Hago mis apuestas electorales. Es un gran ejercicio intelectual que ya de por sí hace todo el mundo,  y al que me sumo. Conlleva el reflejo de muchas mediciones propias, muchas averiguaciones mentales sobre nosotros mismos: sensatez, capacidad de análisis, objetividad, intuición estadística…


Los sondeos que están llegando de la intención popular  -y no de las manipulaciones descaradas del CIS-, anuncian una nueva victoria de VOX. Ya no podrá ser una sorpresa como la que dio en Andalucía, pero sí una subida como la espuma.

Las izquierdas socialista y comunista (que vienen a tener las mismas huellas dactilares de la segunda República) no consiguen frenar con sus argumentos de miedos, regresiones y dictaduras, el avance de VOX. Hasta Sánchez sospecha ya públicamente de “la fortaleza subterránea de VOX”. Y Casado parece uno de esos reyes magos que a la altura de La Macarena ya no pueden con los brazos y apenas tiran caramelos. Rivera es un beduino que no aciertas a identificar bajo la tizne del betún.


Puede que la gran clave del domingo, la llave maestra de las urnas, sea el regreso de la autoridad y el imperio de la Ley. Han sido muchos años sin ella, muchos años de permisividad, de buenismo, de tranquilismo, en los que la serenidad ha costado mucha sangre, muchas vidas, muchos crímenes, mientras reclamaban calma y sosiego precisamente los políticos que llevan escoltas, vehículos blindados, barreras policiales… al tiempo que la ciudadanía se quedaba con el culo al aire. Han sido muchos años de ficciones de una democracia que verdaderamente nunca existió: con la Constitución violada una y otra vez en derechos fundamentales, una democracia en la que los españoles no hemos sido iguales ante la ley. Ha sido una democracia de impunidades continuas para los delitos, con el Código Penal como si fuera una encíclica, con jueces y fiscales que tienen la calle llena de delincuentes con decenas de gravísimos antecedentes penales, haciendo de la reincidencia un hábitat normal que nos pone a todos en constante peligro. Ha sido una democracia de abogados depredadores, sin especialización, picapleitos como buitres en busca de carroña, que han encontrado cobijo en un lamentable sistema procesal que les consiente convertir el derecho a una legítima defensa en legítima inocencia. Ha sido una falsa democracia con un sistema penitenciario de cinco estrellas, con ejercicios espirituales para que los criminales disfruten pronto del régimen abierto y de una luz del sol que jamás volverán a tener sus víctimas asesinadas.

Ha sido, ha sido, ha sido… No se acabaría nunca con la lista de desvergüenzas cuyo punto de partida se inició en el conjunto del Estado español, metido a prestidigitador de viejos y baratos trucos, con las mentiras de sus palomas blancas saliendo de las chisteras de los corruptos.

Los debates televisivos de estos días son de sopor. Y el electorado no está tan lleno de indecisos como suponen, sino de incrédulos. Sánchez, Casado, Rivera e Iglesias cansan con sus bienaventuranzas. A la segunda que predican se quedan solos en el sermón de la montaña. Y precisamente el que no puede comparecer ante las cámaras, tiene la audiencia real de los llenos absolutos con gente que no cabe en las plazas. Ya veremos el domingo quién tiene sitio en las urnas. Para mí que regresa la autoridad.