Y hablábamos de maldad…

“Sánchez, obligado a declarar el estado de alarma en Madrid ante la inacción de Ayuso”, se leía el viernes 9 de octubre en muchos titulares, de televisión y en la portada de ciertos diarios de papel en los kioscos.

El único consuelo de un alma que aborrece la mentira aún más que la enfermedad y que la escasez (estas dos últimas, inherentes al ser humano –molestas pero no necesariamente diabólicas) es esperar que algún día esta frase figure en los libros de Historia como figuran otras grandes mentiras, por ejemplo, las que Bismarck colocaba hábilmente en la prensa del siglo XIX, manipulando y falseando frases de diplomáticos para provocar guerras, notoriamente la francoprusiana de 1870. 

Si no hubiera existido un personaje como el feroz prusiano, esa guerra jamás se habría producido, pues nadie la deseaba, no estaba “en el aire”, las famosas “circunstancias socioeconómicas” que para los deterministas siempre explican TODO, pues aquí no se daban. Esa guerra fue obra de una persona y de sus calculadas mentiras.

Y todavía la comparación, entre este malhadado gobernante español y el decimonónico prusiano, es harto favorable a este último, por poco simpático que suela resultar. Al fin y al cabo, Bismarck, con sus maquiavélicas manipulaciones y mentiras y control de la Prensa, al provocar la guerra contra Dinamarca, luego contra Austria y finalmente contra el Imperio francés (al que liquidó), pues no perseguía otra cosa que el engrandecimiento de su país, de modo que estas guerras “consiguieron” la formación de una gran nación alemana. No muy buena noticia para sus vecinos, por supuesto –la coronación del rey de Prusia como emperador de todos los estados alemanes, antes disgregados, tuvo lugar en el Salón de los Espejos de Versalles, ¡qué “bonito”! Pero que un gobernante, aun con sus tácticas deshonrosas y crueles, lo que persiga, y consiga, sea el engrandecimiento de su patria, pues tiene una innegable grandeza.

Que un gobernante utilice esas mismas tácticas, de mentira y manipulación de la prensa, para crear guerras internas, para ir contra su propio país, para destrozar a sus propios ciudadanos, dañando su salud, su funcionamiento económico, su paz social, su prestigio entre las otras naciones, eso… no hallamos precedentes ni sabemos qué nombre darle.

(Alguien dirá que tenemos el caso de Venezuela. Pero, aparte de que todavía no es exacto, me refería a precedentes más antiguos, ya descritos con cierta perspectiva en los libros de Historia).

Hace escasos días o semanas, la Comunidad de Madrid solicitaba al Gobierno central ayuda policial para garantizar el cumplimiento de sus medidas anti-contagio (la limitación de movilidad en los distritos más afectados, y el cumplimiento de las cuarentenas de los “positivos”,  entre los que se daban infracciones flagrantes). Madrid no tenía efectivos policiales suficientes, y el Gobierno de la nación se negó a aportar ni uno.

Inmediatamente, con la declaración del estado de alarma  (que ni los ultimatums de Bismarck eran más descarados), el Estado desplegó a SIETE MIL policías en las carreteras de salida, con órdenes de sancionar, esta vez sí, su prohibición de salir de la Comunidad.

Es decir, no hay policías para ayudar a parar los contagios. Sí los hay para multar ferozmente a los que incumplan dictados arbitrarios. En los libros de Historia hay precedentes, muchos, de estas actitudes de crueldad y opresión. Pero siempre de unos pueblos contra otros. ¿Contra sí mismo…?

Ciertamente existe la palabra tirano, el que gobierna con extremado despotismo. Pero incluso a un tirano tampoco le interesa que haya una guerra civil dentro de su país ni que aumenten los estragos de una enfermedad contagiosa; si no es por bondad, será porque no le conviene. 

Volviendo al principio, ¿figurará este titular de periódico mendaz en los libros de Historia un día, como elemento desencadenante de una serie de infortunios?

Claro que, ¿se leerán libros de Historia? Y, ¿se escribirá alguno “con rectitud de intención”, no ideologizado?

No lo sabemos.

Pero estamos obligados a esperarlo.




 

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