Vacunas y nuestros santos moños

Cuando hablo del rencor social que lo habita todo en esta piel de toro, como un virus irrefrenable, no pienso sólo en la política ni en los políticos, sino también y en general entre los ciudadanos.

La envidia era el pecado capital de los españoles por antonomasia, según el agudo Fernando Díaz-Plaja, y los clásicos la representaban en sus cuadros con el color amarillo, pero el rencor social es una causa o su consecuencia, o tal vez son la misma cosa, porque el rencor social cursa por envidia o es a la viceversa, pero es igual o da lo mismo, porque no hay materia de conjunto que nos afecte como grupo que no se tiña de ese arrebatado color chillón que nos define y nos identifica.

Vuelve a verse ahora a propósito de la Selección Nacional de Fútbol que iba a representar al deporte rey en la Eurocopa y a cuyos miembros no se había vacunado por causa de la demagogia que siempre late, como digo, en nuestro cuerpo social.

Han abusado de tal modo de los discursos grotescos sobre el igualitarismo que se ha convertido en pecado vacunar con prioridad a quienes tienen que representarnos en una tarea o un espíritu colectivo que es el que en el fondo ha de conducir el rumbo de nuestra nave.

Aquí hemos llegado a tal grado de estupidez y de demagogia que muchos consideraban ofensivo vacunar antes al Rey y a los miembros de la Familia Real, sobre cuya sucesión reposan el resto de las Instituciones del Estado, que a mi abuela, porque el rencor social no descansa nunca y no ven en los deportistas o en las más altas instancias insustituibles a alguien llamado a representarnos, sino a un competidor directo de nuestra autoestima rencorosa, insolidaria, egotista y egoísta.

Contemplado así, los seleccionados para jugar al fútbol en nombre colectivo sólo son veinte tíos en pantalones cortos pegándole patadas a una pelota, igual que el Rey sería apenas un gañán con privilegios.

Lo importante para el rencoroso social es no dejar que nadie se le cuele en la cola, porque entonces se le viene encima toda su apocada autoestima y se le regurgita la fiera del envidioso que le habita dentro y le inunda la sesera. ¡A ver qué se han creído!

El rencoroso social es un suicida, un loco, al que, si tiene que elegir, no le importa que el piloto la palme, aun a sabiendas de que si él desaparece, el estacazo está garantizado para todos.

Por supuesto que la prioridad o el privilegio ha de tener sus límites para que un penoso alcalde o concejal no se sienta imbuido, él y toda su parentela, de ese espíritu hipertrofiado de representatividad salvífica del pueblo, pero un límite es una cosa y otra muy distinta contemplar a esos leones que menosprecian o rugen con desprecio cuando el sentido común aconsejaba vacunar de preferencia a quienes están llamados a emprender una labor que, de una u otra forma, nos afecta a todos.

Y es por esa demagogia barata auspiciada por el rencor eterno que desata guerras y arruina el concepto mismo de justicia por el que nadie se atrevió a recomendar la vacunación masiva de un equipo nacional de deportes, para no saltarse la cola que a muchos les despierta el jaguar suicida que mal esconden en su interior.

Todos hemos visto a madres muy llorosas y compungidas protestando contra una supuesta injusticia universal porque su hijo, con una discapacidad catalogada de grado 33, no es admitido en el equipo de élite del colegio, como si fuese un desfavorecido por no tener derecho a competir en el máximo nivel de rendimiento y no le valiera con jugar con otros críos a lo mismo en el patio.

Todo es rencor social y espuma de los envidiosos porque todo son complejos y demagogia, incapaces de anteponer objetivos y un orden de prioridades a nuestros santos moños.

He dicho.




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