Un mundo feliz en la Junta (VÍDEO)

Le he dado ciento veinte vueltas como poco a un video en el que Ana María Vielba, secretaria general para la Administración Pública, dentro de la Consejería de Presidencia de Elías Bendodo, exponía con la expresión feliz de haber ingerido una caja de pastillas del célebre “soma” de la novela de Aldous Huxley “Un mundo feliz”, un proyecto al que denominó alegremente “Genoma del funcionario”, que consistiría en rastrear mediante inteligencia artificial (IA) todos los perfiles y comentarios en redes sociales como Facebook o Linkedin de cada uno de ellos para conocer, decía, las capacitaciones e intereses individuales de cada cual y seleccionarlos para el puesto más adecuado.

 

 

Varios sindicatos se han puesto de uñas, como era perfectamente imaginable, y los expertos en leyes aseguran que algo de esa clase rasparía los arcenes de la legalidad sobre protección de datos y descarrilaría en cada curva porque representa una invasión de la intimidad de las personas y se abre a todas las sospechas de ser discriminado para ascender o ejercitarte en tu carrera profesional si te niegas a dar consentimiento para ello.

Hace poco pagué en un hipermercado con la tarjeta de crédito una pequeña nevera portátil para enchufar en la azotea y esa misma noche, en diversas redes sociales, otra gran compañía de distribución destacaba para mí diversos modelos de un electrodoméstico similar, lo que si lo sumamos a la clase de series y películas que acostumbro a ver en alguna de las plataformas digitales, puede que a la señora Vielba, si yo fuese funcionario, se le ocurriría ofrecerme un destino en las Bahamas.

A mí me sorprende mucho este tipo de gente que ha alcanzado alguna clase de nirvana y tiene suficiente tiempo libre como para sentirse visionarios destinados a transformar el mundo cuando su dedicación retribuida es un lugar tan presumiblemente aburrido como el departamento ya enunciado que encabeza la señora Vielba.

No sé si es arrojo o inconsciencia, o que tal vez han reflexionado poco sobre los riesgos éticos y los peligros que entrañan alguna de estas innovaciones que nos proponen la Ciencia y la Tecnología en nuestro tiempo.

No me extraña tanto que así sea cuando tenemos un gobierno con varios ministros cuyo primer puesto de trabajo es precisamente ese, el de ministros, y los vemos ignorar por completo al comité de Bioética a la hora de abordar una Ley de eutanasia o comprobamos que una ley sobre las identidades sexuales adolece entre sus ponentes tanto de juristas como de expertos en Biología o Psiquiatría.

Si quienes barruntan moderneces o legislan materias tan espinosas y con tan variadas y novedosas implicaciones son Adriana Lastra o un lector habitual del “Muy Interesante”, no me extraña los churretes que les salen ni las ocurrencias paridas por el atrevimiento y la osadía de los aficionados a la futuroscopia.

Mejor harían en entretenerse con la página de horóscopos o, al menos, asustarse un poco con la lectura de la referida novela de Aldous Huxley, en la que no por casualidad dos de sus protagonistas se llaman Lenina Browne (por Lenin) y Bernard Marx (por Karlitos, el ponzoñoso), a ver si así descubren cuál es la filiación y a dónde pueden conducir ciertos experimentos en manos de aprendices de brujo que, una vez encandilados, son difíciles de convencer para que abandonen sus terapias dirigistas o conductistas de la sociedad.

En “Un mundo feliz”, Lenina es una perfecta ciudadana, feliz y «neumática», que cumple a la perfección su función dentro del grupo, se relaciona con cuantos hombres “salvajes” le sea posible, sin emociones, para adaptarse al patrón asignado y es bastante incapaz de ejercer su libertad de pensamiento porque ha sido bien condicionada por el departamento dedicado a ello.

Por su parte, Bernard es un inadaptado social e inconformista que se avergüenza de tener que buscar citas con mujeres y prefiere ser infeliz a ingerir el “soma”, porque entiende que la felicidad inducida por el “condicionamiento” es una farsa y que la angustia y el dolor son necesarios para comprender y apreciar la alegría.

Detrás de toda esa enjundia, como es obvio y no se oculta, subyace la denuncia de una sociedad sometida y deshumanizada, a merced de ciertos redentores y salvapatrias que a menudo, como Pedro Sánchez, Irene Montero, Pablo Iglesias o la Vielba, cada uno en su escala, sonríen satisfechos y felices como locuaces soñadores que procedieran del futuro y exponen sus salvíficas ocurrencias como si se hubieran caído en la marmita del “soma” de pequeños o estuvieran dedicados todo el día a buscar citas con “salvajes”.

He dicho.




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