Volver a la rutina

Lo acabo de leer: según parece, el veinte por ciento de los infectados por el coronavirus son los casos realmente graves. Tras una suculenta tostada de pringoso y sabroso aceite de oliva y unos generosos faldones de jamón serrano, voy cercando a los últimos sorbos de un vetusto cortado de café que confunden en un éxtasis de sabores a mi paladar. Es domingo por la mañana, es temprano, y Sevilla se ha despertado con ese inconfundible silencio en el que se oye por las semidesérticas calles, además de intuirse, el azahar golpear en el suelo. Han caído con el deber cumplido: conquistando.

Es el primer domingo de cuaresma, y ya se ven los primeros ternos con sus adornos dorados en las solapas y medallas palpitantes sobre las corbatas, y ellas lucen colores y aromas que es la gracia misma de esta tierra: ¿qué es si no la mujer sevillana?

Existe una bulla primaveral cuando la meteorología nos acaba de hacer una finta y los abrigos, en reserva en los armarios hasta nueva orden han sido, otra vez, llamados a hombros. Don Carnal, ser mitad mitológico mitad realidad, con la capacidad de mil gargantas, y que cada vez se siente más cómodo en esta tierra de María Santísima, tiene billete de ida y vuelta de corto pero intenso tiempo; aún quedarán los ecos de sus afinadas voces, de sus socarronas ironías, de sus afiladas letras, en no pocos rincones de esta ciudad que mira ya, con ojos de enamorada, a aquella esquiva primavera que decía.

Pasó el veintiocho de febrero. El 28F, que suena más reivindicativo, pasó más ocioso que oficial. Las banderas colgaron todas con ese orgullo del andaluz no siempre andalucista, tan solo andaluz; como el que se siente orgulloso de su apellido sin que este sea de más alcurnia que la de ser hijo de su padre y su madre. 

Pasó el 28, que tan solo convirtió al viernes en sábado, y nos dejó otro sábado extra.

Dejé el diario sobre el velador, junto a los restos de mi victoria sobre la voraz batalla y dejé sus migajas para el gorrionaje buitrero que apremiaba mi marcha. Un euro mal contado gastado y dejado para otro, y más perezoso lector, que se creerá afortunado por el hallazgo, tan solo por el placer de pasar las noticias en papel reciclado, algo que mi teléfono móvil ya me facilita, sumiso, con tan solo pulsar pulsar un icono en la pantalla de inicio. 

El primero de marzo a mí me suena al consabido esto ya está aquí de toda la vida y al pasar por alguna iglesia, con este reincorporado frescor mañanero, la calima del humo del incienso que hoy sale de sus entrañas me atrapa como a un desnutrido el hambre. Sí, hay hambre. Me doy cuenta, mientras me santiguo y contemplo una nerviosa calma, que tengo esa hambre de rutina de siempre por estas fechas. Quizás sea por dejar atrás tanta convulsión que las noticias provocan en los desayunos; esa que dan nauseas y quitan las ganas de vivir, aunque sea tan solo una forma de hablar. O no.

La inquieta paz que decía va vestida de oscuros y aromatizados chaquetajes de corrillos de chavalería que, programa en mano, van dejando por las bancadas mientras la venerabilidad del barrio, pertrechados de canas y saber estar, aguardan apostados en estas en un silencio cuchicheante. En el altar mayor, lleno de la suntuosidad que rememora los siglos que me acogen, me mira con la dolencia con la que se concibió hace más generaciones que sumando las de todos los que allí estábamos, unos ojos tristes y quietos. Una mano que parece adelantarse a la hechura de manera intencionada, me llama.

Me acerco y elevo una pierna, queda alzada esta mientras la otra, abajo, simula una postura genuflexa. La reverencia, el respeto, el amor, el fervor a la mujer. Me acerco en tal hechura a besar la mano tersa en la que converge alguna grieta que se enseña sin pudor. Son las arrugas que en aquella virginal imagen asoman. Recuerdo haberme detenido esa mañana, en la lectura de aquel periódico que dejé en la mesa, algo del próximo 8M —de nuevo, el reivindicativo número y letra—. No me entretuve en ocupar más tiempo que en percatarme de esa clave alfanumérica. Y ahí estaba, a punto de mostrar mi veneración, mis respetos, postrado, como hacía desde que tengo uso de razón, ante la representación de una mujer. ¡Y sin pensar en el coronavirus!

Sí. Desde luego tenía hambre de normalidad en esta anormalidad en la que nos están haciendo vivir.




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