Nunca pensé que un simple vegetal me iba a confesar algo tan triste, que iba a erigirse en prueba irrefutable de lo que tantos comentamos arrojando nuestras palabras a un vacío que acabará, si no ha acabado ya, sin color alguno.

Hace días escribí por aquí denunciando la desafortunada colocación de un horrendo macetero con su correspondiente vegetal justo delante de la puerta principal de nuestra catedral. Me pareció torpe su ubicación y así lo dije, esperando que desde el consistorio repararan en ello y buscaran una ubicación más adecuada al elemento en cuestión. Ayer volví a pasar por allí, confiando en que hubiera sido removido y sí, ya no está “exactamente” en el lugar denunciado. Ha sido desplazado… 10 centímetros. Como lo leen. Una cuarta mal contá. La perspectiva de la foto no delata con claridad el insignificante movimiento, más bien casi lo niega, pero les aseguro con conciencia de notario que ha habido traslado. A lo mejor el que tiene perdida la perspectiva de todo esto soy yo, vaya usted a saber.


Apenas había comenzado a subirme la indignación cuando una mueca de decepción, de hartazgo, de desilusión, se apoderó de mi rostro torciéndome la boca. Vi una triste metáfora de lo que más que a menudo es esta ciudad en la solución de los problemas que la aquejan. El simple amago, la postura fácil que no arregla el fondo sino apenas maquilla la forma, el discurso retórico que nada dice pero que pretende tranquilizar a las masas.

Y no es que uno tenga el permanente ánimo de criticar, sino que no me parece tan difícil tener criterio a la hora de hacer las cosas. Seguramente ese desplazamiento macetero no obedece al hecho de atender mi sugerencia anterior, más bien la habrán obviado. Y no pretendo que el Ayuntamiento esté pendiente de lo que escribe este discreto observador, pero si comprobamos a la velocidad que contestan un tuit solo llego a una conclusión, triste, pero inevitable. Nuestros políticos le hacen más caso al más o menos acertado comentario tuitero que a lo que opinemos los ciudadanos que no frecuentamos esa red social. Es que se gobierna, ojo, el mundo, a golpe de teclado y captura de pantalla. No hay más que ver nuestros desoladores telediarios para comprobar la absurda potencia de 280 caracteres que impunemente, en la mayoría de los casos, deciden hasta si podemos respirar.

Lo siento, ya estimado pino. Un tuit importa más que tú. Nunca serás “trending topic” ni serás objeto de interminables cadenas de opinión. Lo triste, lo inmensamente triste de todo esto, es que apenas un par de metros detrás de ti está la Catedral de Sevilla y siglos de historia que no caben en unas pocas letras. Iré a saludarte de vez en cuando. Tú no tienes la culpa de esta desidia en la que las calles ya son megas de descarga y de que la gente prefiera la foto al original. Así nos va, y yo me voy que acabo de colgar en Facebook una foto del último plato de menudo que me he comido y no sé cuántos “likes” tendré. Un sin vivir, oiga.