Un Fósil viviente en La Catedral de Sevilla

Flores del magnolio.

No es una referencia al “lagarto” del Patio de los Naranjos ni a cuerpos incorruptos yacentes en sus entrañas, sino al magnolio que sobrevive con dignidad y paciencia en un rincón existente entre la Puerta de San Miguel y la del Príncipe. Se le considera parte integrante de este grandioso edificio por derecho propio, desde que fue plantado a finales de la década de los treinta del pasado siglo, pues su esbelto porte ha quedado unido de forma indisoluble a los sillares centenarios del principal templo de la ciudad hispalense. 

Magnolia es un género que comprende árboles pertenecientes a numerosas especies, algunos de ellos muy semejantes a fósiles conservados después de unos ciento veinticinco millones de años;  presentan unas características muy primitivas desde el punto de vista evolutivo, tales como flores sin sépalos y pétalos desarrollados, con tépalos intermedios, y sistemas arcaicos de polinización. Nuestro ejemplar catedralicio pertenece a Magnolia grandiflora, originario del sur de Estados Unidos e introducido en Europa en el siglo XVIII, que desarrolla unos espectaculares grupos florales de color blanco cremoso y un excelso aroma a limón; estos magníficos periantos emergen al final de la primavera, conservándose de manera alternativa durante gran parte del periodo estival.

La planta que nos ocupa formaba parte de un amplio parterre con tierra abundante y aireación suficiente; aunque el lugar de siembra no fuese el más propicio debido a sus requerimientos parciales de luz, que no caracteriza a este sugestivo e iluminado recodo de la mayor construcción gótica religiosa de la Humanidad. Hace unos doce años, se procedió a reformar y peatonalizar la Avenida de la Constitución y su entorno, soslayándose, como en otras zonas, la importancia de la arboleda en el paisaje urbano; se redujo el jardín circundante a un pequeño alcorque que constriñe y asfixia poco a poco al magnolio más reconocido de la capital. Se le ha maltratado, pero sigue en pie, orgulloso de su pasado y de su presente, envejecido y necrotizado en su ápice, resistiendo los embates del sol, la contaminación y la dejadez de las administraciones públicas. Actualmente se sitúa en el nivel ocho sobre diez de la Escala de desarrollo de Raimbault, que estima la edad natural y estado del arbolado. El plan de choque municipal iniciado meses atrás puede ser que haya llegado demasiado tarde, siendo un ejemplo patente de la bondad de cuidar y restaurar antes que reconstruir o replantar…

Aún estamos a tiempo de ralentizar su deterioro, paralizando la vejez prematura con medidas reales y desprendidas hacia un ser vivo que nos proporciona oxígeno, sombra, belleza y fragancia en este enclave fascinante cercano a la Iglesia Mayor y el Archivo de Indias de la eterna Ispal. Luis Cernuda compuso en el exilio un maravilloso poema a los magnolios, con rememoranzas infantiles: “…entre las hojas brillantes y agudas se posaban en primavera, con ese sutil misterio de lo virgen, los copos nevados de sus flores…”.

 

 

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