¡Vuelven los smugs!

Con horror, muchos percibimos que ha llegado a la Semana Santa lo peor del espíritu del tiempo presente, que experimentó su paroxismo durante la pasada pandemia. La “policía de balcón”, el ciudadano denunciador, esa nueva moral estricta intolerante inflexible, con la terrible superioridad moral, que hacía de todo un crimen. Esa actitud smug, sanctimonious, self-righteous… (palabras inglesas que en español no necesitábamos y que por desgracia ya nos hacen falta).

En fin, en Semana Santa esa es la actitud, promovida por cierto desde arriba, al condenar a las Hermandades que realizan su estación de penitencia si luego les cae alguna gota. Se diría que hacen algo malo, frívolo. Que quieren “lucirse”. Las frases moralistas tanto de periodistas como de hermanos mayores son tremendas. “Lo fácil es salir”, declaraba ante la televisión un hermano mayor tras anunciar, rebosante de orgullo su responsable persona, que suspendía la salida de su corporación. ¿Cómo? ¿Eso es “lo fácil”? Dígaselo a las ampollas, al lumbago, a la tortícolis de los nazarenos que se entregan, bajo el peso de la cruz o del cirio, aun habiendo dejado atrás su juventud. Acaso sean las únicas ocho horas al año consecutivas que una persona transcurre sin mirar el móvil ni comer ni sentarse ni hablar; es la única penitencia física que se da en nuestros tiempos. Durante el pesadísimo trayecto de largos parones, muchos van rezando interiormente; incluso los no muy piadosos acaban haciéndolo pues muchos ratos no hay otro modo de ocupar la mente. Por ende, si les cae alguna gota serán objeto de condenas morales generalizadas, encima del esfuerzo que han hecho. ¿Es eso “fácil”? El que así habla viene a sellar y confirmar que no hay nada auténtico ni penitencial bajo la capa fotográfico- folklórica. Pues será para él; pero miles y miles de nazarenos sí viven su componente penitencial y religioso. No entienden qué es eso de “lucirse”?? 

Los titulares de los medios son perlas… en fin, perlas tremendas, cargadas de ese aire condenatorio y smug que tanto prevaleció durante la pandemia. “El Buen Fin y el Carmen antepusieron el deseo a la realidad”. ¿Qué realidad? ¿Qué dicen? ¡Vaya manera de denigrar! “La lluvia no entiende de valientes”, ¿se puede ser más despectivo? Hay una hostilidad incomprensible, que realmente amarga el corazón de una persona ingenua.

Lo malo de esta Semana Santa no habrá sido la lluvia, sino esa agresividad ingrata, condenatoria, desagradable.

El Evangelio habla de los fariseos hipócritas que presumían de ayunar. Pero aquí el fariseísmo está del otro lado: los que hacen bandera de consignas inventadas, “la responsabilidad, el patrimonio humano”, ¿cómo patrimonio humano? Que salga de nazareno quien quiera, es voluntario. La palabra patrimonio quiere decir otra cosa. 

Y si hablamos de que se estropean las imágenes (otro concepto llevado al paroxismo- otro día hablaremos de los nuevos “besamanos” que se vieron el Viernes de Dolores, “tocamanos” más bien), pues bueno, es asunto de cada Hermandad, ya se ocupará cada una de las restauraciones que no cesan. No se entiende que el hipotético daño provoque semejante torrente de hostilidad y condena.

La “responsabilidad”. Tremenda palabra; aprendimos a detestarla en los años 2020 y 2021. Aparte de la insoportable gazmoñería de su repetición a todas horas, esa palabra pasó a representar como una corriente enemiga de la vida.

¿Es excesivo hablar de una cultura de la muerte? No creo. Hay un extraño rencor a todas las formas de vida. Por cuidar el planeta, se nos anima a extinguirnos, a ser veganos, a no tener hijos. El año 2022 hubo quien sugirió que “para mayor seguridad se podría esperar otro año” (es decir, animaban a suspender la Semana Santa por tercer año consecutivo. Les supieron a poco  esos dos años precedentes inauditos).

Hay un rencor hacia todas las manifestaciones más plenas y auténticas de la vida.

En 2020 se leyeron cosas como que “tampoco pasaría nada si los estudiantes perdieran un año académico”. No contentos con la suspensión de clases, el confinamiento, hubo quien “deseó” que todos los colegiales y estudiantes de España perdieran el año académico, y se atrevió incluso a sugerirlo. Todo cuanto fuera pérdida lo llamaban responsabilidad.

Así es. Bajo la consigna de la “responsabilidad”, hay un oscuro amor a la supresión, la cancelación, la prohibición, el encierro. 

¿Para qué vivir en estas condiciones? Efectivamente, cada vez se dan menos nacimientos en este tipo de sociedad. Está bien visto el impedir el nacimiento de nuevos niños (sin duda eso es responsable). No vaya a ser que un día se mojen los pies.

Alguien verá tremendista el considerar que esta hostilidad hacia la Hermandad que intenta cumplir sus reglas sea otro síntoma de la llamada “cultura de la muerte”. Pero así lo percibimos.




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