Una declaración de amistad

Faltan pocos días ya. Apenas veinte.

Voy a hablarles de una de esas personas que, cuando la oyes o lees algo por ella escrito, hace que te invada una vaga sensación de conocerla desde siempre o bien una gran nostalgia por no gozar de su amistad.

Reconozco que hubo una época que el cine de Garci ni fu ni fa. He de confesar que al principio, miraba, dejándome contaminar por el ambiente, pecado de juventud, con cierta condescendencia sus películas. Me parecían un tanto sensibleras y sus personajes a veces acartonados… Mea culpa, claro. No hay personajes más auténticos que los retratados por Garci, José Luis Garci, pues de él se trata. Y no era sensiblería lo que yo creía ver en sus películas sino la calidez y sensibilidad de alguien que conoce bien la vida, y no de oídas, sino de verdad. Un verdadero “sabio” de la vida. Un sabio que ha pateado y conoce bien las calles, los billares, los rings de boxeo, los campos de fútbol o las pistas del atletismo que practicó hasta los diecisiete años, pero que también ha leído con deleite los clásicos, que ama a Stefan Zweig o  Somerset Maugham pero también a John Ford, Leo McCarey o Howard Hawks. 

Cuando aún no era un entusiasta del cine de  Garci como lo he sido después, comencé a quererlo viendo su programa “Que grande es el cine” “, que nos descubrió  a tantos, aún los que nos considerábamos cinéfilos, tantas películas que no habíamos tenido la suerte de poder ver antes en una sala. Ordet, Dies Irae o Gertrud de Dreyer, Carta de una desconocida de Max Ophuls,  Coronel Blimp de Michael Powell y Emeric Pressburger, Los Niños del Paraíso de Marcel Carné… y muchas otras.  En aquellas gozosas veladas televisivas nocturnas, tanto o más que la película, esperaba uno el coloquio posterior con gente como Miguel Marías, Juan Miguel Lamet, Oti Rodríguez Marchante, Eduardo Torres Dulce o Antonio Giménez-Rico entre otros habituales o no tanto, casi siempre amigos del propio Garci y, como él, amantes del cine.Porque era eso, una conversación de amigos en la que, inopinadamente, te introducías también tú mismo como un amigo más.

En una reciente entrevista, José Luis Garci decía algo así como que su madurez llegó cuando se atrevió a decir en voz alta que le gustaba más Minnelli (Vincente, el gran director de cine, no confundir con Liza, su hija) que Godard y los wésterns que Antonioni. Yo reconozco, haciendo mía su frase, que mi madurez cinéfila llegó cuando asumí que me gustaba el cine de Garci. 

Todo empezó con el Crack y ese retrato del Madrid de principios de los ochenta tan vivido, filmado con tanto amor a esas calles, a esa Gran Vía, a esos humildes gimnasios y locales de boxeo, un cine negro armoniosamente integrado en la realidad española de aquellos años, un Landa/ Germán Areta excelso, en estado de gracia. El Crack dos no era peor sino igual o mejor que la primera, en feliz paralelismo con esa obra maestra, reverenciada por tantos, entre ellos el propio Garci, que es la trilogía de El Padrino de Coppola. 

 

Ahora, después de siete años de alejamiento de la dirección de películas (porque España es, en demasiadas ocasiones, injusta y llena de mediocres envidiosos que se creen el ombligo del mundo, siendo menos que nada, y que nunca le han perdonado a Garci su independencia y no casarse con el poder), se anuncia el próximo estreno para el día cuatro de Octubre (faltan pocos días ya, apenas veinte) de “El Crack cero”, una (horrible palabra) precuela de los dos Cracks anteriores, que él define como “una B-NOIR Movie, una película como en los años 40, rodada en poco tiempo y con el presupuesto justo, cine analógico, como yo”, y que personalmente deseo con todas mis fuerzas sea un gran éxito, el que Garci merece. 

En otra entrevista, y al hilo de un comentario sobre la dificultad de sacar un solo plano de la Gran Vía que diera la impresión de ser de la época en que transcurren los hechos de la nueva película, dado el cambio radical que ha sufrido dicha calle madrileña, el periodista le decía: “bueno, borre las huellas del presente con el ordenador”. Y Garci contestaba: “pero eso sale más caro y no tengo dinero”. El director de 22 películas, el ganador del primer Oscar para una película española y nominado en tres ocasiones más, no dispone de presupuesto suficiente para retornar al cine con dignidad, para rodar las semanas que le sean precisas, para utilizar los medios que cualquier director novel que haya alcanzado algo de fama en la tele o en internet tiene a su disposición… lo dicho, es este un país de mediocres y envidiosos.

Garci es (siempre, y a pesar de todo, lo ha sido) un hombre humilde, modesto, que no ha repudiado, bien al contrario, sus orígenes y gustos populares, pero, al mismo tiempo, seguro de sí mismo, orgulloso de sus diferencias, único y particular. En uno de sus libros para mí más logrados (digámoslo sin tardar: Garci es un gran escritor, un gran narrador de la nostalgia, un sublime narrador de los recuerdos, un escritor en suma), “Campo del Gas”, hace una declaración de intenciones y de asunción de personalidad propia brillante, al menos a mí me lo parece, al decir: ”cuando yo era un chaval de quince años que iniciaba el Preu de Letras en el Instituto Cervantes de Madrid, calle Montesquinza, y aunque mi libro de cabecera era “Historia de la filosofía”, de Julián Marías (que siempre leí como un tomo de aventuras, una especie de “La isla del tesoro” del pensamiento); cuando estudiaba Preu, digo, mis compañeros me miraban por encima del hombro porque yo acudía los domingos a Chamartín o al Metropolitano a disfrutar con Di Stefano y Kopa, con Ramiro y Collar…”.

Pero es que Garci además, y quizá sobre todo, es el mejor conversador que conozco, una de esas personas que podrías escuchar durante horas, y no sólo hablando de cine. Es uno de los mejores, si no el mejor, “contador” de películas que he escuchado nunca. Contador en el sentido literal y oral, porque cuando Garci te cuenta una historia te la hace ver con nuevos ojos, te la hace tan interesante, tan misteriosa o emocionante, tan divertida o tan terrorífica que incluso aunque la hubieras visto ya antes y no te gustara en aquella ocasión demasiado, te asaltan unos deseos irrefrenables de salir corriendo a comprar el DVD. Contador de cualquier tema, novela, poesía, filosofía, anécdotas… y escribe como conversa, como si el lector fuera un confidente al que le cuenta (tomando un Dry Martini de esos que tanto le gustan en cualquier club de Nueva York, su ciudad preferida, o en el mismísimo bar del hotel Algonquin) recuerdos, travesuras, bromas en un rodaje. En el libro que “Campo del Gas” logra un hecho portentoso que demuestra el magnífico escritor que es Garci: que una persona como yo, que nunca ha sido aficionada al boxeo y, menos aún a la lucha libre o esa modalidad friki llamada wrestling o algo así, lea con fruición sus páginas y llegue a tomarles cariño a esos personajes como de cuadro de Hopper que el retrata en sus líneas. Eso solo lo puede lograr un gran narrador. Otro tanto ocurre cando habla o escribe sobre fútbol, otra de sus grandes pasiones, y de su Atlético de Madrid, te engancha con sus palabras y evocaciones haciéndote olvidar que tú nunca has sido un gran aficionado al balompié.  

Podría decir muchas más cosas de Garci para justificar el título de este artículo, como que escribió en el año 1971, cuando apenas nadie lo conocía en España (con la única excepción quizá de ese otro grande, ese genio de la televisión, Chicho Ibáñez Serrador, que llevó a la pequeña pantalla varios de los relatos de las “Crónicas Marcianas” en aquellas magistrales “Historias para no dormir”), el primer libro que trató la figura y la obra del maestro de la ficción Ray Bradbury, que el mismo Bradbury elogió y que ha sido reeditado recientemente por Hatari Books, la editorial creada por él con un grupo de amigos, entre los que está, otra vez, Eduardo Torres Dulce, que escribió magníficas historias como la de “La Gioconda está triste” (con reminiscencias de los relatos del propio Bradbury) o la de “La Cabina”, luego llevadas a la pequeña pantalla por Antonio Mercero, que coescribió con Garci los guiones y que fueron multipremiadas… tantas cosas.

Pero voy a terminar contando una emotiva anécdota que le he oído al propio Garci en varias ocasiones contar con toda naturalidad y que a mí me produce cada vez que la oigo una, digamos, gran tensión en el lagrimal: cuando ya Antonio Mercero estaba muy afectado por esa terrible enfermedad que borra nuestros recuerdos, iban a visitarlo semanalmente un grupo de amigos, entre los que estaba Garci, y lo llevaban a tomar algo. Le hablaban, le contaban y luego lo acompañaban hasta el portal del edificio donde vivía hasta un día que lo dejaron allí y Mercero se extravió. Así que, a la siguiente ocasión, lo llevaron hasta la misma puerta de su casa y allí, al despedirse, parado ante sus amigos de toda la vida, perdido en las sombras de unos recuerdos que ya no tenía, Mercero les dijo: “no sé quiénes sois, pero os quiero mucho”. 

Porque, sin conocerlo personalmente, tengo la sensación que, de todas las cosas que ha hecho y sigue haciendo bien Garci, la que más satisfacción le ha procurado es ser un buen amigo de sus amigos y, por eso, me hace ilusión despedir este artículo diciendo:

 Hasta la vista y mucha suerte, amigo José Luis, nos vemos el cuatro de octubre. 




 

          

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