Pocas cosas dan tanta grima al político de turno en España como que le llamen facha.

Facha es un término despectivo, un insulto que reviste al que así señala de una ostentosa vestidura de moralidad. Facha es como en este país de rencores resucitados le llaman a aquel que va en contra de nuestro progresismo de fábrica. Oigan, que en esta bendita piel de toro salen los fachas como las galletas: de un molde. Y así nos luce el moreno de galleta tostada. Porque si de algo estamos quemados quienes ya escuchamos tal desprecio como mera comparsa propagandística y tergiversadora de una de las posiciones ideológicas españolas, es de que solo estos posicionados designen quién es un facha.


Un facha, en estos tiempos que corren es, ni más ni menos, que el que se atreva a ir en contra de la corrección política que, en 2004, estableciera como cuota para evitar serlo el ínclito presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero. Antes de ello, el término facha era casi una reminiscencia que en películas como «Biba la banda» o «La escopeta nacional», dibujaba con mordacidad a aquella España reservona que acaeció tras la Guerra Civil y que, por el propio peso de la historia, siguió años después de entrada la democracia. Una figura casi retórica de un país que había superado, o eso parecía, el guerraincivilismo. Pero andadas casi dos décadas del siglo XXI, en España aún se sigue dando pábulo a aquel fascismo a la hispana.

Usted puede ser un facha si no se atiene al pensamiento único; al ideario esclavopensante que le dice cómo debe concebir la sociedad. Ese que le impone la verdad y le conmina a no dudar de ella, porque no hay más verdad que aquella que es alabada por la mayoría. Una mayoría, por otro lado, es lo que todos los que venden «la verdad» dicen tener para así tener mayor capacidad de convicción de su producto.

Usted puede ser un facha si defiende su país, como dicen defender todos aquellos que tachan de fachas a quienes lo hacen gritando «¡Viva España!» –como si tal exclamación fuera un exabrupto–, ondeando la enseña nacional y se atiene a la Carta Magna de 1978 (que no está exenta de ciertos errores jurídicos garrafales que hacen vulnerable la propia unidad que contempla).

Usted puede ser un facha si defiende la tauromaquia. Usted puede ser un facha si profesa la religión católica. Usted puede ser un facha si es monárquico/constitucionalista. Usted puede ser un facha si vota, de manera indistinta, al PP a Ciudadanos o a VOX. Usted puede ser facha si reclama una igualdad real. Usted puede ser facha si quiere matricular a su hijo en un centro concertado. Usted puede ser un facha si defiende el matrimonio tradicional –¡ojo! Sin menospreciar la unión entre personas del mismo sexo–.  Usted puede ser facha por decir que el niño tiene pene y la niña vagina. Usted puede ser un facha si no utiliza el deteriorador lenguaje inclusivo. Usted puede ser un facha por limpiar la leyenda negra tejida sibilina sobre nuestra intensa e interesante historia. Usted puede ser facha por defender la soberanía nacional. Usted puede ser facha por estar en contra de la revisión manipulada y posicionadora que es la Memoria Histórica.

Y así, mil ejemplos. Tras cuarenta años de democracia en uno de los países del mundo donde existe uno de los mayores índices de libertad para vivir (Índice de Libertad Humana 2018. Por Instituto Cato, Instituto Fraser y la Fundación para la Libertad Friedrich Naumann), usted puede ser un facha, incluso, por decir que esa democracia es tal y que tal libertad también la es.

El facha del siglo XXI, en España, se viste de antifascista; y es aquel que cercena, que no respeta, que insulta, que manipula, que impone sin la justificación de una mayoría libre de pensamiento su ideario. Y el que esté en contra de todo lo expuesto, ¿es un facha? Pues si respeta la diversidad de opinión, por supuesto que no.

Usted puede pensar que yo, a tenor de lo escrito, sea un facha y, según la imposición e interpretación oficial a la que nos vemos sometidos, puede que tenga razón; pero quien estas letras suscribe respeta la pluralidad que reclama nuestra Constitución; otra cosa es que comparta tal disparidad.