Via Crucis

Cuando hace tres años viajé a Tierra Santa he de confesar que lo hacía con una buena dosis de escepticismo. Por mi condición de Historiador sabía de las múltiples invasiones y destrucciones que han sufrido los Santos Lugares a consecuencia de las cuales puede decirse que se ha cumplido la profecía del mismo Jesús, “no quedará piedra sobre piedra”. Efectivamente tal era el propósito de Romanos, Persas, Árabes, Turcos y otras “culturas” menores que, en principio, consiguieron su objetivo, aunque a la postre el resultado haya sido el contrario. Las técnicas de la Arqueología moderna han podido señalar con precisión lugares y fechas precisamente por el afán destructor que tuvieron los enemigos del cristianismo, que en su empeño de ocultación han dejado un rastro nítido de los hechos. Ahora quien viaja a la Jerusalén histórica lo hace guiado por la seguridad que le da la ciencia más sofisticada. Así podemos conocer y recorrer el camino que llevo a Jesús a la Cruz. No es una simple tradición, un “se dice” o “se cree”, hay una certeza histórica tan grande o mayor que la de cualquier suceso de la antigüedad sobre el que nadie duda.

¿Qué tiene que ver lo dicho hasta ahora con el título del artículo? Pues todo. La costumbre del Vía Crucis, lejos de ser una piadosa tradición inventada tiene un refrendo histórico enorme. Se puede establecer con precisión el lugar del inicuo juicio y la posterior flagelación, el lugar donde Jesús fue cargado con la cruz (o el madero trasversal) y el final de ese recorrido en el Monte Calvario. Los tres Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) nos hablan de Simón de Cirene; Lucas nos menciona a las mujeres plañideras; y San Juan menciona como testigo presencial que fue, a la Madre de Jesús y otras mujeres que le acompañaban. No es aventurado que Jesús cayera, tres o más veces, durante el camino dada la estrechez de las callejuelas y su estado físico. La escena de la Verónica viene mencionada en el Evangelio Apócrifo de Nicodemo (o Hechos de Pilatos), lo cual no significa para nada falsedad documental. Recordemos que los Evangelios Apócrifos reciben tal nombre por no ser Canónicos, es decir recibidos en la Iglesia como asistidos por Dios en su composición, pero son textos históricos de notable antigüedad y con un género literario propio que entremezcla sucesos reales con otros fantásticos.

El Vía Crucis tiene tanta antigüedad como el cristianismo. Desde los primeros siglos se peregrinaba a Jerusalén con ánimo de visitar los Santos Lugares y recorrer el camino de Jesús, camino de nuestra salvación. Los sucesivos impedimentos, prohibiciones e intentos de ocultamiento no hicieron más que aumentar el deseo de la cristiandad de viajar a Tierra Santa. Una religiosa gallega en el siglo IV, la Monja Egeria, nos ofrece un extraordinario relato de su viaje por toda Palestina y el Camino que siguió Jesucristo. Pero la formulación clásica del Vía Crucis es muy probable que se la debamos a los Franciscanos que desde el siglo XIII y sin interrupción custodian los lugares más sagrados de la cristiandad. Modernamente se han compuesto “Vía Crucis” con otras estaciones, por ejemplo San Juan Pablo II ateniéndose a los Cuatro Evangelios.

Es un ejercicio piadoso que tiene, por tanto, mucha tradición. Espiritualmente pretende ayudarnos a “entender”, hasta donde la fe puede conseguirlo, el Amor de Dios volcado en la Humanidad Santísima de Jesucristo. Y comprender que nuestro camino personal debe seguir esos mismos pasos, caminar al Calvario con la cruz a cuestas para resucitar con Jesús, o sea, morir a nosotros mismos como debe hace el grano de trigo para resucitar a una vida de hijos de Dios que nos ganó el Redentor con su inmolación. La Iglesia ha recomendado este ejercicio y ha “premiado” su realización devota con la Indulgencia plenaria. Buena ocasión para llevarlo a cabo son los viernes de todo el año y especialmente el tiempo de Cuaresma.




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