Una de poda

Yo me levanto temprano. A las siete menos cuarto ya estoy arriba. Y lo primero que hago es prepararme un buen vaso de café con leche y su correspondiente tostada con manteca. Me pongo la quinta, y a ver y oír la cantidad de sucesos –que esta cadena me recuerda a “EL CASO”-, que te van desgranando las dos o tres presentadoras del ente en cuestión. Cuando el hartazgo llega a lo más alto, preparo mi hábito y me largo al “bar de las marías”, que es donde entre la bulla ingiero con mimo el cafelito ese de subirte por las paredes. 

Al “Piti” lo descubro en otro bar, apoyao en la barra de calle y con un paquetito de Winston a la vista. Es la señal. Lo saludo con dos dedos, y por siete euros me llevo un par de cajetillas yanquis para mi hijo el mayor que fuma como un carretero. ¿Contrabando, dice usted? Anda, hombre. La vida misma, oiga, la misma vida. ¿O es que después de haberle dao al Estado 42 años de labor no tengo derecho a un descaro? 

El personal es que se la coge con papelillo de fumá. Sin embargo, parece que les da lo mismo, que lo mismo les da, que en un perímetro bastante considerable de suelo y que afecta a unas cuantas calles de “las Hermandades” se realice una poda de naranjos con el furor o enojo ciego con el que se ha hecho. Que no escribo en balde, porque en la fotografía que adjunto a este chascarrillo pueden ustedes observar perfectamente el rasurado superior al que se ha sometido a este árbol y al resto de ellos, árboles que son símbolo, distintivo, marca, señal, insignia, enseña, divisa de la ciudad de Sevilla. 




   

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