Un tal Sánchez y la quiebra del Estado 

Un estado necesita un territorio, una población y una organización política. Los Estados fallidos adolecen de alguno de estos componentes, bien al tiempo de intentar constituirse, bien como circunstancia sobrevenida en algún momento de su historia. Entrar en riesgo como país por alguna de estas tres contingencias puede ocurrir por una invasión o por una guerra civil, pero es menos probable que un Estado entre en modo de Estado fallido porque alguna de sus instituciones fundamentales lo dinamite desde dentro. Digo que es menos probable porque se presupone que un país con más de 500 años tiene la consolidación más que suficiente para que tienda, por lógica histórica, a seguir fortaleciéndose y perfeccionándose. Si, además, este hipotético país disfruta de democracia, es razón más que suficiente para mantenerse a salvo de una deriva suicida.

Aquí aparece el singular caso de España, donde ha habido invasiones y guerras civiles que no han sido capaces de aniquilarlo como país, incluso durante periodos de tiempo sin democracia. Pero sin saber muy bien cómo, España ha llegado a una situación crítica donde su integridad como país democrático corre serio peligro. No tenemos ni invasión ni guerra civil, al menos declaradas. Increíblemente, su deterioro viene de la mano de una de sus instituciones más determinantes, como es el gobierno. Sencillamente, insólito. Pero lo que no está claro son las razones de esta deriva.

Es aceptable que un político quiera gobernar y pretenda resistir en la poltrona el mayor tiempo posible porque el poder es la adicción más terca del hombre dedicado a la Cosa Pública. Lo que no entra dentro ni de lo aceptable ni de lo conveniente, si miramos por algo tan básico como es el bien común y la paz social, es que esta pretensión se quiera conseguir a cualquier precio. La ambición de un político debe estar contrapesada desde varios frentes, como el Parlamento, la oposición y por el cuarto poder, pero además por su propio control, es decir, por la responsabilidad.

La quiebra del Estado en nuestro país está a tiro de piedra si los resortes de control entran en desidia permanente, porque este presidente, un tal Sánchez, no conoce ni acepta los límites de la cordura democrática. Pone palos en las ruedas y deja ponerlos a la camarilla de su entorno, cada vez más numerosa y más atrevida y, por lo tanto, más letal.

No es solo Sánchez, aunque sea sujeto activo y cooperador necesario al mismo tiempo, son sus vicepresidentes descontrolados, sus descarados e incompetentes ministros, es el uso desnaturalizado que hacen algunos de sus colegas de ciertas instituciones como la fiscalía general del estado, la abogacía del estado, el rol servilista del grupo parlamentario mayoritario que lo sustenta. Los otros grupos que le dieron la presidencia, hay que echarles de comer aparte porque descaradamente se postulan como artificieros de la estructura del país que les alimenta sus cuentas nada corrientes. Lo hacen minando la unidad territorial y la moral de la población, saboteando el idioma común mayoritario y la armonía social.

El tal Sánchez se escuda en que preside un gobierno legítimo cuando no es verdad. Dar un golpe de estado no es legítimo. Estar orgulloso de haber asesinado a más de 800 personas inocentes no es legítimo. Pretender violentar nuestra Constitución no es legítimo. Ultrajar vilmente a las víctimas de sus asesinatos no es legítimo. Así es que este tal Sánchez no tiene un gobierno legítimo, pero lo más grave de su adicción al poder es que pretende seguir adelante en su deriva, porque el síndrome de abstinencia lo devora, cuándo podría seguir gobernando con socios normales, digamos, constitucionalistas.

Pero la traición del tal Sánchez tiene otros cómplices. Un asunto doloroso porque se trata de gran parte del cuarto poder, que en democracia debería estar al servicio de la verdad. La prensa tapa, tergiversa y jalea a la jauría de la Moncloa. No ha podido caer más bajo el maravilloso trabajo de ser periodista. No sé cuál es la razón de esta irresponsabilidad e incompetencia. Sabemos la de Sánchez, seguir cagando en el váter de oro de la Moncloa. La de Iglesias, seguir meando dolcegabbana a la vista de todos. La de Esquerra Republicana de Cataluña, jugar al monopoli. La del PNV, seguir cogiendo nueces debajo de los árboles que otros apalean. Y la de Otegi, seguir apuntando a la nuca de España con la pistola cargada de su chulería criminal. Pero desconozco porqué gran parte del cuarto poder asiste impasible a ésta quiebra del Estado desde dentro. Elaborar diariamente el trampantojo de la verdad para favorecer a un traidor no tiene más explicación que la mediocridad de los cocineros.

La quiebra de un estado no es un proceso rápido ni automático pero dependiendo de la gravedad de las circunstancias que le ponen en marcha puede ser irreversible. Fragmentar el territorio como se está intentando hacer, dañar el equilibrio moral y ético de la población como se está haciendo y malversando las funciones de sus principales instituciones -Parlamento, CGPJ, FGE, TC, Jefatura del Estado, etc.- son cargas explosivas de efecto retardado que conseguirán hacer saltar por los aires el país que tenemos desde hace más de cinco siglos. Que el poder de la prensa sea testigo impasible de esta voladura no tiene nombre. Que los garantes de la conciencia cultural, social e histórica guarden silencio, es una desidia inaceptable. Solo nos queda un último cartucho ante el plan de este gobierno ilegítimo e insolvente, la madurez del electorado y su instinto de supervivencia.




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