Verdades incómodas

En este país hemos llegado al absurdo, en el que desgraciadamente llevamos instalados ya demasiado tiempo, consistente en que recordar determinados hechos históricos (no opiniones ni interpretaciones, hechos históricos objetivos) se transforma automáticamente por la ideología izquierdista y pseudoprogre dominante, amplificada por el 95 % de los medios de comunicación, tanto visuales como orales o escritos, en una forma espuria de fascismo.

Referir hechos incontrovertibles como que la Segunda República española fue un régimen de terror institucional y que en ella se llevó a cabo una persecución sistemática, casi un genocidio,  de todo lo católico, así como que lo que provocó la guerra civil  y no fue el capricho de un general absurdo y ridículo sino el estado de violencia y radicalización en que se había sumido ese régimen, convertido, de facto, en un proceso revolucionario y que amenazaba, dada su alianza con el separatismo, la propia unidad de España, es considerado casi (quizá dentro de poco no hará falta el casi) como materia punible.

Es por ello que ahora es cuando resulta especialmente necesario no renunciar a la verdad y decirla, o escribirla, una y otra vez.  

Calificar la Falange de José Antonio Primo de Rivera y, posteriormente, el régimen de Franco, como clones del nazismo hitleriano es uno de tantos falsos mantras de la izquierda nacional para tapar su pasado totalitario (desgraciadamente también su presente). 

Por eso quiero hoy hablar de otros hechos históricos que se quieren ocultar y que conviene recordar al que quiera saber.  

Uno de ellos es la razón por la que se creó una unidad de voluntarios que marchó a combatir junto al ejercito  de Hitler. 

Si la División Azul, en la que estuvo, entre otros muchos, el mejor director del cine español de la historia, Luis García Berlanga (“…Se  desangran, sí, los cadáveres de los falangistas, pero esa sangre entra en las venas de los que quedamos, para rejuvenecer nuestro ímpetu…” escribía en su relato de juventud “Fragmentos de una primavera”), integrada en su mayoría por falangistas, fue a combatir en la estepa rusa al lado del ejercito alemán, bajo su casaca verde-gris característica, llevaba la falangista camisa azul y combatió, no al lado del nazismo, sino para vencer al comunismo estalinista que amenazaba Europa y que ya habíamos sufrido dramática y sangrientamente en España.  Además de que, en aquel entonces (1941-1943), se ignoraba la realidad de la existencia de los campos de concentración y la persecución y exterminio de los judíos por parte del nazismo, puesto que en cualquier guerra, y no fue una excepción la Segunda Guerra Mundial, la verdad es la primera víctima. 

 

 

Otro se refiere a la falsa premisa, asentada por la izquierda patria como verdad absoluta, de la identificación y apoyo de Falange (es radicalmente falso que el partido joseantoniano recibiera ayudas económicas de la Alemania de Hitler) o del régimen de Franco al nazismo.

En el caso de José Antonio Primo de Rivera su profunda religiosidad católica y su acendrado sentido moral de la existencia, ademas de que, a diferencia del nazismo alemán, el racismo era ajeno a Falange, impiden toda vinculación, siquiera simpatía, por Hitler y, desde luego, con la persecución y exterminio de los judíos, que se conoció mucho después del asesinato de José Antonio. 

Hablemos ahora de la España surgida tras la fratricida guerra civil y del supuesto antisemitismo de Franco. 

De Francisco Franco, dada su formación católica y el entorno ambiental, cabe decir, sin lugar a dudas, que nunca fue racista, aunque sí tenia un cierto antisemitismo por razones religiosas, pero, precisamente por esa honda religiosidad, sus reticencias contra los judíos, nunca por racismo, repito, sino por confrontación religiosa, no le impidieron ayudar y salvar a miles de judíos durante el Holocausto y, cuando la iglesia católica comenzó a mirarlos con mejores ojos, Franco hizo lo propio. Así, la libertad de culto plena —y la construcción de sinagogas— se produjo en España una vez que el Concilio Vaticano II abogó en favor de la libertad religiosa.

Cuando las tropas alemanas invaden Hungría en el mes de Marzo de 1944, el nuevo gobierno húngaro, pro alemán, invitó al propio Adolf Eichmann (uno de los mayores organizadores y responsable directo de la “solución final”) a trasladarse a Budapest para supervisar los planes de exterminio de la comunidad judía del país, donde fueron asesinados durante el holocausto unos 565.000 judíos por los nazis.

 

 

En aquellos momentos, un español nacido en Zaragoza, Ángel Sanz-Briz, era el encargado de negocios de la embajada española en Hungría.

El veinticinco de Junio de 1944 envió una carta informando al Gobierno español de las disposiciones antisemitas promulgadas en Hungría, entre otras, estas: Los judíos no podían salir de sus casas más de 2 horas diarias y solamente por razón de actividades públicas o para realizar compras. Quedaba prohibido a los judíos comunicarse por las ventanas. En los refugios antiaéreos habría una sala para los judíos y otra separada para los vecinos, preferentemente en el lugar más seguro. En los tranvías los judíos solamente podrán ir en el segundo vagón. Se prohíbe a los vecinos albergar a los judíos. A los judíos se les obliga a entregar las joyas de oro y plata, los aparatos de radio, las bicicletas y los esquíes….

El quince de Septiembre de 1944 Sanz-Briz informa al Gobierno español por carta sobre las quinientas mil personas expulsadas de sus casas en dos meses:

“No obstante, en la nota verbal de referencia no se hace mención al hecho de que entre las 500.000 personas deportadas había un gran número de mujeres, ancianos y niños perfectamente ineptos para el trabajo y sobre cuya suerte corren en este país los rumores más pesimistas”.

Asimismo, envío al Gobierno español planos de los campos de exterminio y le informó que a los allí recluidos se les asesinaba por medio de gas.

A partir de ese momento, con la autorización y siguiendo instrucciones del Gobierno del Generalísimo Francisco Franco, Sanz-Briz comienza a facilitar documentos de identidad españoles a todos los judíos que podía contactar y negocia con las autoridades húngaras el traslado de esas personas a lugar seguro para protegerlas.

Fueron unos cinco mil doscientos los judíos salvados por la acción de este buen hombre, y, no lo olvidemos, del Régimen de Franco, al margen del cual no podría haberlo conseguido, ya que utilizó para ello no solo influencia y contactos, sino también los fondos de la Embajada española para el soborno de autoridades y el alquiler de edificios  en que ocultar temporalmente a los judíos (a los que iba a buscar a las estaciones de tren desde donde salían hacia los campos de exterminio y en las “marchas de la muerte” que hacia estos se dirigían), y que aparecían como “anejos” a la legación española, para que así disfrutaran del carácter de inviolables. 

En el libro “Los judíos en España” relató los métodos que siguió y dice, entre otras cosas, que consiguió del Gobierno húngaro la autorización para la protección por parte de España de doscientos judíos sefardíes, para lo que recurrió a la justificación “legalde que los judíos sefardíes tienen derecho a la nacionalidad española por ser descendientes directos de los judíos sefardíes expulsados por los Reyes Católicos. Lo que hizo, por el procedimiento de no tramitar ningún salvoconducto o pasaporte a favor de judíos que llevase un numero mayor de doscientos, fue convertir esos doscientos individuos en doscientas familias y estas en muchas mas. De tal forma que solo unos doscientos judíos de los mas de cinco mil salvados eran realmente de origen sefardí,  interpretando a su favor la legislación española a fin de suministrar documentación española a judíos no sefardíes, solo con la condición de que tuvieran parientes en España.

Cuando es inminente la caída de Budapest a manos del ejercito bolchevique, el Gobierno español ordena a Sanz-Briz abandonar la Embajada y este se refugia en Suiza. Estamos en el mes de Noviembre de 1944. A partir de ese momento un italiano, Giorgio Perlasca,  veterano de la Guerra Civil española y ciudadano español honorario, que había ayudado a Sanz-Briz protegiendo a los judíos, prosiguió con esa tarea utilizando documentos de identidad españoles falsificados por él mismo, en los que declara ser el embajador español en funciones ante Hungría, consiguiendo que los judíos “españoles” siguieran a salvo hasta el dieciséis de Enero de 1945, en que los soviéticos entraron en Budapest. 

Sanz-Briz continuó su labor diplomática durante toda su vida en destinos como San Francisco, Washington, Bruselas, Pekín o Roma, donde fue destinado en 1976 como embajador de España ante la Santa Sede, una embajada largamente ansiada por alguien como él, profundamente católico y que, desgraciadamente, disfrutó poco tiempo, ya que falleció en 1980.

Sanz-Briz, conocido como “El Ángel de Budapest” y al que la Comunidad Judía Internacional le concedió el título de “Justo entre los justos”, fue uno de muchos diplomáticos españoles, menos conocidos aún que el propio Sanz-Briz, que lograron que casi sesenta mil judíos obtuvieran pasaporte español, por considerarles o “asimilarles” a su origen sefardí.

Por orden de Franco se aplicó la ley de 1924, entrada en vigor durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera, padre de José Antonio, siendo rey Alfonso XIII, según la cual todos los judíos que demostraran su ascendencia española tenían derecho al pasaporte español. 

El general Franco abolió, definitivamente, el Decreto de la Expulsión de los judíos de España que estaba en vigor desde el 2 de enero de 1492 y decretó que en todas las Universidades españolas se incluyeran cursos sobre el judaísmo. 

Durante la “Guerra de los seis días”, en 1966, con el ejército israelí ante las puertas de El Cairo, había en Egipto cientos de judíos. El embajador español en El Cairo en aquel momento, Ángel Sagaz, y por orden expresa de Franco, consiguió pasaporte español a todos los israelíes que acreditaran su ascendencia española. La firma en cada pasaporte era la del propio Nasser, la esposa del cual era íntima amiga de la de Sagaz.

El 20 de noviembre de 1975, a la muerte de Franco, el Gran Rabino de Nueva York ofició en una sinagoga de dicha ciudad estadounidense una oración fúnebre por su alma, como defensor de la causa judía. Dicho rito se ha venido repitiendo año tras año.

Son, todas ellas, verdades incómodas para la mentirosa memoria histórica que se nos quiere imponer a todos como única verdad.




3 Comments

  1. El problema de este artículo es que la gran mayoría de los datos que aporta son falsos. No voy a entrar a rebatir cada hecho incierto que relata porque me obligaría a escribir otro artículo de mayores dimensiones. Me conformaré con señalar algunos hechos. Franco y el resto de generales que se rebelaron contra la II República contaron durante la guerra con el apoyo decisivo de Hitler y de la Italia fascista de Mussolini. En aquellos años España se llenó de cruces gamadas que ondeaban, junto a la enseña rojigualda, en los desfiles y en las celebraciones patrióticas. Esa situación se mantuvo hasta que Hitler perdió la guerra y Franco tuvo que cambiarse de chaqueta para evitar que Hitler le arrastara en su caída. Está documentado que si España no entró en la II Guerra Mundial, no fue por obra y gracia de Franco, sino porque Hitler minusvaloraba la importancia del apoyo español y no quería cederle a cambio de su participación unas colonias en el norte de África que también reclamaba su, este sí, importante aliado: Pètain. El franquismo fue una rama del fascismo europeo. Estuvo muy vinculado militar, política e ideológicamente al nazismo alemán y al fascismo italiano. Es cierta la “diferencia católica” del franquismo, pero es igual de cierto las similitudes totalitarias, represivas, racistas y de exaltación del líder supremo (Führer, Duce, Caudillo). También está muy documentado que los diplomáticos españoles que salvaron judíos durante la II Guerra Mundial lo hicieron desobedeciendo las órdenes de Franco. Basta consultar los archivos del Ministerio de AAEE para ver cómo Franco llegó a cesar a diplomáticos como Eduardo Propper de Callejón o Miguel Ángel de Muguiro por haber salvado judíos. El propio Ángel Sanz Briz realizó su gesta en Budapest desobedeciendo las órdenes del Gobierno franquista que le exigía no inmuiscuirse en el tema judío por considararlo un asunto interno de la Hungría fascista y del III Reich. En libros de investigadores e historiadores como Eduardo Martín de Pozuelo o Stanley G. Payne se aporta mucha documentación oficial del régimen franquista que corrobora todos estos hechos. Humildemente, yo también lo he hecho en mi libro «Los últimos españoles de Mauthausen». Defender el franquismo manipulando la Historia es un mal ejemplo para las nuevas generaciones. Carlos Hernández de Miguel; periodista e investigador

  2. José María Ramírez Asencioj dice:

    Siento disentir de su comentario pero estoy encantando de leerlo y de que en España aún se puedan expresar opiniones divergentes sobre este tipo de asuntos relacionados con nuestro pasado común. A ver cuanto dura. Gracias.

  3. José María Ramírez Asencio dice:

    Encantado de leer su comentario aunque sea totalmente divergente con los hechos que yo modestamente comento en mi artículo.
    Lo importante es que en este país aún se puedan expresar libremente opiniones tan diferentes en relación a hechos acaecidos en nuestro pasado. A ver cuanto dura.

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