Vigencia general de un dogma falso

Ciertos absurdos monumentales sólo se explican  por la necesidad intrínseca del ser humano de adherirse a algún dogma, sea cual sea; en una sociedad descristianizada, “líquida” dicen algunos, se recurre a los más insospechados.

Uno de ellos es la universal sumisión a los pronósticos del tiempo. Esto no se aplica sólo en Semana Santa (aunque en esta fecha se hace más sangrante, y se une a esa otra faceta, ese ansia justiciera y condenatoria que ha conseguido crear, en la opinión pública, la convicción de que el peor crimen posible de una Hermandad en Sevilla es el hacer su estación de penitencia aunque caigan algunas gotas: eso se considera imperdonable, todos lo condenan con escalofriante unanimidad… Pero es otro tema, y terrible por cierto. Hay que ir por partes).

En meteorología, se pueden predecir borrascas, etc. Pero no se ha llegado a poder determinar con seguridad si en una localidad concreta lloverá o no a unas horas concretas. Eso es así, y no ha cambiado demasiado, pese a la evolución tecnológica, en los últimos cuarenta años (e incluso se podría decir que en los últimos milenios). 

Pero la opinión pública (debidamente inducida, claro) sí cree que las predicciones meteorológicas han ganado enormemente en exactitud. ¿A qué se debe esto? Pues al revestimiento, en las predicciones, de un lenguaje pseudo científico, es decir, un lenguaje esotérico científico, que le recubre de una capa dirigida a impresionar.

El campesino que antaño se  miraba al cielo y contemplaba las nubes y el viento llegaba a la conclusión de que esa tarde podía muy bien caer una hermosa lluvia. Pero también podía no caer.

El meteorólogo hoy NO PUEDE, NO es capaz de asegurar con ni un gramo de mayor certeza que el campesino de pasados siglos, al referirnos a localidades concretas.  Pero, ¡ah!, ¿qué hace? Pues crea un lenguaje esotérico, “de 3 a 4, habrá un 30% de probabilidad de lluvia. De 4 a 5, habrá un 40%. De 5 a 6…”. Y un rato después, anuncia otras cifras distintas. Y se queda tan contento. Hemos ganado en palabrería, en pérdida de tiempo.

El que planea una estancia en otra ciudad dentro de dos semanas empieza a mirar las predicciones desde dos semanas antes. Pero luego “van cambiando”. Pero entonces, ¿para qué las mira desde días antes? La única que vale es la última – que tampoco del todo. 

Siempre se excusan con que “la meteorología es una ciencia incierta”. Pero si es incierta, ¿por qué la revisten de cifras de engañosa y falsa concreción, “de 3 a 4 un 40%, de 4 a 5 un 50%”? Eso es lo mismo que decir: “Puede llover, pero no lo sabemos”.

Cuando se habla de probabilidades, el poner porcentajes no es sino un juego de palabras. 

¡Ah amigo! Pero a veces dicen (que resulta increíble tan atrevida petulancia”), que las probabilidades son “de un 100%”. ¿Pero cómo pueden atreverse, ni el público a aceptar, tan contundente afirmación, como si fueran un echador de cartas? Lo hacen. Y los ciudadanos obedientes miran sus móviles y afirman: “lloverá, en un 100%”. Pero no sucede, y, ¡la fuente no pierde credibilidad!

¡No la pierde! El ciudadano explica reverente: “Es que las predicciones han cambiado”.

Pero si podían cambiar, ¿a qué el habérselas creído tan ciega y literalmente? Como es lógico, todos saben que la meteorología s una ciencia inexacta. La cosa es, ¿por qué se disfraza de exacta? ¿Por qué finge ser exacta, aun retractándose a cada instante?

No esperamos mucha comprensión. La vigencia de la sumisión a “la Aemet” está demasiado profundamente arraigada. No puede desmontarse con la lógica. El Martes Santo en Sevilla, el tajante “100%” que auguraban a partir de las ocho de la tarde se quedó en ni una gota, pero no hubo una sola voz que ni lo mencionara, siquiera como anécdota. Nadie dijo: “Vaya, al final no llovió”. Las hermandades que cancelaron “obedecieron a la Aemet”, es decir, cumplieron con su deber, y no se diga más. Las “díscolas” son las que no obedecen. Es una cuestión de dogma y obediencia a las nuevas autoridades morales.

En el siglo XX, Enrique Jardiel Poncela, en sus guasonas definiciones de mil cosas, describía al Agricultor como al “Hombre que, aunque no sea creyente, se pasa la vida mirando al cielo”.

En el siglo XXI, el cofrade es el que, aunque se le debía suponer creyente, no se molesta en mirar al cielo: mira su teléfono móvil, y obedece, de manera ciega, a su “previsión de la Aemet”.

Cuando los dogmas de vigencia universal se referían a materias más excelsas, no sucedían cosas tan ridículas




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