Una cuestión no banal

No sé si estarán de acuerdo conmigo en que pocas cuestiones han cambiado tanto en tan poco tiempo como el tratamiento dado a la sexualidad por la legislación, los medios de comunicación, la literatura y el cine, y no digamos por los medios audiovisuales.

No me quiero remontar a la moral victoriana imperante durante gran parte de los siglos XIX y XX, y tampoco voy a entrar en calificar la bondad o perversión de algunas conductas, pero sí invito a los lectores a una reflexión sobre los cambios en los hábitos que se han introducido en nuestra vida cotidiana desde la llamada revolución sexual acaecida en la década de los años sesenta del pasado siglo y que tuvieron en mayo de 1968 su momento álgido.

Observo una visión banalizada de la sexualidad en gran parte de la sociedad, entendiendo lo banal en su sentido etimológico como algo trivial, insustancial o de poca trascendencia, cuando se trata de algo inherente a la persona, que la define como tal y cuyo tratamiento afecta a su ser más íntimo.

Esta “liberación sexual” ha surgido como resultado de una serie de fracturas secuenciales: en primer lugar, la fractura entre sexualidad y matrimonio (que se dio en llamar “amor libre”); segundo, la fractura entre sexualidad y procreación (primero como sexualidad sin procreación, y recientemente como procreación sin sexualidad); en tercer lugar, la fractura entre sexualidad y amor (sexualidad como placer, juego o placer a solas, en pareja o en grupo), y, por último, como podemos observar últimamente, la fractura entre sexualidad y persona (con la ideología de género: la sexualidad no es algo que pertenezca a la naturaleza de la persona, sino una “libre” elección tomada antes de la mayoría de edad).

Desde aquella década hasta ahora, hemos podido asistir a decisiones de gobiernos, de organizaciones internacionales o a legislaciones, impensables hace años y que han afectado a nuestra forma de concebir el mundo: esterilizaciones, a veces masiva, en países del tercer mundo; la familia monógama tradicional se presenta cada vez como algo en vías de extinción; el aborto ha pasado de ser considerado como un atentado contra la vida humana en su concepción, a ser contemplado como un derecho, llegando a plantearse la eliminación del niño recién nacido cuando venga con deformaciones; en los encuentros mundiales sobre la mujer en el Cairo (1994) y Pekín (1995) ya se habló de aceptar cinco géneros como reconocidos: hombre, mujer, homosexual, lesbiana y heterosexual… 

Nacido el 29 de junio de 1969, en el suceso llamado outing o coming out (“salir fuera”) se creó un movimiento para que los homosexuales fueran reconocidos como tales ante la sociedad, y propició el que en 1994 el Parlamento Europeo votara por mayoría una resolución que invitara a los diferentes estados a eliminar todas las formas de discriminación por ser gay o lesbiana, llegando algunos países a aprobar como matrimonio la unión homosexual y con derecho a adoptar hijos.

La ideología de género, tan en boga hoy en día hasta implantarse en los planes de estudio en los centros escolares, se sustenta en una revolución antropológica, pues niega que la persona tenga una naturaleza preconstituida por su corporeidad, y decide que no se le da como un hecho preestablecido con el que nace, sino que ella misma la crea. Como consecuencia de ello, donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse a sí mismo, desde una óptica judeo cristiana se llega necesariamente a negar al mismo Creador, y con esto, al final, también se niega al hombre como criatura de Dios e imagen de Él.

El movimiento LGBTQ+ (acrónimo que se utiliza para referirse a personas lesbianas, gays, bisexuales, transgénero, queer y (+) de forma más general a todas aquellas personas que no se sienten representadas bajo la etiqueta de mujer u hombre heterosexual), ahora incorpora a las personas queer, es decir, aquellas que no se sienten heterosexuales ni cisgénero (persona que se siente identificada con su sexo anatómico) y buscan su propia identidad fuera de todo esquema.

Pero quizás la cuestión que más se ha desarrollado hasta límites impensables hace años es la pornografía, ya que impulsada por los años de confinamiento ha aumentado en números desorbitados la cantidad de niños, adolescentes y jóvenes que la ven durante varias horas al día, creando confusión, trastornos mentales, ansiedades y fobias, facilitado todo ello por las redes sociales.

Con este breve y resumido recorrido por los últimos cincuenta años sólo he buscado invitar a una reflexión sobre las causas y consecuencias que la cambiante visión sobre la sexualidad humana puede acarrear en nuestras vidas, en las de nuestros hijos y en las de nuestros nietos. Algo parece evidente: ser asertivo, es decir, contar con la habilidad que nos permita expresar de manera adecuada, sin hostilidad ni agresividad, nuestras propias convicciones frente a otras personas que mantengan otra visión sobre éste y otros temas, va a ser cada vez más difícil.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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