Una ciudad soñada que se apaga

Hasta hace poco, en cualquier quiniela que se hiciera, la ciudad decadente en Europa por definición era sin duda Venecia, arrastrada por la languidez de sus húmedas callejuelas y por una continua desertización del vecindario, que abandonaba por oleadas la ciudad de los canales, incapaces de hacer sostenible un modelo de vida que exige desplazarse en vaporettos y que no dispone de los elementos comunes a cualquier ciudad moderna.

Sin embargo, un paseo por el centro de Sevilla, a juzgar por el cierre masivo de comercios por causa de la pandemia podría indicar que también la capital andaluza ha empezado a sumergirse en esa rampa de la decadencia para ingresar en la categoría de ciudades-decorado que, sin la presencia de turistas, estaría abocada a graves padecimientos.

No sería la primera vez que Sevilla, la que fue capital metrópoli del mundo, “Roma triunfante en ánimo y grandeza”, según las palabras de Cervantes, viviese una larga etapa semejante de languidez y penurias por la pérdida del papel que en otros tiempos le tocó protagonizar.

En Venecia, sólo el turismo masivo, y no durante todo el año, atraídos por la singular belleza de los múltiples y variados rincones, por su inmensa riqueza artística, por sus museos e iglesias, además de un variado plantel de artesanos y comercios turísticos al servicio de los visitantes lograron ralentizar la raquítica vitalidad de la ciudad, que ha sufrido un continuo menoscabo de la población, contribuyendo de ese modo decisivamente a acelerar ese proceso angustioso justo ahora que, tras grandes inversiones y proyectos, parecían haber logrado controlar por primera vez los daños que causaban las mareas y el “acqua alta”, así como frenar el progresivo hundimiento de la ciudad en el barro, lo que alimentaba la creencia de su posible exterminio y definitiva desaparición.

El fenómeno en Sevilla no reúne con exactitud las mismas circunstancias y el peligro de las aguas invasoras desapareció hace muchas décadas, pero coincide esta vez con Venecia en el hecho de que su vitalidad estaba estrechamente ligada a la capacidad de atracción turística de su presencia legendaria y con la pandemia son miles y miles de comercios los que han firmado su definitiva desaparición.

Aunque no existen datos fiables de momento para evaluar con exactitud el número de comercios que han echado el cierre, un sencillo paseo por lugares emblemáticos de la ciudad permite comprobar que son cientos los locales vacíos en estos momentos, abandonados a su suerte y fiado todo a la esperanza de la desaparición de la crisis sanitaria y la incierta recuperación de un turismo improbable cuya renuencia a viajar apunta ya que se prolongará por largo tiempo.

En la brevedad de la calle Sagasta, por citar un ejemplo, una arteria simbólica de la actividad comercial de la ciudad, hay en estos momentos casi una docena de locales clausurados que echaron el cierre definitivo y la calle Cuna empieza a presentar un ambiente devastador, sólo paliado por la única apertura del último año, un estrafalario negocio dedicado a vender gofres con forma de pene o de vagina al que la autoridad municipal ha consentido, suponemos que por necesidad de favorecer alguna clase de actividad comercial, la instalación de una cartelería estridente y chillona de colores rosas que en otro tiempo habría resultado tal vez inconcebible en lugar tan céntrico.

En el Barrio de Santa Cruz, del mismo modo, así como en el entorno de la Catedral y hasta del Arenal, son numerosos los antiguos comercios turísticos que también se encuentran en estado más de abandono que de letargo, pues resulta fácil comprobar que las mercancías ya no existen en el interior y se han desmontado muebles e instalaciones para no volver a reabrir sus puertas.

Apenas algunos bares emblemáticos han vuelto a reemprender su actividad en estos cíclicos oasis permitidos por la autoridad entre una ola y otra de ascenso en la tasa de contagios y a duras penas se sostienen con sus aforos limitados y tratando de sobreponerse a los nuevos períodos de cerrojazo que se nos avecinan.

Salvando algunas horas los fines de semana, el centro de la ciudad amanece cada día, lejos de la impresión que pueda tener el visitante ocasional procedente de otros barrios, mortecino y solitario, como una ciudad que ha empezado a ser poseída por fantasmas y que podría haber iniciado un declive que sin las cifras de turistas que se habían alcanzado tal vez resultará imposible de evitar.

Otras veces a lo largo de la Historia, Sevilla, faro y referente legendario en toda Europa hasta el punto de convertirse en la ciudad a la que más veces le otorgaron el papel de escenario de las óperas más renombradas durante varios siglos, padeció un declive que transformó seriamente su actividad y su fisonomía, incluidos, por supuesto, los largos años después de la epidemia de peste de 1649, en los años de Murillo, que desembocó en una pérdida de pujanza absoluta con el traslado de la Casa de Contratación a Cádiz.

Son procesos a menudo lentos pero no tanto como para pasar desapercibidos y acostumbran a dejar a menudo una huella atroz, pues lo que se pierde en unos meses suele tardarse lustros y a menudo siglos en su recuperación, lo que a menudo exige una inyección o un impulso desmesurado para ser logrado.

Aun así, Sevilla ha sido siempre “una ciudad con suerte”, por decirlo de algún modo, que a pesar de sus cíclicos derrumbes logró siempre recomponer una y otra vez su piel tan bella y que todavía genera un magnetismo y un poder de fascinación como no demasiadas ciudades en el mundo.

Pero una ciudad soñada no es obligadamente una realidad y a veces es sólo una ciudad con sueño y que se apaga.

He dicho.




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *