Un manantial

Ya sé que, tal día como el que lo es hoy diez de noviembre, debería hablar en este artículo de lo que puede pasar a partir de mañana, una vez sepamos, ya ustedes que me leen los conocerán, los resultados finales de estas creo que fundamentales y decisivas (aunque quizá no tanto) elecciones generales al capricho del infausto Sánchez. 

Pero créanme si les digo que, de tanto hablar de política pegada a la realidad del día a día, acaba uno añorando hablar, y escribir, de otros temas. Esto quizá sea menos atractivo de cara a los posibles lectores, pero desde luego suele ser más gratificante para el que escribe, pues hay temas de los que casi nada nuevo queda ya por decir.

Reconozco que, hasta hace relativamente poco, nada sabía del personaje que voy a abordar en estas líneas, pero, aficionado como soy a ahondar en mis ignorancias, procuré conocer todo lo que he podido del mismo.

Porque nunca es suficiente la labor que se haga, aunque sea humilde como esta mía, para enmendar las injusticias.

En una esplendida novela de la filosofa norteamericana Ayn Rand y en una no menos magnífica película en esta basada, dirigida por el gran King Vidor, con guión de la propia Rand y protagonizada por unos maravillosos Gary Cooper y Patricia Neal, ambas obras tituladas “The Fountainhead” (“El Manantial”), se narra la historia de Howard Roark (Gary Cooper en el film), arquitecto en el que se daban, a un tiempo, una extrema originalidad para los tiempos que corrían, años 40, y, de otra parte, una integridad casi sobrehumana. Es esta integridad la que le llevará a enfrentarse a todo y a todos los poderes establecidos de la época, prensa, política, arquitectos y arquitectura tradicional, hasta el punto de llegar a una extrema violencia destructiva de su propia obra cuando advierte que se ha pervertido…todo ello por mantener su integridad creativa y llevar a cabo la idea que tenía en su cerebro.

 

Como decía Santiago Navajas en un artículo del año 2009, este hombre, casi un superhombre, se revuelve contra lo que Ortega y Gasset llamó “la rebelión de las masas”, una mezcla entre nihilismo y progresismo, la revolución democrática. Dice Navajas:  ”En definitiva, Rand argumentaba que sólo la libertad individual puede fundar la inteligencia. Y que sólo la inteligencia íntegra puede crear un mundo mejor, más auténtico y más feliz”.

José Manuel Aizpurúa Azqueta, del que quiero hablarles,  nació en San Sebastián en 1902 y es considerado como el padre del racionalismo arquitectónico español. Ya en 1929, recién finalizados sus estudios de Arquitectura, proyectó, junto con Joaquín Labayen Toledo, con quien compartió estudio profesional en San Sebastián, el edificio del Club Náutico de San Sebastián, considerado uno de los primeros y más importantes ejemplos del Racionalismo en Europa y admirado hasta por el propio Le Corbusier, considerado el germen de la arquitectura moderna y que se desplazó desde París para verlo. El Racionalismo arquitectónico buscaba una arquitectura fundamentada en la razón, de líneas sencillas y funcionales, basadas en formas geométricas simples y materiales de orden industrial (acero, hormigón, vidrio), renunciando a la ornamentación excesiva y otorgando gran importancia al diseño, que era igualmente sencillo y funcional, un poco a la manera de Frank Lloyd Wright, en el que, en parte, siempre se dijo, estaba basado el personaje del Howard Roark de “El Manantial”.

Falangista de la primera hora desde que escucha a José Antonio Primo de Rivera en el acto fundacional de La Comedia, y con el que traba amistad en los tiempos en que reside en Madrid mientras estudia en la Escuela de Arquitectura, era también un excelente fotógrafo, afición que combinaba con su profesión y en los años 30 colaboró en “ La Gaceta Literaria” de Ernesto Giménez Caballero.

 

 

De resultas de aquella estancia en Madrid, era también amigo de Federico García Lorca y a este respecto hay una anécdota que cuenta el gran poeta y reconocido izquierdista Gabriel Celaya en su libro  “Poesía y Verdad” y que da cuenta de su ausencia de fanatismo o intransigencia: “Aquel 8 de marzo de 1936 a que me vengo refiriendo, último día en que disfruté de Federico…, él me citó por teléfono en el Hotel Biarritz de San Sebastián, donde paraba. Mi sorpresa, cuando llegué allí, fue que Federico había citado también a José Manuel Aizpurúa. Faltó poco para que rasgara mis vestiduras porque siempre he pecado de violento y entonces, además, era joven. Compréndanlo. José Manuel Aizpurúa era un arquitecto muy avanzado e inteligente. A su iniciativa se debió que una ciudad tan obtusa como mi San Sebastián se montaran exposiciones con Picassos, Mirós, Picabias, Max Ernst, etc. Era, además, todo hay que decirlo, un gran propulsor de la nueva poesía, y, en general, como se decía en aquellos tiempos “un vanguardista”. Pero también era el fundador de la Falange de San Sebastián, y yo le había negado el saludo, aunque nos conocíamos desde niños. Federico le hablaba a José Manuel, me hablaba a mí, y los dos le contestábamos, pero no conseguía que José Manuel y yo nos habláramos. ¿Por qué? Porque la guerra civil estaba ya latente. Pero Federico no lo entendía: “Los dos sois amigos míos”. Era inútil. Había algo que no marchaba (…) Aquel día, cuando se marchó Aizpurúa, Federico me dijo algo terrible que nunca me he atrevido a contar. Terrible pero a la vez hermoso porque demuestra con que inocencia caminó hacia su muerte… Me preguntaba Federico por qué yo no había querido saludar a José Manuel Aizpurúa, y por qué, entre los dos, le habíamos creado una situación absurdamente tensa. Yo trataba de explicárselo con frenesí, quizá con sectarismo, y él, incidiendo en lo humano, trataba de explicarme que Aizpúrua era un buen chico, que tenía una gran sensibilidad, que era muy inteligente, que admiraba mis poemas, etc. Hasta que al fin, ante mí cada vez más violenta cerrazón, reaccionó, o quizá quiso que abriera los ojos de sorpresa, con la confesión de lo terrible:

  -Es como José Antonio Primo de Rivera. Otro buen chico. ¿Sabes que todos los viernes ceno con él? Pues te lo digo. Solemos ir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo ni a mí me convine que me vean con él.

Federico se reía. Creía que aquello no era más que una travesura de niños. No veía nada detrás”.

José Antonio Primo de Rivera le encargó diseñar la cabecera del periódico falangista Arriba y fue elegido Miembro de la Junta Política de la Falange en 1934, con el cargo de Delegado Nacional de Prensa y Propaganda, siendo también fundador de la Falange en San Sebastián. Diseñó allí la primera bandera falangista. 

Defensor ardiente de su cultura vasca y de la ciudad que le vio nacer, San Sebastián, impulsó grandemente el despegue cultural y artístico de esta.

Pero nada de eso le sirvió, ni su inteligencia, ni su modernidad y originalidad que le hacían ser un precursor, ni su amor a la cultura vasca y a su lengua, ni su ausencia de ese sectarismo que hoy nos invade… Fue fusilado por las fuerzas republicanas en la tapia del cementerio de Polloe después de permanecer encarcelado en Ondarreta, el seis de Septiembre de 1936, tres días antes de que las tropas del bando nacional entrasen en la capital guipuzcoana y la liberasen.

Una muestra de su carácter lo podemos ver en otra anécdota: en la cárcel de Ondarreta, antes de morir, escribió en una de sus cartas, fechada el dos de septiembre de 1936 :  “…He escrito a mi delineante para que se ponga al habla con Eugenio (Aguinaga) y me traigan aquí papel, lápices y unos proyectos para ver si trabajo algo aquí… no puedo vivir sin hacer algo práctico…”.

Muchos, desde la izquierda, quisieron ver una contradicción entre su ideología política y su modernidad seminal en lo arquitectónico, más hoy cabe decir que no había tal, sino, bien el contrario, una profunda coherencia vital y una misma firme afirmación de la libertad individual de elegir lo que se considera correcto y de no renegar ni transigir en el camino de lograr la consecución de ese fin, una defensa de la libertad de pensar y hacer sin cortapisas y sin restricciones a la moda o a la conveniencia del momento. 

Como dice del protagonista de “El Manantial” Santiago Navajas en su artículo, “un ser humano que necesitó de la libertad (de pensar y actuar, añado yo) para hacer de su vida una obra de arte”.  

Murió muy joven, con toda una gran obra aún por hacer, apenas treinta y tres años, segada su vida por la crueldad e injusticia de una contienda entre hermanos y el manto del olvido y el silencio, como en el caso de tantos, artistas, literatos, filósofos, cubrió su recuerdo, pero su corta pero magnífica obra y su personalidad brillante y vanguardista, representadas por la figura recortada en el horizonte de ese navío anclado en la arena de la playa de La Concha, siguen irradiando, citando a Ayn Rand, “como manantial del progreso humano”.  




 

 

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