un mismo nivel de vulgaridad.

Y si nos vamos a lo que no pretendía tener glamour, como el modesto supermercado o la zapatería o la sórdida tienda de gasolinera… pues ni siquiera esas humildes actividades, como elegir un yogur o hacer cola para pagar la gasolina, se pueden realizar en paz. La música banal de fondo invade, llena, estorba cualquier pensamiento, arruina la capacidad de observación y de disfrutar el instante.

¿“Arruina”? No para todos – muchos están tan habituados que ni la perciben. Pero entonces, ¿para qué ponerla? A nadie le deleita. O no la perciben, por pura costumbre, o les altera. 

¿Por qué se pone? Sólo hay una explicación, la misma por la que se peatonalizan calles y tantos otros desafueros: porque “todo el mundo lo hace”. Sin más.

Y así el planeta entero se convierte en algo inhabitable para quien tenga sensibilidad.

Resulta irritante que nada se pueda defender por sí mismo, sino sólo con el argumento de que algo perjudica o beneficia a determinadas minorías. No se puede invocar un estándar universal más alto; alegar el concepto de destrozo de la belleza no nos llevaría muy lejos. 

Pero puesto que es así, aferrémonos al menos a esa idea, la de “defender derechos de colectivos”, para intentar sobrevivir. Siguiendo la costumbre de importar palabras que ya teníamos, pues ya no se habla de hipersensibilidad, sino de “Personas Altamente Sensibles” (la absurda traducción literal de “highly sensitive”, siguiendo la estela de aquel bestseller de “altamente eficaces”). En siglas, P.A.S. Se dice que las personas P.A.S. constituyen un veinte por ciento de la población. Esto supondría una de cada cinco a las que se les hace la vida imposible con el bombardeo de hilo “musical” de fondo en todas partes. Y no es que al ochenta por ciento restante ese soniquete constante les agrade, simplemente no lo advierten. 

Odiamos hablar así, pero… el colectivo PAS está muy discriminado.

¿No hubo una propuesta, que se llevó a cabo, de hacer que las atracciones de la Calle del Infierno durante la feria funcionaran durante unas horas en silencio, para que pudieran disfrutar de ellas los niños autistas? Esto nos pareció un tanto extraño: si a algo le corresponde, esta vez sí, una música estruendosa, es a dichas atracciones. La idea de beneficiar a cierto tipo de niños es algo imposible de criticar, pero ciertamente sonaba algo rebuscada.

Pero nadie nos acusará de ignorar a los niños autistas, más bien todo lo contrario: ¿por qué sólo preocuparse de ellos en un entorno concretísimo y una tarde al año?

Se puede vivir sin subirse a unas atracciones. Pero, ¿sin acudir nunca a un supermercado, a una zapatería, a una librería, acompañando a sus padres, o siendo equipado o eligiendo un juguete, o disfrutando de una merienda en cualquier local? En consideración a los niños autistas, ya que no por otra cosa, ¿por qué no se proponen unas horas de silencio en TODOS los lugares? (“Silencio” entendido simplemente como sin música machacona de fondo). Porque en la actualidad el único sitio al que pueden acudir en paz es a las atracciones de una feria (el que menos se pensaría). ¿Qué hay del resto de la vida?

Sonará “conspiranoico”; pero esta universalización del soniquete de fondo absolutamente en todas partes (con la incongruencia añadida de que, con nuestro tipo de vida de móviles y auriculares, todos podemos escuchar el sonido que queramos en cualquier momento y lugar- la imposición de uno en concreto se hace aún más absurda)… ¿no hace juego con tantas otras medidas encaminadas a insensibilizarnos, a uniformarlo todo, a entontecernos… a perder la identidad?




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