Vista al paisaje catalán

Las elecciones en Cataluña nos dejan como principal lección la virtual formación de un tripartito de izquierdas (PSC-ERC-Comunes) como el que gobernó entre 2003-2010, sólo que ahora los comunes (marca catalana de Sumar) ocupan el espacio de ICV, la filial ecosocialista de IU en la región. No obstante, los árboles no deben impedirnos ver el bosque, ya que, por primera vez en democracia, los partidos no nacionalistas (PP, PSOE y VOX) suman mayoría absoluta, cosechando 400.000 votos más, fruto del voto de castigo al proceso separatista funestamente iniciado en 2017. 

En contraposición a los brillantes resultados de los partidos unionistas, las formaciones separatistas (JxCat, ERC, las CUP y Alianza Catalana) han cosechado 62 escaños, lejos de los 68 necesarios para sumar mayoría absoluta, en un retroceso por el que cuatro partidos reúnen entre sí las mismas cifras que en solitario lograba la CIU de Pujol. 

Los comicios se han producido en un claro contexto de lucha entre ERC y JxCat por liderar el separatismo, perdiendo claramente ERC, que ha pasado de presidir el gobierno a convertirse en el socio menor de una hipotética coalición de izquierdas, pero el llamado tripartito suena muy improbable cuando los propios republicanos han sido los primeros en descartarlo, ya que son conscientes que, de repetirse, se verían aún más fagocitados por los socialistas. 

JxCat (junto a la recién llegada Alianza Catalana) ha sido la única opción separatista que ha aumentado su representación, ya que ha crecido a costa de ERC, tratando de moderar las formas y dejar de lado la vía kosovar de declaración unilateral de independencia, y dentro de esa línea, ha arrodillado al Estado, sacándole una amnistía que el gobierno de Sánchez negó hasta la saciedad, mientras que ERC se ha hundido en la irrelevancia, incapaz de sacar por sí misma concesiones al Ejecutivo socialista. Por tanto, en el proceso de reordenación del mapa político en Cataluña, JxCat se ha erigido en el PNV catalán, reeditando el papel de la vieja Convergencia pujolista, lo que le ha hecho convertirse en el socio del PSOE, facilitando la gobernabilidad a cambio de concesiones.

El PSC ha crecido a costa de ERC, lo que denota que un partido que se supone nacional se ha nutrido del voto separatista, ya que Sánchez, en aras de mantenerse en la Moncloa, se ha convertido en un agente del separatismo, asumiendo su programa y llevándose con ello a sus votantes, que, descontentos con la gestión de Pere Aragonés, se han refugiado en el voto de castigo en favor de los socialistas. 

El partido que más ha subido, tanto en votos como en escaños, es el PP, que ha pasado de 3 a 15 diputados, lo cual supone su mejor resultado desde 2012, cuando inició una fase de declive constante que afortunadamente ya han revertido, y además, de la mano de un buen candidato como Alejandro Fernández, que representa la recuperación de la línea de firmeza que en su día llevó a cabo Vidal-Quadras, y a que a su vez supone una importante lección a los tibios, contemporizadores e incluso filonacionalistas que, comenzando por el propio Feijóo, anidan en Génova. No debe olvidarse que, en pleno proceso secesionista, el entonces presidente gallego dijo que el PP debía ocupar en Cataluña el espacio de “la antigua Convergencia”, es decir, el de un partido nacionalista, de igual modo que señaló que la ley no debía ser un obstáculo para una solución política, abogando por dar concesiones a los golpistas catalanes para apaciguarles tras su grave intento de subvertir el orden constitucional. 

Ciudadanos ha desaparecido de la tierra que le vio nacer, quedando electoralmente por detrás del PACMA, una situación profundamente desoladora para un partido que llegó a ser primera fuerza política en 2017, volviendo los votantes del partido naranja a las arcas de sus formaciones de origen: en 2021, la mayoría de sus votos fueron al PSC como voto útil para frenar al separatismo, ya que al percatarse de que PP o VOX no tenían opciones de gobernar, Illa era el mal menor respecto de un presidente separatista. No debe olvidarse que, a diferencia del resto de España, las bases de Ciudadanos en Cataluña eran en su mayoría de centro-izquierda, con un fuerte sector socialdemócrata que se ha ido al PSC, mientras que los restos del sector liberal de centro-derecha que le quedaban, acaba de comérselos el PP. 

VOX ha conseguido no sólo salvar los muebles al mantener el mismo número de escaños, sino que ha logrado 30.000 votos más en un contexto muy difícil de subida del PP, que ha aumentado drásticamente su representación, además de la competencia (de Alianza Catalana) en torno a su discurso anti-islamista y contra la inmigración ilegal, haciendo una campaña más centrada en la cuestión migratoria que en materia nacional, en aras de conservar dichos votantes, aunque desafortunadamente, han pasado de ser la cuarta a la quinta fuerza política como consecuencia del sorpasso del PP.

VOX recibió en 2021 incluso voto separatista por su discurso contra la inmigración ilegal y la inseguridad, una cuestión ignorada por el resto de partidos, de modo que la lectura simplista invita a pensar que dicho electorado (que antes no tenía un referente separatista) haya visto en Alianza Catalana su partido natural, pero VOX (como se ha dicho antes) no solo ha bajado sino que ha subido en votos, ya que los votantes de la formación de Silvia Orriols vienen de ERC y las CUP, siendo Lérida y Gerona sus caladeros de votos, en especial, esta última, provincia natal de su líder, donde han llegado a ser cuarta fuerza política, superando a PP y VOX.

Orriols ha triunfado donde en su día fracaso Anglada, ya que, pese a ser una formación ideológicamente similar a la antigua Plataforma por Cataluña, ha aparecido en el momento adecuado, con un caldo de cultivo propicio derivado de la decepción y los incumplimientos del proceso separatista, así como los atentados islamistas de las Ramblas de Barcelona, pues tanto el imán como los terroristas venían de Ripoll, pueblo del que Orriols hoy es alcaldesa. 

Alianza Catalana representa la verdadera cara de partidos como ERC y JxCat, expresada en las declaraciones de un racista como Torra, con su repugnante supremacismo, manifestando la superioridad de una presunta “raza catalana” respecto del resto de los españoles, algo que han dejado de manifiesto en la misma noche electoral, cuando la propia Orriols se ha negado a felicitar al PSC por considerarlos “imperialistas”.

Las CUP se han convertido en el eslabón más débil del bloque separatista, ya que han tendido a empujar a ERC y JxCat a radicalizarse y endurecer sus posiciones sin asumir riesgo alguno, una actitud propia de aquel que quiere nadar y guardar la ropa, de hecho, ningún líder de la CUP ha ido a la cárcel, perdiendo votantes al considerar incluso buena parte de sus bases que son una opción estéril que no aporta nada. 

Esta reordenación del mapa político en Cataluña nos deja dos importantes conclusiones que son extrapolables a nivel nacional: no hay riesgo de sorpasso a los dos principales partidos como pudo suceder en 2015 o 2019, ya que Sumar supone hoy la misma fuerza electoral que tradicionalmente ha tenido Izquierda Unida, mientras que VOX es una IU por la derecha, es decir, son partidos bisagra que tratan de condicionar la agenda de los principales partidos. Ambos casos son un desenlace mucho más afortunado que el de Ciudadanos, que siguiendo la tradición del centro político español (UCD, CDS o UPyD), tras unos años de presencia institucional, desaparece por completo, ocupando VOX en Cataluña el espacio de ese primer Ciudadanos de ADN inequívocamente antinacionalista. 

La otra cuestión, aunque más inmediata, no es por ello menos importante, y es en torno a quién presidirá el Ejecutivo catalán, y habida cuenta de que Sánchez necesita al antiguo prófugo Puigdemont para mantenerse en la Moncloa, no dudará en sacrificar a Illa, su hombre en Cataluña, al requerir el apoyo parlamentario de JxCat, que será pagado con la presidencia de la Generalidad como moneda de cambio. 




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