Una escapada a Arcos de la Frontera

Me ocurrió el pasado mes de noviembre mientras ordenaba la biblioteca del salón; allí, entre algunos libros se encontraba una de esas cajas wonderbox que algún amigo o familiar nos regala por Reyes, santo o cumpleaños, para una cena o estancia de una noche para dos personas, y cuál no sería mi sorpresa cuando vi que estaba a punto de caducar. 

Bueno, pensé, mira por dónde vamos a disfrutar de una escapada en el Puente de la Constitución, eso sí: en un lugar que no estuviera muy lejos pero que junto al interés de lo desconocido tuviera el de ser un sitio atractivo por su paisaje o por su patrimonio cultural. Al ver los distintos hoteles que recogía la oferta, no lo dudé y, entre los que tenían plazas disponibles, elegí el hotel restaurante El Lago de Arcos de la Frontera (Cádiz). 

No les exagero si les digo que hacía más de medio siglo que no visitaba ese municipio, por lo que iba a vivirlo como toda una novedad con mi esposa, quien tampoco había venido nunca. Y es que resulta paradójico que muchas veces obviemos lo próximo en aras de lo lejano cuando tenemos verdaderas maravillas que, lamentablemente, conocen los extranjeros mejor que nosotros mismos.

Aconsejado por mi amiga Elena, una arcense enamorada de su tierra, me dirigí por las Cabezas de San Juan y Gibalbín (una pedanía rural de Jerez de la Frontera de la que no había oído hablar en mi vida) hacia la localidad de Arcos y lo primero que me sorprendió fue la extensión de su término municipal y su población, que se acerca a los 31.000 habitantes, algo menos que Ronda (Málaga).

La tarde invitaba a pasear, y guiado por el Google maps me dirigí hacia el caso histórico a la puesta de sol. Sinceramente, no recuerdo haber subido y bajado tantas cuestas y tan empinadas en ninguna otra población, además con el suelo mojado por la fina lluvia, lo que invitaba a ir más bien despacio.

Partiendo de la calle Corredera, con su iglesia de San Miguel, antigua fortaleza musulmana convertida hoy en casa de la Cultura, nos dirigimos por la Cuesta del Belén a través de su bella pórtico, a la Basílica de Santa María la Menor (el calificativo de Mayor le está reservada a la de San Pedro en Roma) magnífico templo considerado como el más bello de toda la sierra de Cádiz, y que se eleva en lo alto del cerro como si de una majestuosa catedral se tratara.

Entre sus numerosos altares con advocaciones muy populares como la del Cautivo, capillas como la del Sagrario con su patrona la Virgen de las Nieves, el imponente coro y su magnífico retablo mayor, me llamó la atención como economista que soy, que el cepillo de Cáritas fuera un datáfono (TPV, o Terminal Punto de Venta), y también me sorprendió gratamente que todas las capillas y advocaciones tuvieran un pequeño resumen de su contenido en cinco idiomas.

Debíamos tener pinta de turistas porque se nos acercó un joven que amablemente nos llevó prácticamente de la mano comentándonos con facundia aspectos de la localidad que sólo conocen sus oriundos: que si la Plaza del Cabildo llevaba con las obras paralizadas desde el verano era por el cambio de signo político de la Corporación y la ausencia de fondos, pero que si bien no se podía tener acceso al Mirador de la Peña, podíamos sustituirlo por una vista desde la cafetería del Parador Nacional; cómo las calles de la collación de Santa María llevaban una A y una M mayúsculas (Ave María) , y las de San Pedro (el otro gran templo de Arcos) unas llaves; que el hueco que se aprecia junto a las ventanas enrejadas se llamaba “orejera” porque era donde se apoyaba “el pretendiente” que iba a “pelar la pava” a casa de la novia… historias y detalles por los que le gratificamos al despedirnos.

Tal y como se nos había recomendado, cenamos en el bar “La cárcel”, y tras una noche metidos en fiesta (en el hotel se celebraba una cena benéfica con 350 invitados para la coronación de los Reyes Magos que duró hasta las cinco de la mañana), fuimos por la mañana a Santa María para contemplar desde lo alto de su torre la maravillosa panorámica del lago, el castillo, el caserío y toda la sierra de Grazalema; el palacio del Mayorazgo con su fachada herreriana; el mirador Abades con su simpática grabación “Bésame en este arco”; la cuesta del Socorro con su iglesia de San Agustín, la puerta de Matrera, y aún tuvimos tiempo para almorzar en la taberna “Los jóvenes flamencos” y degustar platos típicos.

He dejado para el final la amabilidad de los arcenses: desde la señorita de recepción del hotel, pasando por la señora que vendía las entradas para la torre, la dueña de la tienda de cerámica, los camareros que nos sirvieron…, todos ellos dejaron en nosotros un grato recuerdo que ojalá sea el mismo que se lleven ustedes cuando decidan acercarse a disfrutar de uno de los pueblos más bellos de Andalucía.   

 Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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