Violencia

Coger el ritmo social en un país que ha atravesado vicisitudes traumáticas como España no es fácil. Históricamente las contingencias de este tipo han sido frecuentes y sangrientas. La solución del 78 puso en marcha una estructura social, política, económica e institucional que ha sido alabada y exportada como modelo de transición pacífica de una dictadura a un estado social y democrático de derecho. Y este es nuestro ritmo social del que hablo: el pueblo gobierna, el pueblo legisla y el pueblo juzga desde los poderes respectivos del estado. Este ritmo social es engrasado con la Constitución que nos dimos, con las leyes, principios, instituciones y agentes sociales que tratan de corregir con lealtad y sentido ético los posibles desajustes que nuestro joven sistema democrático puede sufrir en ocasiones. ¿Son estos desajustes razones fundamentales para asegurar que España tiene un sistema sociopolítico de castas, corrupto y organizado desde la sombra por un fascismo judicial y unos poderes económicos voraces y despiadados? El vicepresidente Iglesias y algunos resortes de su pensamiento desquiciado dicen que sí, cuando la realidad demuestra que no. Hay que aceptar que nuestro ritmo social se ha visto -se ve- dañado por las invenciones populistas de un partido del gobierno, Podemos – ¡ya es grave la cosa! -, que se ha marcado como objetivo dinamitar la solución del 78 para constituir la tercera república. Su planteamiento viene a decir: destruyamos la monarquía parlamentaria (artífice de 40 años de paz y avances espectaculares) e instauraremos, así por las buenas, la república (modelo caótico en los 8 años que estuvo en España) ¿Se puede ser más temerario, sectario y totalitario? Abogan romper una realidad -con defectos, de acuerdo- por una idea que tiene mucho de romanticismo revolucionario y poco de lógica y de práctica. Ahora mismo, sin ir más lejos, alimentan la pretendida revolución con la violencia extrema aprovechando que “el delincuente Hasél pasa por Valladolid”. El chico, desde luego, es artista, por eso del seudónimo. 

La violencia es un arma clásica de las revoluciones, su sello más auténtico podríamos decir. Parece que estos románticos de una hipotética república quieren poner de manifiesto en las calles ese síntoma revolucionario, pero olvidan que la violencia revolucionaria necesita caídos. Hay que hacer dos preguntas a estos teletabis revolucionarios: Una. Si la policía actuara como se espera de ella en un país avanzado ¿se comportarían como lo están haciendo estos días? Dos. ¿De verdad estos violentos hijos de la sociedad del bienestar y de papá están dispuestos a morir y a matar por algo que desconocen en fondo y forma como es la república? Allá cada cual con su respuesta. 

Aunque parezca inverosímil, las movilizaciones incendiarias de la castigada Barcelona van a cuento de un condenado que ha entrado en prisión. Quizá el principio más determinante de una democracia sea el principio de legalidad sobre el que se fundamenta la seguridad jurídica y, por lo tanto, todo el engranaje del sistema de derechos y libertades de una sociedad: Nadie podrá ser juzgado ni condenado sino es por una ley escrita. No podemos, por tanto, confundir derechos y deseos, ni legisladores del Parlamento con saboteadores de calles y plazas. Es posible que haya que mejorar la ley, pero para ello hay un cauce. Lo que no se puede hacer es cambiarla cambiando las sentencias. Es, justamente, al revés. Los poderes del Estado están divididos y son independientes e interaccionan de la manera prevista para ello. Querer subvertir los mecanismos, los métodos, los principios, las leyes y los poderes públicos al antojo de cuatro iluminados que esgrimen para ello las erráticas razones de los atajos, siempre inadmisibles, es un peligro bolivariano para nuestra sociedad democrática que avanza como las de su entorno. Los denunciantes de la casta son peores que la casta. Los denunciadores de la corrupción son investigados por corrupción y otras lindezas. Los autoproclamados progresistas justifican la violencia en las calles, la violencia contra la propiedad, la violencia contra el mecanismo de control de la acción de gobierno (la prensa), la violencia contra el Jefe del Estado, contra los símbolos nacionales, la violencia contra la unidad territorial, la violencia contra la memoria de las víctimas del terrorismo (los muertos y los vivos), la violencia contra el gobierno -auto violencia-, que ya hay que ser idiota, la violencia contra la oposición, la violencia contra la normalidad democrática, la violencia, en definitiva, contra el sentido común individual y colectivo. Es, quizá, lo único que ha aportado con absoluta claridad el vicepresidente del gobierno podemita y sus edecanes, la violencia, la violencia de palabra, obra y omisión. 

Volviendo a despejar la x en la ecuación política de España y considerando que los que suman en un lado de la igualdad, restan al cambiar al otro, y los que multiplican en este, dividen en aquel, obtenemos el valor de la incógnita x, que no es otro que Pedro Sánchez, que divide y resta al mismo tiempo. 

Régimen del 78, paz, avance, bienestar. O, juguemos a ser muy progresistas y revolucionarios: violencia, liberación de condenados, por las buenas, república y lo que surja. No hay que darle más vueltas a pesar de que Echenique se las siga dando. Su error arranca al creer que todo va sobre ruedas.




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