Boca Prestada. Por Eusebio León @eu_leon

Cuando el gallego –Franco, que no Mariano– la palmó, de lo único que me acuerdo era que anduvimos en pijama hasta bien entrada la mañana. Que ese día no salimos cortando el frio de la madrugada hasta la parada del autobús que nos trasladaba a la rutina escolar. Que al fin algo había roto la rigurosa monotonía de nuestra existencia y que en casa no estaba el horno para bollos viendo las caras de circunstancia de nuestros padres. No recuerdo manifestación alguna de júbilo, ni haber visto las calles atestadas de gente celebrando nada. La única televisión que había daba noticias, música clásica y algún reportaje biográfico del dictador, lo que nos infundía la certeza de que algo, aún desconocido, llegaba para cambiarlo todo para siempre.

También he de admitir que de los únicos grises que he corrido por delante han sido de unos zapatillazos que lanzaba mi señora madre a modo de proyectiles antidisturbios que bien acertados escocían, proporcionalmente a la edad, más que el impacto de cualquier pelota de goma o vergajazo de la policía armada. Y apenas recuerdo, como un sueño monocolor, la alocución entre pucheros del entonces presidente del gobierno Carlos Arias Navarro. Nos mintió, Arias nos engañó vilmente.


Porque lo cierto es que el tiempo nos ha demostrado que todo aquello fue una gran farsa y que Franco no entregó la cuchara entre cables y estertores flebíticos aquel día postrero de noviembre. Y es que, aunque la carne como despojo efímero y mortal se pudrió arropada por el granito de la Sierra de Cuelgamuros, su recuerdo permanece más vivo que nunca. Vivo entre los vivos y vivales, es decir entre nuestra izquierda que mantiene su cuerpo incorrupto para sostenimiento de sus argumentos, y su sangre licuada -como la de san Genaro-, para refresco de cualquier tesis por anticuada que resulte. Los políticos actuales de cualquier pelaje y condición han roto en francoparlantes o francófonos, habida cuenta de su continuo recuerdo hacia el que habitaba en Meirás (y sí volverás). Regurgitan continuamente el apellido libre de cargas (franco), que les sirve lo mismo para un roto que para un descosido, cuando muchos ni han llegado a conocerlo y otros, lo que es peor aún, lo han vitoreado profusamente en aquellos días de vino y flechas.

Dicen que no muere aquel a quien se recuerda. Pues el marido de Carmen Polo, teniendo en cuenta lo mentado que está estos días en España, debe estar para hacer la instrucción de recluta o como mucho, el curso de cabo. Francamente.