Hay veces que las cosas no salen como uno quiere, no te sale nada, te sientes vacío, agachas la cabeza, te encojes de hombros y preguntas ¿por qué yo?, pides que te salgan de una manera y la vida te da la espalda, lo agrio te invade y te cala. Son situaciones que sueles revolcarte en un pesimismo provocado por la debilidad y sorpresa del momento, incluso te ves envuelto en una soledad que da miedo. Pero… con el tiempo te das cuenta que eso no sirvió para nada, y que la mejor receta contra la amargura son dos verbos: aceptar y afrontar conjugados con optimismo y una borrachera de sonrisas este tipo de lances que te da el ciclo vital.

El caso del que os hablo se juega en un dichoso hospital con muchos y extraordinarios médicos como espectadores que son, junto a la familia y allegados, los que más quieren que ganes este partido. La vida es un largo viaje que a veces te pone estos obstáculos que preferirías evitar, pero que, valga la redundancia inevitablemente asoman y lo único que puedes hacer es lucharlos de la mejor manera que se te ocurra.


Lo que me jode es que tan prontito hayas tenido que plantarle cara a una batalla de este tipo, te queda grande por edad pero te sobran fuerzas por coraje, vitalidad y alegría. Rodrigo, querido sobrino y pequeño gran amigo del alma, te aseguro que verte sonreír cada día da fuerzas a cualquiera para tirar hacia adelante. Se espantan los problemas con verte, y eso es un privilegio.

Estás dando una lección diaria a tus padres, hermano mayor, hermano pequeño, familiares, amigos… Sin darte ni cuenta, estás dejando un legado que no se puede comprar ni con todo el oro del mundo y cuando seas más mayor te lo recordaré, como muchos y muchas de tu alrededor aprendimos una lección de vida, gracias a una sonrisa y un cariño que desprendías con tan sólo cuatro años. Nos dimos cuenta de lo realmente importante, lo trascendental y humano, nos olvidamos por momentos de lo material y el tiempo perdido en cosas que no lo merecen.

Por cierto, vamos a ganar, nunca en este tiempo atrás he estado tan seguro de que vamos a ganar.  Y cuando ganemos, recuerda que Dios pone sus peores batallas a sus mejores soldados, y tú eres un auténtico soldado, querido.

A los que luchan como él, los que han luchado y los que lucharán. A los vencedores y vencidos.

Sois el mejor ejemplo de amor que existe. Gracias.