Una foto “de verdad”

 

En uno de los salones del Hotel Colón, decorado con aire cofrade, puede verse en un discreto marquito esta fotografía que debe remontarse al principio de los años ochenta: la Familia Real de entonces, delante del paso de la Esperanza de Triana ya preparado para la estación de penitencia.

Prescindiendo de toda otra consideración, tomémosla simplemente como fotografía de grupo de personas delante de un paso. Nadie mira a la cámara (salvo los dos hermanos trianeros vestidos con la túnica, y aun ellos, de modo más disimulado que como se hace la actualidad; serios y compuestos). Una de las infantas mira al suelo, como si se le hubiera caído algo; la otra parece intentar ayudarla.

Los que han tenido la fortuna de haber nacido y vivido algunos años en la era de la fotografía analógica; los que conservan algún álbum familiar con imágenes de los años ochenta y noventa, ¿no experimentan una sensación de identificación, de reconocimiento?

En aquellos años, la fotografía cumplía su función de captar un momento. (Al contrario que ahora, en que el momento se “crea” en función de la fotografía). Reflejaba la imperfección y la espontaneidad de la vida. En las fotografías familiares de ocasiones destacadas, siempre salía una niña mirando hacia atrás, otra acaso con expresión de enfado… Era lo que le daba la gracia, la chispa, el punto auténtico a esa foto familiar que acaso luciera, enmarcada, en una mesita del salón. ¿Pepita había salido mal?, pues qué más da, eso era parte de la anécdota. 

En aquellos años, la foto estaba al servicio de la vida, y no al revés. Captaba un instante real. No se trataba de que todo el mundo saliera favorecidísimo. Se trataba de reflejar un momento.

Se valoraban las fotografías como recuerdo de vivencias reales, que se habían experimentado sin pensar en la foto. Se guardaba con afecto una foto de una excursión con los compañeros de clase (“¡Mira!¡Y yo con los ojos cerrados!”), porque se trataba de un recuerdo, del documento tangible de un momento vivido.

Nadie le prohibía a una persona especialmente vanidosa (dicho esto como característica humana y perdonable, y sobre todo en jovencitas) el hacerse fotografiar expresamente, en privado, sólo para salir bien, por dejar constancia para el futuro del esplendor de la juvenil belleza. Pero esto era un capítulo aparte. En general, las fotos que se realizaban, habitualmente sólo en momentos destacados del año (un viaje, una ceremonia, un día de feria), se hacían por inmortalizar el momento; si se podía conseguir delante del paso de la Virgen, con que éste saliera pues ya era bastante. La foto no detenía el ritmo de la vida; lo captaba. Así, siempre saldría alguno mirando hacia atrás, o agachándose a recoger algo. La vida misma.

La situación actual es casi de transformación antropológica. Desde bebés casi, o al menos desde los uno o dos años, ya los niños no están naturales: posan. Tienen aprendida la pose fotográfica como casi primera enseñanza vital. Estarán delante del paso de la Macarena como ante la explanada del Taj Mahal: la actitud derechita, la pose. 

(En una época donde además, si a alguien le divierte, pues a base de “photoshop” puede conseguir su imagen, perfecta, ante cualquier monumento del mundo, y así ya las tiene, si es su capricho, ¿qué necesidad hay de detener el momento real con vistas a la foto, repitiendo las tomas mil veces, exigiendo que todo el mundo sonría…?).

Ahora todos posan. En su mayoría, exhibiendo ostentosamente las filas de (falsos) dientes. Ya no hay anécdota, ya no hay espontaneidad. Nos hemos quedado: sin fotografías simpáticas y entrañables como la comentada; y sin la emoción del momento real de mirar, por ejemplo, a la Virgen en su paso, ya que ese instante se subordina a la foto.

En otros tiempos, una persona de cierta sensibilidad, si no podía resistirse a sacar la cámara de fotos, lo hacía con cierto pudor, como excusándose (máxime si era en el interior de iglesias), pues, se quiera o no, es un poco una intromisión, un romper el “pathos” del momento, un sustituir la emoción verdadera por la frivolidad de tener un recuerdito. El fotógrafo debía pasar lo más desapercibido posible. Hoy día que, precisamente, con nuestros dispositivos pequeños y silenciosos, sería posible hacer una foto discreta y espontánea, hoy se hace todo lo contrario: el momento de la foto es abierto, ostentoso, no es que no se disimule, es que se considera el momento principal, el objetivo último de todo… Sí: un verdadero cambio antropológico.

Pero hay escapatoria para el mismo.

En fin, disculpen la insistencia.., pero la repetimos. Un sevillano que esta Semana Santa decida salir a la calle olvidándose de que lleva una cámara, puede que sea la primera vez que en realidad la vea.




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