Un humilde papelito de regalo

Hace años surgió una iniciativa ecologista encaminada a convencernos de que no usáramos papel de regalo. Si hacíamos algún  presente, pues que entregáramos el objeto sin más. Que “envolver el regalo” es superfluo y un daño al planeta.

Esta idea nos causó tristeza a algunos. Pensamos: ¿Pero hay que empezar justo por ahí? Si hablamos de papel, ¿cuántos catálogos publicitarios abarrotan los buzones, que irán luego directamente a la basura? ¿Y los libros de texto, en cuyo interior tanto se habla de medio ambiente, y que sólo duran un curso académico? La Junta -¡qué generosa!- los regala otra vez nuevos al siguiente año. Y como llevan la etiqueta de “gasto en Educación”, nadie piensa entonces en los bosques del planeta- nadie sufre por esas toneladas inmensas de libros pintarrajeados y desechados… 

Contra el derroche tonto y sinsentido nadie protesta. Y la protesta siempre va justo cuando el uso, en este caso de papel, es más importante, más lucido y cunde más. Cuando con poquísimo dispendio, se produce una expectación, una alegría… Para muchos, el papelito de envolver es la esencia del regalo. El abrir el envoltorio hace hasta más ilusión que el objeto del que se trate. El gasto, económico y ecológico, es tan ínfimo que da risa tenerlo en cuenta (la persona que envuelve un regalito seguramente ese día ha tirado a la basura tres catálogos).

Pero no es casualidad. Cuando se persigue algo – en este caso, el ahorro de papel -, pues el primer objetivo es siempre atacar ahí donde más duele, aun cuando, en cifras, lo que por ahí se pueda ahorrar es inapreciable.

Se ataca donde más duele, no donde más haga falta. ¿A qué nos suena esto? Pues a lo que algunos más nos duele, a la Navidad.

Contra el Covid en general, ¿qué hace el Gobierno? ¿Piensa en los inmigrantes  ilegales–los exentos de ley por definición- , en las calles y plazas, en los transportes, en las grandes reuniones ilegales que lógicamente se dan más en los barrios donde no suelen imperar la ley y el orden?

No, el Gobierno se mete en nuestras casas – la ridícula y disparatada norma de “seis como máximo en Nochebuena” – y aunque la cambien a “diez” no es menos ridícula, ¿cómo no se reacciona  a esto? (Un paréntesis: estadísticamente no hay en España muchas familias de muchos hijos. Pero las hay. El olímpico ninguneo a familias convivientes con más de seis miembros es realmente ofensivo. En una época obsesionada con lo inclusivo, ¿nadie observa que a las pobres familias numerosas (no a las de tres hijos, sino a las numerosas de verdad), no contentas con los obstáculos que ya tienen, se las estigmatiza como inexistentes? Sí, será obvio que para ellas no vale lo de “seis”; pero no estaría de más el decirlo, no el silenciar su existencia como cosa vergonzosa).

Pero hay más. Estamos cansados de que los gobernantes se laven las manos hablando de “llamadas a la responsabilidad”. Como diciendo: “Yo no tengo que hacer nada, la responsabilidad es de los ciudadanos”. Cuando es obvio que mil medidas (como la exigencia de control en los aeropuertos, y el control policial en las áreas más despreciadoras de la ley) dependen del Gobierno; el ciudadano cumplidor y responsable ahí no puede hacer nada.

Pues bien: si hay un caso en el que sí conviene dejar las cosas a la responsabilidad individual de los ciudadanos es en el ámbito más íntimo de la celebración privada de la Navidad. Es improbable que haya desmanes. La población cumplidora está concienciadísima; no besa ya a sus familiares, muchos motu proprio no querrán reunirse. Aquí SÍ que tiene sentido levantar restricciones y dejarlo a la responsabilidad de las personas. 

Si se hiciera como en el Reino Unido (se levantan las restricciones y los toques de queda los dos o tres días clave) es improbabilísimo que los ciudadanos cumplidores se lancen a una orgía de reuniones mastodónticas y viajes disparatados. Los delincuentes actuarán mal como siempre, con y sin prohibiciones. Pero la inmensa mayoría concienciada actuará igual o mejor que con restricciones impuestas. Con la salvedad de que no tendremos el hecho surrealista de película de terror, de estado soviético estalinista en el esplendor de su represión, de miedo a policías irrumpiendo en domicilios, y vecinos maliciosos espiando y denunciándose unos a otros (“He visto entrar a cuatro personas en mi puerta de enfrente, vengan enseguida”… ¿Eso queremos?)

Pero ponía al principio el ejemplo de reciclar el papel… ¿Qué tiene que ver? Pues miren: el papel que más se quiere suprimir es el que más ilusión hace y el que más sentido tiene (el humilde y cariñoso papelito de envolver un regalo, frente a los mil y un derroches de todo tipo pero que como no causan alegría, al parecer no cuentan). Aquí igual: ¿qué contagia más? ¿La cola del supermercado, la presentación de libros de políticos, la entrega de premios a unos y otros, las aglomeraciones diversas por necesidad o diversión, las manifestaciones…? Ah, no. Lo más necesario, lo que más se aprecia, lo que más sentido tiene, lo que más se desea (celebrar la Navidad) eso al parecer contagia más. Donde más duele la prohibición, donde es más llamativa y ostentosa y de alarde de la superioridad del poder político sobre las costumbres de una civilización, ahí se efectúa, y no donde más se contagia.  

Vecinos envidiosos, policías amargados, escépticos de la Navidad que tanto la denigráis, ¡enhorabuena! Entre denuncias, espionajes y multas, esta Navidad os vais a poner las botas.

(Señores políticos, ¿lo pasaron bien en aquella fiesta con más de 150 invitados el pasado 27 de octubre, no recuerdo ni a santo de qué, en un salón elegantísimo, en pleno estado de alarma…? ¿Y en las otras de las que no nos enteramos?)




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