Un frufrú de togas y la república los zapatones sucios

 

Como todo el mundo sabe, lo normal en este país cuando te investiga un juez, es que tres días más tarde te reúnas con el presidente del tribunal que te va a juzgar y le hables de lo tuyo mientras tomáis el sol y tal y tal… Los demás, los que no hacéis eso, sois casta.

Lo normal en una democracia como la nuestra es que un presidente de gobierno afirme que puede estar de acuerdo con sus socios del Consejo de Ministros en aprobar un ingreso mínimo vital pero no en poner a sueldo de Iglesias y Monedero a jueces y fiscales…, sobre todo porque los quiere poner a sueldo de sí mismo, como ya tiene a la Fiscal General y a su mano derecha, el teniente fiscal.

En la otra mano, la señora lleva agarradito a un ex juez prevaricador y reincidente que en la actualidad ejerce de abogado de la escoria que trapichea en el eje de todas las mafias latinoamericanas, así que ahora a la Fiscal ya no le quedan manos para portar el bolso donde la pareja atesora las facturas de los clientes internacionales…, a menos que se lo pase al ex juez y con la mano libre se lo cuelgue en… la carlinga.

La Asociación de Fiscales se ha atrevido a decir que la profesión jamás ha estado en posición tan indecorosa en los últimos 40 años, pero yo diría, como Abascal, que la comparación resiste con holgura los últimos 80 y también los últimos 800 años. No se conocía una escabechina igual desde que pasaron a cuchillo en Damasco a toda la familia Omeya.

Que un presidente de gobierno de una democracia occidental acuse a sus socios de querer poner a sueldo a jueces y fiscales resulta tan reconfortante y tranquilizador como un spa con los enchufes por dentro.

Ya me contarán de qué tienen que hablar, o no hablar, dos halcones cuando ven a una paloma herida ni estos secuaces de la guillotina sobre quién le paga al aparato de Justicia.

El mero hecho de escuchar ese merodeo, ese runrún, ese susurro entre Iglesias y Carlos Lesmes durante la recepción Real, obliga a pensar en un frufrú de togas amenazadas por los zapatones sucios de un presunto delincuente que teledirige a una horda de fanáticos golpistas cuyo mayor reparo es elegir los árboles para instalar las sogas de los ahorcados.

Miente Sánchez (por supuesto) como miente Illa, con fruición y sin descanso ni fiestas de guardar. Y lo que sospecho es que cuanto mayores sean los aspavientos y más hiperbólicas las acusaciones y las negaciones de San Pedro Sán-chez sobre sus socios, más cerca estaremos del acto definitivo, el que cierra el drama y desencadena las tormentas, como corresponde a un profesional de la mentira, necesitado de que quienes le escuchan se confíen y bajen la guardia antes de asestar el golpe de gracia a la democracia.

De momento, la retahíla de ministros se entretiene en babuchas, que ya ven los andares de gañán y lo que le cuesta dar un paso digno al ministro Castells cuando se quita las pantuflas de estar en casa. Iñigo Errejón se ríe de los que se señalan con su “¡Viva el Rey!” en un video y los califica de Jurassic Park con su coeficiente moral e intelectual del mosquito que encontraron atrapado en una gota de ámbar.

Otras pregonan ridiculeces sobre brechas salariales que no existen pero no les preocupan los cinco millones de desempleados, con un paro juvenil desbocado que en muchos lugares de España supera el 80%.

A Yoli Díaz y a su ‘prima’ la Montero el paro y la pobreza les trae al fresco, porque a una le preocupa la brecha salarial, que ella detecta entre una limpiadora de hotel y un tipo que se descuelga desde una altura de veinte plantas para limpiar cristales, y a la otra le distrae el concepto de igualdad, que lo resume en hacer una sopa a cuatro manos y que todos vivamos en la misma alcantarilla.

Bastante hace con vestirse de morado penitente y su macho alfa sin corbata, adminículo decididamente facha, para asistir al Palacio Real de la República imaginaria de su chaqueta, porque, eso sí, la república fantaseada por Iglesias es idéntica a su chaqueta y a esos bajos de los pantalones con siete vueltas caídas sobre los zapatones ajados y con cordones en hilachas, del mismo modo que el traje verde olivo de dictadorzuelo tropical era la viva imagen del castrismo. Huelen a lo que vemos y son lo que parecen.

He dicho.




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